-¿Qué me ves tanto?

Ella solía hacerle esa pregunta y era en ese instante que él regresaba de algún lugar del universo de esos ojos verdes, donde tanto le gustaba perderse y donde su mente se recreaba con gozo. Se aventuraba en esa dulce mirada, que el brillo parecía poseer por completo, causado seguramente por alguna de las sonrisas que él mismo le robaba. Al ver ese espectáculo todo su cuerpo se desnaturalizaba, no quedaba ni un átomo en su lugar, sus partes volaban por aquel cuarto y su mente; bueno, su mente se llevaba la mejor parte. Dejaba este mundo para viajar y divagar por la galaxia, pasar junto a algunos planetas, reposarse en el firmamento y maravillarse con todo lo que veía.

Podía en ese momento sentir el frío y el calor de las estrellas que vagan en la eternidad del universo, ese mismo universo que comenzaba y terminaba en esos ojos.

La veía a través de un cristal, frío, inerte, cruel, tan lejos y tan cerca. Por momentos le parecía sentir en las yemas de sus dedos esa piel tan suave, le parecía encontrar las manos de ella que lo aferraban a su pecho, sus oídos creían sentir ese suave susurro durante las noches “Siento tu mirada aún con los ojos cerrados, ya duérmete”, mientras su sonrisa casi dormida parecía revocar la petición. ¿Cómo perderse ese magnífico espectáculo, desperdiciar tamaño viaje por sus ojos por el simple hecho de dormir?

Cada vez que encontraba su mirada perdía el Norte en el lugar más recóndito del Sur, la lluvia parecía no mojarlo, el sol no lo calentaba, ni el frío viento encrespaba su piel. Era como si ella transformara toda su percepción, toda su realidad.

Cómo podía explicarle en simples palabras y responder a esa pregunta que ejecutaba ruborizada “¿Qué me ves tanto?”. Él perdido en un silencio de ausencia, pensaba en como poder explicarle todo lo que le sucedía en su mente, todo lo que sentía. Su corazón galopaba, y abandonaba su cuerpo para entregarse a ella por completo.

Encontraba en cada pensamiento esa sonrisa que se refugiaba en su mente y lo llenaba de seguridad.

Aun así seguía existiendo ese cristal entre ambos, mirando una pequeña cámara imaginando que son sus ojos le responde:

– Te quiero mi ángel.

– Yo a ti, te necesito a mi lado. Solo por un momento para poder abrazarte y no dejarte ir.- En ese momento, unas lágrimas se escapaban de esos ojos y la primavera se tornaba invierno.

– Hey, tranquila. Vamos a estar juntos, te lo prometo. Así tenga que recorrer estos cinco mil kilómetros que nos separan en bicicleta como Carlos Vives jaja…- Ponía su mano en la pantalla como enviándole una caricia.

Sonreía con sus ocurrencias, aunque él podía ver cuánto la agobiaba la distancia. Ambos sufrían con la distancia, pero ella perdía la batalla en su mente demasiado rápido.

Así es que cada vez que ella volvía a hacerle esa pregunta que lo traía de vuelta a este mundo, a esta realidad, él había descubierto que podía responderle:

– ¿Qué me ves tanto?

– Nada, solo te admiro.

Ambos sonreían ante tal escueta respuesta, ella por timidez de ser desvestida con la mirada, él porque había logrado encajar un mundo de explicaciones detrás de cuatro palabras.

Al verla dormirse a través de la pantalla, escribiría en un viejo y doblado papel, que más adelante encontraría y al leerlo le erizaría la piel dejando escapar unas lágrimas y una sonrisa. Recitaba aquel recuerdo en letras:

“Hace días te siento en cada suspiro, siento que al exhalar una bocanada de aire tu perfume a flores me invade, se apodera de cada una de mis células y te dibujo en cada árbol, en cada copa de vino, en cada sonrisa, con tus ojos verdes, tu vestido de flores, tus largas y hermosas piernas. Que sucio me juega la mente, pero que inexplicable es la sensación de verte sonreír una vez más, de acariciarte como aquel día en que terminaba Junio, recostada a mi lado, me tomaste de la mano y me pediste que no me fuera. Y aquí estoy mi pequeño ángel, tan lejos como la existencia me lo impone, quisiera a veces no estar en este cuerpo, para poder volar y estar a tu lado, como tantas noches lo hice en sueños. Que duro se me hace extrañarte, porque aún te respiro, aún te siento, y sé que así seguiré anhelando lo que quizá nunca podremos ser, por mi cobardía tal vez, por tu miedo también, sé que te aterra pensar en un amor que no toca, un amor que siente tan fuerte pero no puede plasmar como es convencional. Te quiero y te querré, a través de nubes, océanos y montañas. En carnavales o peñas, en tangos o vallenatos, en Argentina o en Colombia, te querré. Siempre tuyo”

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