La explicación es un error bien vestido”
Rayuela

Tenía preparado su bolsito, sus apuntes ordenados, había estudiado hasta altas horas de la noche en los últimos días. Soledad se encaminaba para rendir uno de sus tantos parciales de su carrera de Administración de empresas. Iba en primer año, casi terminando el tercer cuatrimestre y empezando el último. Con esfuerzo, y dedicación, su vida iba en dirección correcta, pero hubo algo que la hizo perder el rumbo, algo con la que la marcaría el resto de su vida.

Miércoles, le tocaba rendir una materia, la venía preparando desde hace semanas, sueños inconclusos, litros de café, grandes y oscuras ojeras cubrían su bello rostro haciendo resaltar aún más sus ojos azules tan puros como esas exquisitas flores de lobelia.

Se dispuso a tomar rumbo hacia su facultad, cerca del parque San Martín. Derrochaba gestos de preocupación en la parada mientras esperaba su micro. Entró a su curso, fue de las primeras en llegar y una de las ultimas en entregar. Sintió un enorme alivio al salir y sentir que le fue bien, sentir que pudo hacer todo sin ningún problema. Quería distraerse, ella misma creía que se lo merecía. Mientras salía se encontró con unos amigos de la carrera, se estaban yendo a festejar que habían pasado las hordas de parciales, iban a ver una obra a la Nave Cultural. Sole era una mina sencilla, de una familia humilde, de sus amigos era la única sin un vehículo particular. El grupo la invitó a la “juntada facultativa”, aceptó, pero se excusó que primero debía pasar por un lugar y después se encontraban allá, ella no quería mostrarse como la única sin auto, vergonzosa de su situación económica ante sus compañeros. Todos desfilaron a sus respectivos autos en el estacionamiento de la universidad mientras ella hacía tiempo para ser a última en irse y hacer su verdad creíble.

Hizo tiempo, paseó por los pasillos, se fue a dar unas vueltas por los alrededores, y luego de un par de horas, decidió partir a su destino.

Una noche amena, risas, carcajadas, unos tragos con varias picadas, porciones de pizza y empandas más quemadas que otra cosa, quedaron sin tocar. Se hizo la hora, de a uno se fueron yendo y solo quedaron unos cuantos. Fernando y Juan se iban juntos a Godoy Cruz, mientras Laura y Guille se iban para Maipú, y Soledad, vivía en Las Heras. Fue la última en irse.

Ya eran las 2.30hs del primer jueves de agosto. No se asomaba un alma al pasar afueras de la Nave Cultural, en lugar estaba cubierto de una densa oscuridad que hacía recorrer un escalofrío, se le hizo un nudo en la garganta pero no tenía plata como para pedir un taxi, así que decidió ir a la parada más cercana y esperar con suerte al último bondi de la noche.

Sus brazos agarrados entre ellos, sus hombros encogidos y unos pasos cortitos denotaban un mal pasar en ella, caminaba mirando de reojo cada esquina oscura, cada paso que daba la hacía agarrar con más fuerza su pequeño bolso con sus pocas pertenencias; un celular, una cartera con no más de unos pesos y pinturas. Al cabo de unos segundos que parecieron horas, sintió un ruido detrás, y en eso escuchó una voz que la hizo entumecer. No quiso voltear, o no podía, sentía un terrible miedo que no la dejaba girar, trató de caminar más rápido pero los pasos que escuchó fueron apresurando su marcha. Una voz le grito: “Eeeeee flaca, ¿qué haces sola por este lugar?, te acompaño”. Al segundo grito de la voz, Soledad se dio vuelta y con un nudo en la garganta soltó un “No, gracias”, seco y tajante. Esa voz volvió a insistir con otro pedido: “Vení, flaca. Yo te llevo”. Soledad solo grito un “¡¡No, déjame sola!!”. Y apresuró su marcha casi a un trote ligero, y en eso sintió un grito que se acercaba ligeramente.

Un fuerte apretón en su brazo derecho la tomó por sorpresa, gritó a los cuatro vientos, pero no hubo una persona que pasara por ese lado sombrío entre la nave y el parque. Forcejeó para librarse pero fue en vano, la fuerza de esa persona era mucho mayor a su delgado cuerpo que no logró oponer mucha resistencia. Sintió que la tomaron de los dos brazos, y de un empujón la tumbaron al suelo, su codo izquierdo pego con todo el peso del cuerpo y quedó totalmente entumecido. Trató de resistirse pero con cada forcejeo sus fuerzas se agotaban, como si fuera una llama, la que de a poco se iba quedando sin oxígeno hasta extinguirse, y justo en ese momento, vencida sobre el suelo, decidió entregarse sin voluntad y esperar que pasara rápido.

La tiró boca abajo al suelo, con cada pierna le hacía una devastadora presión inmovilizando cualquier movimiento, quedando en posición perfecta para hacerla suya. Su jean no se dejaba ceder, de un tirón bien fuerte que la lastimo toda la cintura se lo sacó. Agarró la mano derecha de Soledad, la colocó en la espalda, la tomó para que no se soltara y con la otra le tiró el pelo. Y una vez reducida, sin poder librarse, deslizó su pantalón deportivo hacia abajo y se dispuso a meter todo su miembro en ella. Entre llantos y su respiración entrecortada trató de pedirle que parara, que le dolía mucho, que la dejara, pero no, solo la tomaba más fuerte y con la mano que le sostuvo el pelo la empujaba hacia el piso para que se callara ante sus peticiones. Cada vez que entraba y salía era una puñalada en la parte más íntima de su ser. Jamás olvidara ese amargo sabor de pasto rebosado con sus lágrimas y tierra que tragaba entre débiles gritos y respiraciones…

***

6 meses después…

Una noticia que era tendencia en Mendoza, debates en cada rincón de la provincia, un trágico hecho, pero ese no era el problema, no para ellas, las que se hacían llamar defensoras de la vida, aunque no entendieran mucho sobre la vida misma. Soledad cada vez más angustiada se preguntaba porque le pasaba todo eso, porque todos querían decidir por ella, si ella era la dueña de su cuerpo y de la vida que le tocó llevar después de su aberrante y trágico hecho. Ese grupo de la sociedad que luchaba por la vida de ese bebe, la acosaban día y noche, la hacían sentir como una basura por no querer traer a este mundo a ese niño que fue concebido sin amor, y sin consentimiento de su madre. “Solé, la hermosa chica de ojos azules, la que no le interesa la vida de su niño y solo quiere tomar el camino fácil”, era uno de los tantos títulos que leía en las noticias. Sintió que no tuvo otra elección, o que la elección que ella quería para su vida no era la correcta.

***

18 años después…

Ese chico de ojos azules, como la madre, ya era todo un hombre, empezaba a dar sus primeros pasos como hombre, decidir sobre su vida, su carrera a estudiar y empezar a direccionar su vida, una vida que a duras penas Soledad le pudo dar con un trabajo como recepcionista, el cual consiguió por el amigo de un amigo, después de dejar su carrera para poder atender a su hijo, y que no le faltara nada a Lucho, como le gustaba decirle.

Soledad nunca hablo sobre su padre, y Luciano nunca preguntó por él, fue un acuerdo mutuo de ambas partes, pero Sole trataba de esquivar los momentos de curiosidad de su hijo. Siempre le carcomía la cabeza si debía o no contarle, si debía decirle como fue todo, o guardarse el secreto. Pero a estas alturas, después de tantos años, no tenía sentido seguir sufriendo del pasado, de pensar si fue un error haber salido con sus compañeros a altas horas, o de haber dicho una mentira piadosa y que no la llevaran ni trajeran; de haber pedido que la fueran a buscar, de haber cedido a la presión social y haber tenido a su hijo a contra de su voluntad, o si hubiera sido mejor no haberlo tenido y seguir con su vida. Nunca encontró una explicación, o bien, consideró que la explicación es un error bien vestido…

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