Tengo una tía abuela, con la que somos muy cercanas. Nunca tuvo hijos y como soy su primera sobrina nieta hay un cariño y una complicidad enorme. Inexplicable. Inentendible. Partiendo del hecho de que está muerta y cuando charlamos no la veo.

Pero ahí estábamos, fumándonos un pucho riéndonos y compartiendo noches enteras de desvelo, divagando en los eternos “qué hubiera pasado si…” Ella me dice que somos el tipo de mujeres que nadie entiende, no porque seamos complicadas sino porque nos encanta que no nos entiendan. El huracán de sensaciones que nos arremolina según el ciclo del mes, la posición de la luna, la dirección en la que corre el viento y demás factores que puedan colaborar; tiene todo que ver -en nuestro caso- con que somos así: Locas, rayadas y eso nos divierte.

Entre coplas y un vinito, me quedé sin cigarrillos. Tuve que abrigarme y salir a comprar.

Tres veces me cambié de casa. Siempre había para mí una estación de servicio cerca y una pareja como vecinos inmediatos. De alguna manera me sentía cuidada. Si escuchaba algún ruido o lo que fuera, estaban mis vecinos.

Los nuevos eran diferentes, no me hacían sentir eso.

Cuando salí los escuché discutir muy fuerte. No podía creer lo que decían. Lo único que pensé fue: “Que hija de puta”.

Volví de comprar y le traje a Sil un chocolate que, obviamente, lo comería yo. Como no la veo, nunca sé dónde está pero esa noche tuve la sensación de que no salió conmigo sino que se quedó a esperarme. Entré escuchando todo. Ella le gritaba y lo trataba de una manera horrible.

Me daba bronca. Prácticamente estaba ahí con ellos, si sólo una pared de durlock nos separaba. Se hizo un silencio de unos segundos y estalló algo de vidrio. Fueron dos ruidos, primero un golpe y después el sonido de los vidrios en el suelo.

-¡Estás loca! ¡Pará! Te vas a lastimar, no los levantes, dejá que lo hago yo. ¿Qué hiciste? ¿Por qué haces esto?

Mi cuerpo quieto hizo un minuto de silencio por el plato roto. Me senté en la cama frente al espejo, no sabía qué decir ni qué pensar. Ahora entendía las marcas en sus masculinos brazos, el arañazo en el cuello, su cara de “no aguanto más”. Pobre mi vecino, fue lo único que pude esbozar.

Y es que claro, como mujeres logramos cosas que nos correspondían. Queríamos una igualdad de derechos, queríamos leyes que nos ampararan y pasamos de salir de la exclusión para pasar a la exclusividad. Hoy –para muchos sectores y/o pensantes- somos todas víctimas y ellos todos asesinos. ¿Quién habla del poder manipulador de las mujeres? Crecemos mirando novelas en dónde la mujer lucha hasta conseguir lo que quiere, si el hombre se expresa o se comunica y le dice lo que piensa de ella, ella tiene todo el derecho de darle una cachetada. Porque el hombre no tiene que decir lo que piensa. Se los educa para que no se expresen y sean prácticos. El hombre no puede sentir tristeza, tiene que ser siempre fuerte. Los hombres no lloran. Los hombres tienen que crecer, estudiar, trabajar, tener familia y vivir para mantenerla.

¿Qué pasa si alguno desea otra cosa? ¿Qué pasa cuando como sociedad los queremos encasillar? ¿No los estamos cosificando a ellos también? ¿No estamos callándolos? Y al hacerlos sentir frustrados por no cumplir expectativas, ¿no los estamos matando también? No lo digo yo… lo dicen las altas tasas de suicidio masculino:

En los últimos doce años se suicidaron 26.940 personas en la Argentina; 21.331 fueron varones. Según estos datos del Ministerio de Salud de la Nación, se quitan la vida cuatro veces más hombres que mujeres. Esta es una tendencia mundial que se replica en el país.” Diario La Nación.

El mandato que reciben al nacer, por el sólo hecho de pertenecer al género, no ha cambiado con el paso del tiempo. El nuestro sí, nos adaptamos.

Las veces que planteé este tema con alguien tuve la misma sensación que tenía cuando era niña-y no tanto- que me decían: “Sos muy chica para opinar”. ¿Por qué la violencia hacia el hombre es un tabú social? ¿Por qué a nosotras nos premian la violencia? Mujeres que matan hombres son juntadas para hacer una serie que llama Mujeres Asesinas. No se llama “Mujeres que hicieron justicia”, ni tampoco “Mujeres que hacen valer sus derechos” ni “Algo habrán hecho”. Se lo nombra por lo que son: asesinas. Poder, violencia, sangre, sexo. El morbo que nos produce la vuelve una serie con éxito a nivel mundial.

Mientras más pensaba en esto, la voz de un compañero de trabajo se hacía eco en toda mi cabeza. Molesta y rasposa con tono estúpido de porteño canchero: “El machismo es malísimo. Pero una mujer machista, es peor”. ¿Mujer machista? ¿Por pensar en ayudarnos y salir como unidad y no como términos de diccionario de esta puta guerra de quién es más y quién es menos? Pensé. La noche que me lo dijo, no pude hablar. Miré al piso pensando que tal vez sigo siendo chica para opinar.

Pasaron las noches, tal vez una semana. Las discusiones seguían y algo me decía que se iban a volver rutinarias sus voces, cual telón de fondo o como si al final del pasillo tuviéramos un televisor encendido con una novela barata.

Lo último que escuché de él, un rato antes de dormir, fue cuando le decía a ella que le tenía miedo. Ella sintió vergüenza, lo sé. Estoy segura de que sí, pero ese odio la pudo.

Viernes 7 de Julio de 2017, Buenos Aires. Regresaba del trabajo de madrugada y llegando a casa, dos patrulleros federales, una ambulancia y caras de horror.

-¿Solían discutir?- preguntó uno de los policías.

-Yo no estoy en todo el día. Entre la facultad, el trabajo, el gym y el curso de astrología que estoy haciendo, no me entero de nada.- dijo la misma que en la panadería se asombraba de cómo ella “lo tenía cagando”.

Un viejito de entre los vecinos, salió a decir que ella era muy mala con él, pero claro… quién le va a creer a un pobre viejo, si todos cuando llegan a esa edad se ponen “sensibles”.

-Yo los escuchaba siempre discutir -dije-, se peleaban mucho.

-¿Se peleaban? ¿Él, en algún momento, la golpeó?

-Él era el que tenía miedo.

-Yo no lo veo con miedo, lo veo con culpa. –dijo mi vecina, la de la panadería señalándome con la vista a mi vecino que estaba en la ambulancia. Los paramédicos atendían a la accidentada que resultaba ser la novia de mi vecino, por un corte en el antebrazo que se hizo con un vidrio de espejo.

-¡Claro que tiene culpa, si ella se lo hace creer! Es una loca, rayada de mierda. Mónica, vos vivís al lado. ¿Me vas a decir que nunca los escuchaste?

-Yo no me quiero meter, cada pareja es un mundo.

-Ella lo trataba muy mal-seguía diciendo el viejito.

-Ella no solo lo trataba mal, lo denigraba, le decía que era poca cosa. Siempre le decía: “cuando ganes lo mismo que yo, hablamos”, “no tenés carácter para nada, por eso tu hermano te pasa por encima”, “Andá a decir todo lo que quieras, nadie te va a creer”. Un día le dijo que no le convenía dejarla porque no sabría qué hacer, si matarse o matarlo.

-Señorita, usted está haciendo una acusación. ¿Quiere que le tome la denuncia? Yo sugiero que no se meta. Si él no se queja…

La historia sigue igual. Nadie habla del tema, estamos ocupados con otros asuntos.

Ella se recuperó del corte, él siguió con su silencio, yo seguía charlando con mi tía abuela. De alguna manera, no me sentía insana con la compañía de un muerto. Al fin y al cabo todos vivíamos con algún que otro fantasma.

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