Sabido es que tengo problemas con el asunto de ir de cuerpo. Cargo sobre mis espaldas el pesado sufrimiento de no poder ir a otro baño que no sea el mío. Y no es solamente un capricho, sino que es debido a una larga, extensa y vergonzosa lista de sucesos nefastos que me han ocurrido cuando he incursionado en el vil acto de acudir a baño ajeno. Quienes gustan de mis notas conocen a la perfección mis dramas escatológicos.

Es tanto mi ahínco y pudor con el tema, que el tiro siempre me ha salido por la culata (valga la redundancia). O termino cagado hasta la médula o termino haciendo papelones épicos.

Y estoy solamente hablando del asunto fecal, sino que el drama se ha extendido a todos los aspectos relacionados a la eyección anal de materiales corporalmente descartables, en todos sus estados: sólidos, líquidos y gaseosos.

De este último tema vamos a charlar en esta ocasión y les voy a contar mis 5 peores experiencias al respecto. Por suerte todas ocurrieron en el pasado (?), ahora soy un hombre adulto sin flatulencias… ni vergüenza.

La despedida

Estaba saliendo con quien ahora es mi mujer, estábamos de novios en esa etapa donde te comes una sola milanesa en su casa y tratas a los padres de “usted”. Ese tiempo donde pedís comida gourmet y encima dejas una parte para no estar “pesado” al momento de intimar. Bueno… esa última sección a mi me faltó… sobre todo esa noche. Tacos, fajitas, margatitas, cerveza y porotos… sobre todo muchos porotos. Negros, duros, metanólicos.

Por no medirme con la cena, me pasó lo que siempre me pasa… me dieron ganas de ir al baño. Así que decidí, sin manifestar mi malestar estomacal, apurar los trámites de la cita para llegar a mi casa y poder descoser mi trono. El aguante se hizo intenso y la nena no paraba de charlar. Cuando subimos al auto una punzada me hundió el estómago… tuve que fruncir hasta los pelos de la nuca.

El trayecto de cuarenta minutos habituales lo hice en diez… entonces llegué a su casa.

Luego de negar sus propuestas hospitalarias por fin descendió de mi auto, pleno Julio, los vidrios del auto cerrados y la calefacción al palo.

Apenas pisó la vereda un trueno detonó en mis calzoncillos, haciéndome estremecer y poniéndome la piel de gallina hasta los talones. Orgásmico y brutal. El vaho se fundió con el calor de la calefacción y generó un ambiente putrefacto… y la nena se olvidó las llaves en el auto.

Me faltaban manos para abrir las ventanillas cuando la vi aproximarse risueña. Tuve dudas en poner primera y escapar, no logré siquiera bajarme del auto de tan concentrado que estaba en la expulsión anal… apenas abrió un yab de Mayweather la dejó K.O…. y sus risas no pudieron ocultar mi vergüenza. Pensé que era la despedida… pero zafé. Y nos casamos tiempo después.

Apantallando la vergüenza

Comencé el cotorreo sexual con ganas de ir al baño… grave error. Pero bien, la costumbre afila la satisfacción sexual pero le quita el folclore de la alternancia, así que podía aguantar un poco e ir luego. Era martes, tarde y no se celebraba ningún día festivo, salvo las ganas de ponerla. Duramos el tiempo que teníamos que durar para alcanzar sendos objetivos (o por lo menos eso creo yo) y, pasado el tiempo de abrazos y mimos prudencial obligatorio para no quedar como un saco de huesos y carne, avisé que iba al baño. Se me anticipó con un “pará que entro a hacer pis” irrefutable, dado sus 40 segundos de orín versus mis 5 minutos de lectura, meditación y decorado fecal. Apenas entró al baño descargué mi huracán anal, con ánimos de que rápidamente se disipe en el ambiente. Pero el asunto era bastante pestilente y denso… pesado. Parecía que había quedado como una colcha más… sus 40 segundos esta vez fueron 25. Apenas salió sus ojos se depositaron en los míos… intenté hacerme el distraído, entonces ella hizo lo peor: volvió a entrar al baño a reirse de mí… en silencio.

Bruja maldita gozando de mi vergüenza.

El guardaespaldas

Estábamos en un boliche. Habíamos ido en banda, de manera desorganizada y desincronizada, en palabras modernas: manija. El motivo de la juntada era un pollo al disco, con mucho ajo y picante, acompañado de birra, vino y fernet. Comenzamos bien temprano para cocinar todo. Prendido el fuego ya estábamos en pedo. Terminamos tomando vodka barato con jugo Baggio de durazno. Pusieron cumbia al palo… once vagos en una casa. Bastó que uno simulara un paso para que todos nos ecarabanáramos al baile.

Nos acomodamos el semblante en el baño, nos sacudimos la ropa, compramos puchos y chicles para matar el puma y nos fuimos a buscar un lugar para seguir girando.

Dentro del boliche un crisol de porquerías se fundió en mi intestino… pollo, ajo, arvejas, fernet, ron, chicle de sandía, porro, whisky barato. Entonces hice lo que todos hacemos… me cagué en medio de la gente, de una manera atroz, sin tapujos, sin vergüenza, cagándome en todo… la gente se corrió espandada, y yo más espantado aún (pillo que soy).

Entonces caminé dos metros y ¡chan!… me encontré con dos compañeritas de la facu, una que me gustaba y otra que era una hija de puta (Marisol te odio). Como un guardaespaldas siniestro, el olor a caca me acompañó y apenas saludé a las féminas, que se estaban también quejando de la baranda, como toda la gente a siete metros a la redonda, la hija de mil puta de la Marisol me sacó la ficha…. “te cagaste vos culiado, fuiste vos ¡si lo traes con vos!”. La otra explotó de la risa y el olor fétido se instaló conmigo ahí, cómplice, testigo de mi delito.

La linda nunca más me dirigió la palabra.

Eco de los Andes

Estaba en la oficina, varias empresas laburan en el mismo lugar: casa grande, antigua, alta, con muchas habitaciones y siempre música de fondo a cargo de la recepcionista del lugar. Las paredes son como las de antes… 30 cm de ladrillo, hierro, cemento y sobre todo aislación acústica. Podes estar haciendo pogo, mosh y slam con Metallica en una habitación que en la otra se puede hacer una sesión budista de yoga zen con sahumerios y sonidos instrumentales indios que nadie se da cuenta… a menos que seas yo y tengas un pedo atravesado.

De más está decir que jamás he ido de cuerpo en ese lugar, desconozco la intensidad del bidet y la puesta a punto de las canillas para no quemarte ni helarte el ogete en el aseo post evacuación intestinal. Ese invierno hacía tanto frío que no daba ni para asomarse a la vereda, estaba encarnizado con una nota al tiempo que me peleaba con radicales vía facebook, en una batalla que estaba ganando y que me mantenía en la cresta de la ola. Enfermo en el teclado, subiendo notas de mis compañeros, terminando una mía y descansando gorilas en un tiempo de frenesí y adrenalina literaria… un momento mágico de mi profesión (?)

Entonces una jauría de butano atacó mi panza, un desmoronamiento rocoso de heces liberó los vientos virulentos de la descomposición, los cuales corrieron vertiginosamente por mi cuerpo, amenazando con una temprana apertura rectal… o vendría el ataque de la infantería pesada… y no quería hacerme quince kilómetros para ir a cagar.

Como siempre mi socio Conep no estaba en la oficina, así que, amparado por Queen que sonaba en la radio de la recepcionista, le di libertad a mis primitivas necesidades, pensando que sería una cuestión silenciosa y gentil.

No solo me equivoqué, librando un estruendo apoteótico y monumental, sino que justo fue sincronizado con el fin del tema de Queen, lo cuál generó un silencio sepulcral cuyo único sonido de fondo fue mi astronómica baraúnda perineal. Y lo peor de todo fue lo que sucedió después… el “¡salud!” de la recepcionista evidenciando que mi set musical había sido escuchado por todo el recinto.

Descompresión sideral

Era uno de esos amores de verano que son intensos como las vacaciones y que luego quedan en el recuerdo únicamente fotográfico como quince días en la playa. Me convenzo que terminó por eso… no por lo que les voy a contar. De verano o no, mantuve todo el decoro escatológico eruptivo propio de esa etapa donde todo es color de rosas y darías la vida por el otro.

Nos habíamos juntado a tomar la media tarde en el Unimev y a boludear en la plaza (no, no se llamaba Paula). Coca, tortitas, sol, luego una birra… linda mezcolanza para un miércoles por la tarde. Entonces me suscitaron las ganas de llegar a mi casa y apoderarme de mis territorios sanitarios, con ánimos de celebrar la más sagrada misa hogareña: hacer caca.

Comencé a acomodar las frases para anticipar la despedida y justo en el momento de irme me pidió dulcemente que la acompañara hasta su casa, que le daba cosa irse de noche sola… imposible decirle que no.

Caminamos charlando cosas de enamorados, bha… ella, porque yo iba pensando solamente en llegar a mi casa, así que solo hablé pelotudeces sin sentido. La caminata se hizo lenta y tediosa para mis adentros… no llegábamos más.

Temí que mi paso apretado y erecto fuese demasiado demostrativo de mi encrucijada rectal, pero ya estábamos a unas cuadras. Sudaba frío y ella tenía más ganas de charlar que de vivir. Mi situación era tal que si me proponía garchar ahí mismo, con ella y no se… su mejor amiga, mientras jugábamos a la Play, le decía que no.

Llegamos a su casa (por fin) y presumí que se venía despedida amorosa en el hall, así que me paré en la vereda firme como para que supiese que no iba a dar un paso más. “Sos un lindo” me dijo y me perfumó con esa frase, impidiendo que pudiese eludir el abrazo cariñoso que le sucedió, los halagos siempre me pudieron. Entonces me apretó con sus brazos… y como un sifón sin soda los “primera línea” de mi equipo de mierda salieron despedido por los aires… los aires, mis calzoncillos, mis pantalones y toda la vereda. Se rió tanto que tuvo que meterse a su casa descompuesta… no solo de la risa.

Nunca más la volví a ver… por suerte.

Compartí, no seas paco