Los señores se quedaron en la sala, espatarrados como mujeres en parto, hartos de comer, la panza a reventar y los intestinos cansados de procesar tanto todos los días. Algunos piden taburetes para poner los pies encima, como si tenerlos en el suelo fuera un esfuerzo. Por la habitación hay unos cuadros colgados; algunos son paisajes, otros son retratos. En fin, las caras pintadas ya se tapan la nariz, ven los puros salir de las cajitas y las cerillas arder; los paisajes se visten de otoño, pues el otoño acompaña mejor la decadencia.

—Aquí tienen los señores —Jesutina, la criada, les ha traído una botella de coñac y vasitos.

Los cigarros puros ya humean, Manuel empieza a incomodarse; él no se desenvuelve bien con la dureza del lenguaje viril. Claro, como él se había criado sólo con mamá y la ama de llaves, no estaba acostumbrado a tratar con hombres hechos, de los de pelo en pecho y espalda. Manuel se vierte una copa, se repantinga en un sillón y se dispone a escuchar los comentarios.

El tema de conversación está asegurado. Minutos antes, un correveidile les trajo nuevas, ni buenas ni malas, no para ellos, que en poco les afectaba más que en el placer de comentar y criticar. Era un duque, o un marqués, eso no importa; cazó a su mujer en plena infidelidad y se peleó con el hombre intruso. Un tajo en el cuello, y terminó tieso, derrotado frente a su mujer adúltera y su enemigo malhechor. Lo importante era su negocio de paños, que quedaba en venta y a falta de dirección. Los hombres hechos, comentan:

—Ese negocio no tiene futuro en España.

—Así es, Eugenio, con los diseños chinos y ese perfume con que vienen, poca competencia hay. Mi mujer no quiere ni oír hablar de los paños de España.

A manuel le llega un tufo. Alguien se ha tirado un pedo. Poco se ha escuchado, pero hiede mucho, aunque el tabaco, que ha nublado la habitación, le rebaja el pesar al olfato. Nadie dice nada, nadie enrojece, el culpable se ha quedado muy a gusto y espatarrado. Alguien se decide a hablar:

—Pues oye, habrá que cambiar el diseño, ¿no os parece? Uno no puede tener deje con los extranjeros.

—Claro, eso estaba pensando yo, hay que hacer algo mejor. Que sepan ustedes que tengo en mente comprar el negocio.

—¡Y yo!

—Pues para el mejor postor será.

Dos salas después, se encuentran las mujeres sentaditas, rodilla con rodilla, con poses muy finas. Están muertas de calor, abanicándose hasta los pies. Es que tanta cosa pomposa puesta es lo que tiene. Con el criticar, todo se pasaba mejor.

—Yo os lo aseguro, amigas mías. Ese hombre la tenía sumida en desdicha.

—Pero bueno, Leticia, una tiene que ser paciente. Las penas a misa con los clérigos, no a la cama con otros hombres.

—Si usted supiera…

—¡Ay! No he de escuchar más… Mi fe es inquebrantable.

—Bueno, sea lo que sea, un hombre tiene que tener a su esposa contenta. Hombre, ¡digo yo!

—Claro. Fijaos, que mi marido le da más amor a los puros que a mi boca. ¡No recuerdo la última vez que me dio un beso! O la última vez que me dijo que estaba guapa.

—¿Y le va usted a engañar por eso?

—No, no. Yo no he dicho eso. Yo sólo digo que hay que tener a las mujeres contentas. Chitón.

Manuel se aburre mucho. Ha dejado el puro a medias, la copa medio llena. Siente asco. Él, con una rodaja de sandía se hubiera quedado más que satisfecho. Se levanta y decide excusarse para usar el retrete. Esta familia lo tenían conectado a la red de alcantarillado de la ciudad, muy modernos ellos para sus tiempos. La criada lo prepara todo, la habitación huele muy bien, queman aceites con velas. El hombre, desde ahí, puede escuchar el jaleo que tienen las señoritas montado. Lo escucha todo, hasta los puntos de las íes y las jotas. Al jovencito le da por pensar, y piensa mucho ahí sentado. Estas cosas no cambian en la historia. El joven llega a una conclusión y está dispuesto a comunicarla.

Se acerca al corro de hombres hechos y derechos.

—¿Saben lo que les digo? Que merecen todos que les engañen sus mujeres. ¿No las engañan ustedes también? Además, merecen todos fracasar en los negocios, ¿cómo pueden ustedes disputar sobre el negocio de un muerto reciente? Toda esta humareda, este hedor a coñac. ¡Bueno! Y la peste que echan sus pies. Aséense, por amor de Dios, sean ustedes personas además de hombres. Sus mujeres ahí están, insatisfechas, cansadas de quitaros los zapatos y serviros. ¡Satisfáganlas, hombre! Tanta dote, tanta dote y tan poco se nota. En paz, me voy.

Manolito se fue por la puerta, con la victoria en la frente y un espíritu muy animado y realizado. A día de hoy, este hombre vive sólo y enfermo; es un amargado. Es insoportable e intolerante. Tiene un hijo por ahí, otro por allá, y deudas para dar y regalar. Un desastre. Es un cobarde que no ha dado un palo al agua.

En fin, visto lo visto ¿qué será mejor, ser un hombre rudo o ser un manuelito? Por lo pronto, nos conviene no juzgar.

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