Leer el prólogo
Leer el capítulo 1

Aeropuerto Internacional Gdor. Gabrielli. Mendoza. 14 de Julio de 2015. 10: 07 am.

El avión aterriza brusco. Creo que siempre aterriza brusco, o siempre me han tocado malos pilotos, no lo sé. Tardo una eternidad en desembarcar, y es que eso pasa por ir en los últimos asientos. Pero está bien, no tengo prisa. Cuando estoy por salir la azafata llamada Clara me saluda y me agradece volar con ella. Yo le agradezco de cortesía aunque no es en ella en la que estoy pensando realmente.

Llego finalmente con una mochila, sencilla pero pesada, al hombro. El aeropuerto está repleto de gente que viene y va. Me siento en una de la incomodas sillas, suspiro y miro el reloj. A las 10:45 tendría que venir Fernando a buscarme.

Fernando siempre fue el más sincero del grupo de amigos. Va… no sé si llamarlo sincero o sincericida. Es el primero que dice las cosas sin pensar, sin siquiera darle una vuelta de tuerca. Hueso y nada más. Por eso hace una semana, cuando hablé con él por teléfono y me preguntó en que me iba desde el aeropuerto hasta el centro, me puteó en arameo cuando le contesté que en un taxi:

-¿En taxí? Alquilate un auto, pajero

-¿Un auto? –le contesté – No aprendí a manejar en Mendoza, ¿vos pensaste que iba a aprender a manejar en Buenos Aires?

– Que culiado sos… Bueno, deja ya te paso a buscar yo ¿A qué hora llegas más o menos?

– Deja boludo- le digo –Me voy en taxi, posta no me molesta

– Que voy yo te digo

– Bueno. Calculo que a las 10:30…11:00.

***

Calculé como el culo. Tengo media hora muerta, o tal vez más, y los aglomerados de gente encerrada nunca fueron de mi deleite. Me pongo nuevamente la mochila al hombro y empiezo a deambular en busca de chucherías para todos. Después de tantos años, no puedo caer con las manos vacías. Podría haber comprado en Buenos Aires, pero así como Fernando era el más sincero (sincericida), yo tenía la cualidad de ser uno de los más colgados.

Me paro en una tienda de variedades. Saco un canasto del montón y cargo boludeces: Juguetes para los niños, bijouterie para las mujeres de todos, unas cervezas importadas para el grupo de hombres. Al pasar por caja me doy cuenta que llevo más cosas para los niños que para los grandes. Los tiempos cambian.

Ya estoy en el exterior, con la mochila y un par de bolsas, respiro aire mendocino después de tantos años. Peso solo por un momento, la ansiedad me obliga a encenderme un cigarrillo. Un hábito horrible que dejo y retomo, dejo y retomo. Como todo fumador.

A lo lejos observo un Renault Clío. Debe ser Fernando. Largo el cigarrillo a medio terminar al piso, si Fernando me ve fumando, probablemente me putee. Va, Fernando me va a putear igual.

El auto para, la ventanilla se abre y escucho esa aguda voz que ya es parte del tracklist de mi vida:

– ¡Ehhhh Juanoooo! Que gordo estas hijo de puta.

Sincericido. Fernando en su máxima expresión.

Lo puteo, abro la puerta de atrás, revoleo la mochila y la bolsa con regalos. Me subo al asiento del acompañante y Fernando me sonríe. Después de eso nos cruzamos en un abrazo de esos que las amistades eternas solo saben darte. Los ojos se me empapan de lágrimas, no me acordaba que extrañaba tanto a un amigo. Al menos no hasta que lo veo. Y todavía me falta gente por reencontrar.

El auto arranca, mientras vamos por una ruta que me resulta hasta extraña, nos ponemos al tanto. Le cuento que mi vieja y mi hermana siguen en Italia; que el trabajo es mucho, mal remunerado pero gratificante; que ya no me sigo cogiendo a la vecina del quinto, y que si, efectivamente estoy más gordo. Me cuenta que con Yesica, su mujer, está todo más que bien; que está empezando su propia empresa; y que Sebastián, su hijo, ya está empezando el Jardín. Es decir, nos ponemos al tanto cara a cara, porque de nuestro día a día estamos al tanto gracias a la tecnología.

Se produce un instante de silencio para que la radio nos avise que ya son las 11:20 y que la humedad es del 43%. Aprovecho y suelto la duda que me viene socavando desde que me enteré:

– Che, Fer… ¿Es verdad que Clara va al casamiento de Pablo?

– Mira, bien no entiendo y estoy tan sorprendido como vos ¿Vos la conoces a Milagros, la futura mujer de Pablo?

– No personalmente – contesto.

– Bueno, parece que Pablo algo le contó de Clara a la jermu, y ella conocía a alguna mina con ese nombre de la facultad o no sé dónde. La cuestión es que la Clara que conocía ella, era LA Clara. En fin, terminaron invitándola al casamiento. Y si, confirmó que va a ir.

– Ah. Ahora entiendo. Que chico es el mundo, boludo.

– Ni hablar, Juano. Ni hablar.

El auto toma la calle Vicente Zapata, estamos a unas cuadras del hotel. Fernando y yo nos quedamos callados un buen tiempo. Sé que los dos pensamos lo mismo aunque no lo digamos. Volver a ver Clara, justo en el ámbito donde vamos a verla y después de como terminaron las circunstancias, no es el reencuentro ideal. Uno no puede ponerse al tanto, o si quisiera preguntar con veracidad como está, o que es de su vida en un casamiento. Justo donde el protagonista es uno de los principales integrantes de la historia.

-Fer…- le digo – Va a ser raro el reencuentro, boludo.

Fernando aprieta los labios y arquea las cejas:

– Qué te parece, boludo. Va a ser un pijazo. Pero Pablo está camote. Está enamorado mal. Cuando le preguntamos si era buena idea, nos dijo que sí. Que incluso la jermu le insistió.

– Jajajaja, Pablo camote…no me lo imagino enamorado, boludo.

El auto se detiene frente al hotel. Fernando se baja junto conmigo para estirar las piernas. Bajo la mochila y la bolsa. Saco los regalos para Yesica y para Sebastián, y se los doy a Fernando. Me agradece con un abrazo y me recuerda:

– Bueno, pegate un baño y dormite algo. Más tarde te pasamos a buscar para comer un asadito con los chicos.

– Deja, ya me voy en taxi.

– Te paso a buscar. Y a ver si aprendes a manejar, pajero.

Sin darme tiempo a una respuesta, pone primera y se marcha.

Nos vamos a encontrar todos después de tantos años. Parece irreal. Lo único real, hasta ahora, es que Clara ha vuelto a nuestras vidas…

Continuará…

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