– ¡Papá, vení por favor!

– Micaela ¿Qué haces abajo? Te dije que te cepillaras los dientes y te acostaras.

– No puedo entrar a la pieza.

– ¿Cómo que no podes entrar?

– No me deja entrar.

– ¿Qué es lo que no te deja entrar?

– Lo otro.

– Ya te dije que el “lo otro” no existe, eso te pasa por ver esas películas de miedo en la casa de tu tía.

– No papi, no es eso, lo otro no me deja entrar a la pieza. Por favor, anda a ver.

– Bueno amor, esta bien, pero apenas abra y revise que hay adentro te acostas. ¿entendes?

– ¡Sii! – Micaela lo abrazó y le dio uno de esos besos sonoros que tanto llenaban el alma de Luis.

El teléfono comenzó a sonar, ¿Quien podría molestar a esta hora?, lo sacó del bolsillo, no era otra que Analía, su ex. No era momento para discutir por la cuota, el divorcio o lo que fuese, le devolvería la llamada una vez que la niña se acostara.

Mientras subía por las estrechas escaleras, Luis se sonreía al recordar la táctica diseñada por Micaela. Seguramente cuando abriera la puerta y entrara por ella la encontraría desparramada en la cama matrimonial, fingiendo dormir. Se detuvo en el último escalón, mientras sujetaba el picaporte.

– Amoooor, ya esta, ya podes subir – No hubo respuesta alguna, seguramente se había acostado en su cama.

Cuando estaba por dar el primer paso hacia la planta baja deslizo la mano por el picaporte, pero algo le llamó la atención, estaba trabado. Tal vez la puerta si estaba atorada, seria un problema dejarlo para la mañana, por lo que no quedaba otra que estudiar lo que pasaba. El picaporte tenia algo de juego, topaba en algo, hizo fuerza, pero nada. Puso el oído sobre la puerta, giro nuevamente: “toc, toc, toc”, algo trababa la puerta desde adentro, empujó, pero no lograba moverla.

Se detuvo un segundo, debía ser algún juguete o mueble que había caído sobre la puerta al cerrarla, se inclinó y miró por la cerradura, no se veía nada. Encendió la linterna del celular, pudo distinguir las vetas de uno de los muebles. ¿Qué habrá estado haciendo Micaela para mover semejante armatoste? Movió despacio el picaporte, lo suficiente como para deslizar una tarjeta y así mover el pestillo de la cerradura. Lo intentó una docena de veces hasta que logró sostener el pestillo y comenzar a mover el chifonier que trababa la entrada. Pero algo lo detenía, algo hacia fuerza contra él. Recién ahí se percató del apagado sollozo detrás de la puerta, era inconfundible, no podía equivocarse.

– ¿Micaela?

– Papi por favor no la dejes entrar.

– Déjame entrar a mí, estoy solo.

– ¿Seguro?

– Si amor.

Con gran esfuerzo la pequeña logró mover el chifonier, y así destrabar la puerta. Apenas Luis asomó su rostro por la rendija, Micaela soltó un juguete que sostenía a modo de garrote y se lanzo a sus brazos. Cerró la puerta, encendió la luz, e inspeccionó a la niña de cuerpo completo, no daba crédito de lo que veían sus ojos, estaba vestida tal cual había bajado por las escaleras hacia unos minutos. La ventana que daba a la calle era alta y con rejas, no había manera de entrar o salir si no era pasando por la puerta.

El teléfono vibraba en el bolsillo del pantalón, “Analía de nuevo, momento de mierda para insistir con la cuota la hija de puta esta”, pensó.

– Amor, ¿qué paso? – le preguntó a su hija.

– Lo otro papá… lo otro.

– ¿Qué te hizo eso otro?

– Paso detrás mío mientras me cepillaba los dientes, creí que eras vos, pero cuando me abrazó, quiso meterme en una bolsa, corrí a mi pieza y me encerré – Estaba en total estado de shock, se ahogaba con cada palabra que pronunciaba.

– Quedate acá amor, voy a la cocina.

– No papi, no me dejes sola, por favor no.

No entendía bien que es lo que estaba pasando, no podría decir quien era su hija, tampoco podía creer en lo otro, pero sabía muy bien que es lo que había visto y no iba a quedarse para averiguarlo.

– Vestite, nos vamos.

Se quedó en la puerta con un ojo puesto en la pequeña y otro en el final de la escalera, nunca esa veintena de escalones de mármol se vio tan oscura y tétrica.

– Papi, estoy lista.

– Vení que te alzo.

Bajó las escaleras con la niña en brazos. Se puso la campera sobre la ropa de entre cama, tanteó en los bolsillos buscando las llaves, pero no estaban, las había dejado en el pantalón, dentro de la pieza.

– Amor, quédate acá, tengo que buscar las llaves.

– Pero no me quiero quedar sola.

– Es un segundo amor, no tengas miedo – le decía mientras un escalofrío le erizaba la piel, si Micaela se hubiera acostado en la cama, no sabía que se encontraría ahí.

Se metió en la habitación, para su tranquilidad no había nada extraño, sacó el pantalón de la silla, mientras se lo ponía escuchó nuevamente el sollozo de Micaela. Estaba en cuclillas temblando, blanca como el papel

– No me dejes aquí por favor.

– ¿Quién sos?

– Tu hija, papi.

– No sos mi hija.

– ¡Papi! Salí por favor, tengo miedo – se oyó el grito desde el living

– No te vayas, me va a llevar con él – Dijo mientras se aferraba a su pierna con desesperación. – Papi por favor, salgamos de acá.

– Vení Micaela, por favor – le gritó a su hija.

– No papi, tengo miedo – respondió la voz desde el living.

– No la llames por favor, nos va a llevar – dijo la niña amarrada a su pierna. Tal vez poniéndola una frente a otra lograra saber cual de las dos era su hija, pensó.

– ¿Tenes miedo de verla?

– Si, mucho, nos va a llevar a los dos.

– A mí no me va a poder llevar. – le dijo a la niña a sus pies – ¡Micaela vení ya mismo para acá, o me voy a enojar! – le gritó.

– ¿Para que queres que vaya? ¿No íbamos a salir de la casa? – Respondió desde el living.

– ¿Quien sos? – una larga sombra se proyectaba por el pasillo.

– Yo papi – Se oía como Micaela, se veía como ella, pero algo en su ceño decía lo contrario. Cerró la puerta con llave, tomo el celular y llamo a la policía.

***

– 911, ¿cuál es su emergencia?

– Necesito un móvil urgente en mi casa.

– ¿Qué es lo que le sucede y donde es su casa?

– Estoy encerrado en mi pieza con mi hija, alguien esta intentando entrar, no podemos salir.

– ¿Un ladrón?¿ Esta sufriendo un asalto?

– No, no es un asalto, es otra cosa.

– Pero dígame, que es lo que los está atacando.

– Mi hija.

– ¿Su otra hija?

– No… no se como decirlo, por favor necesito un móvil.

– Señor si no puede decirme de que se trata no lo puedo ayudar.

– Es que no lo puedo explicar, es… es “lo otro”.

– Señor por favor, las denuncias en broma están penadas por la ley, esta llamada ha sido grabada y será presentada ante la fiscalía para su sanción – La operadora colgó ofuscada.

Luis tomo a la niña entre sus brazos, la recostó y la puso sobre su pecho, la pequeña los tapó a ambos con la sabana, mientras desde el exterior intentaban abrir la puerta.

El teléfono comenzó a vibrar, era Analia.

Por fin me atendes, pelotudo.

– Analía por favor, necesito ayuda.

– ¿Vos necesitas ayuda? La puta que te parió Luis, Micaela ha estado llorando toda la tarde, es la segunda vez que la dejas plantada en lo de su tía. Me tenes podrida, ¡no la vas a ver más!

– ¡Analía, escuchame!

La pequeña miraba fijamente a Luis, su rostro angelical estaba inmutable, pero su tez se tornaba grisácea y sus ojos color rojo sangre, la puerta se abrió con tal fuerza que saltaron astillas por toda la habitación. Intentó saltar de la cama, pero algo, o alguien, lo tomó de los pies envolviéndolo en las sabanas, como si se tratase de un saco de papas.

***

La ausencia de Luis en el trabajo despertó las sospechas de su jefe y compañeros, puesto que tampoco atendía el teléfono, hasta que realizaron una denuncia en la policía local. Luego de unos días de búsqueda y espera, se obtuvo una orden de allanamiento para ingresar a su domicilio. Encontraron a Luis envuelto entre sus sabanas, con la posición de un niño pequeño, duro y agarrotado, grisáceo y putrefacto, como momificado, como si llevase años muerto. Su rostro aún denotaba espanto y dolor. En la casa no había signos de violencia… algo o alguien le había impedido salir de ese espacio… sus ojos, abiertos de par en par, inyectados de sombra, eran el macabro espejo de una imagen que, sin dudas, lo había espantado.

Compartí, no seas paco