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1

Las luces intermitentes de las balizas se reflejaban en las pupilas de los presentes.

Gotas de sudor caían por los rostros de los efectivos atrincherados.

La boca de la Colt 45 lamía despacito la cara de Soledad Malvini.

La mirada de Víctor se esparcía por toda la escena.

Enrique Córdoba mordía sus dientes, que se quebraban; veía en los rostros de los que lo rodeaban la forma de las reses que sacrificaba en el matadero.

Mientras tanto, Doña Luli recibía la visita de las pesquisas de la policía, quienes sospechaban que había sido ella la proveedora del arma. La encontraron con el tejido en la mano en el taller, tenía los ojos blancos y un hilo de saliva roja le caía hasta el pecho; Doña Luli murió por un ataque al corazón, no alcanzó a terminar la polera que le tejía a Víctor.

Las estrellas azules cabeceaban cómo si se hubieran tomado un Clonazepan de un miligramo.

2

Enrique Córdoba la vio a María entre la multitud que lo acechaba. Ella aún sangraba de los golpes que él le había dado hace muchos años, estaba blanca, casi transparente. Ella lo miró fijo y él se sintió indigno de ser el poseedor y el poseído por esos ojos.

Comenzó a llorar cómo un niño perdido en el mar.

Soledad Malvini sintió como las gotas salobres del llanto de su captor le caían en el cuello, aún sostenía la tela roja de seda entre sus manos, pensó que para cuando todo eso terminara se la llevaría sin pagar, por las molestias ocasionadas y el tiempo perdido.

Víctor Espósito se levantó intempestivamente y caminó hasta ponerse a un par de metros del cinturón policial. Se detuvo y desafiante abrió los brazos al tiempo que miraba a los policías directo sus ojos; la multitud que lo rodeaba calló, y el silencio absoluto se hizo en la calle.

Sólo se escuchaba la respiración de la Colt 45 y el suave pestañeo REM de la estrellas azules.

María, inmaterialmente, se acercó a Enrique y le besó el cuello, siempre lo amó, aunque él la hubiese matado a golpes. Luego ella, con ternura y cierto rencor, tomó el cañón de la Colt 45 y se lo puso en las sien a Córdoba, éste sintió un alivio fresco como hielo, se libraba de un peso de un millón de galaxias.

El disparo sonó como un grito. La Colt 45 no sé arrepintió de lo que hizo.

Enrique Córdoba cayó láxamente. Se desangró completamente antes de llegar al piso. La tela de seda roja que sostenía Soledad Malvini, lo envolvió mientras su enorme cuerpo se derrumbaba.

Entonces la fuerzas del orden actuaron, algunos efectivos se arrojaron sobre Víctor y lo sometieron bajo una tormenta de golpes mientras que otros tomaban a Malvini y la alejaban del lugar, ésta no dejaba de pensar en la pena que le causaba el haber perdido la tela de seda roja.

Las estrellas azules entraron en un sueño profundo.

3

Los muros de concreto cortaban la distancia, hacían un horizonte chiquito, sin ínfulas de lejanía. El patio estaba vacío, las madreselvas habían crecido nuevamente y en otro cantero asomaban unos malvones tímidos pero contumaces.

Víctor caminaba en silencio bajo el sol gris, recorría con su mirada azul cada rincón del lugar y lo supo suyo, de su pertenencia. Sabía que nunca saldría de ese sitio, que los barrotes se enraizarían en su espalda y que moriría tranquilo en su celda.

Caminó por un laberinto hasta su pabellón, despacio, paseando; cada recluso que lo cruzaba lo miraba con respeto, con devoción y con un miedo latente.

Entró a su calabozo y puso la pava con agua sobre el anafe para tomar mate. Miró la pared manchada de humedad y de sangre. Se sintió a gusto, en casa.

Con un dedo empezó a recorrer la gran mancha roja en el muro descascarado, era como si siguiera las líneas de un mapa de un país que no existía. Recordó el estertor de Juan Olivares y la piel se le erizó por el gozo que le generaba la evocación.

Cuando lo capturaron en la puerta de la sedería lo llevaron inmediatamente a la cárcel, rodeado por un gran dispositivo de seguridad y lo dejaron con Olivares, quién al verlo sonrió voluptuoso y le ofreció un dedo de su mano con lascivia, como si fuese un falo. Víctor no dudó, no pensó, no lo planeó; se le arrojó encima y le mordió el cuello en la yugular.

A Olivares se le iba la vida en una catarata roja, Víctor dejó de hincarle los dientes por un segundo, entonces un chorro de sangre salió como lava de un volcán primitivo y manchó la pared. Víctor Espósito se quedó mirando sonriente a Juan Olivares a quien se le iba la vida mientras sus ojos se le apagaban como un pábilo en sus postrimerías.

Dejó de surcar la salpicadura en la pared con su dedo sin dejar de sonreír. Se recostó en su catre y cerró los ojos. Era el rey del presidio, por todo lo que había hecho, por el homicidio de Olivares.

Estaba en paz.

Las estrellas azules dormían profundamente. Soñaban con Víctor Espósito y Enrique Córdoba sentados en el rancho entre los cañaverales y la ensoñación duró para siempre.

FIN

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