No sé en su hogar, pero en el mío la crisis ha impactado fuertemente en la economía familiar. Tanto así que cada moneda escondida en un recoveco de la casa, cada billete de cualquier denominación que aparece en un pantalón en desuso, o cada vuelto mal dado por un comerciante distraído, son un bálsamo para mi bolsillo. La creatividad aflora cuando se acerca la hora de comer y el pan con manteca se transforma en un elemento indispensable para satisfacer el hambre en los “tiempos muertos” del día.

Lunes 21 de agosto, feriado post Día del Niño. Sobre mi espalda pesaba una promesa de llevar a mi hijo y sus amigos al Cine. Como fiel trabajador promedio, mi sueldo se consumió por completo el día 17. En la billetera contaba con diez pesos que estaban destinados al desayuno.

Emocionado, el muchacho ya había acordado con dos compañeros que yo los llevaría a una conocida sala de Godoy Cruz en la tarde. Sus padres estaban al tanto y se comunicaron conmigo para cerrar la salida, la cual se pactó para las 18.

Contaba con algunas horas para arribar a una solución. La cancelación o postergación del evento no figuraban entre las opciones.

Primer salvavidas: mis padres. Sí, es cierto que las canas hace tiempo se amigaron con mi zona capilar y comparten espacio con los pelos negros, pero aún los viejos son motivo de búsqueda para solucionar algunos problemas personales, en este caso el económico.

No era mi deseo pedirles efectivo, pero conocía una infidencia de mi papá que podía serme favorable: todos los meses la empresa a la que presta servicios le regala un par de entradas gratuitas al cine para acompañar su salario. Radicaba allí una posibilidad de que mi panorama mejorara.

Afortunadamente al comunicarme con él logré mi objetivo inicial. No había utilizado todavía los tickets y ofreció obsequiármelos. Sin embargo, la entrega se pactó en su hogar. El saldo de la tarjeta del colectivo era de $4.50. Lejos estaba mi intención de dar a conocer a mis progenitores la extrema situación financiera en la que me encontraba inmerso. “En un rato paso a buscarlas”, le expuse con firmeza.

Segundo salvavidas: mi hermano. El “Morcilla” Peña acababa de hacerme tío por segunda vez y pensé en la probabilidad de que fuese a visitar a nuestros padres por tratarse de un día feriado. Una vez más el destino me guiñó el ojo. Había acordado almorzar con ellos junto a mis sobrinas y su esposa. No me costó solicitarle que al retornar a su casa pasase por la mía (le queda de paso si se desvía unas cuadras) a facilitarme los “free pass” al cine.

El ingreso a la sala ya estaba solucionado. Restaba ahora abordar el tema del traslado al mall y la adquisición de algún alimento que siempre un niño de diez años exige para que la salida lo satisfaga. Confiaba en que en el transcurso de la jornada se me ocurriese una medida efectiva. Gasté los $10 en panificados y desayunamos. El almuerzo, en tanto, se complementó con otro producto derivado de la harina, tallarines.

Mi mente trabajaba a destajo en las horas previas al arribo de los amiguitos. Con mis tarjetas de crédito al tope e incluso con una anulada por falta de pago, la opción de financiar a futuro la excursión estaba descartada.

Hasta el momento mi cálculo era el siguiente: utilizar los pases libres para un par de los infantes (una destinada a mi hijo y la otra a uno de los restantes), con la salvedad de que omitiría la información de que poseía los tickets gratuitos. Con esa movida ganaría en dinero lo que costaba una entrada.

Pero no todo era color de rosas (?). Mi tercer salvavidas no funcionó. Conociendo que en la cuenta bancaria acreditaba 77 pesos y estando al tanto que un cajero automático no entrega menos de $100, aposté a cargar la Red Bus con el novedoso sistema que días atrás había anunciado el Gobierno, vía Red Link o Banelco. Utilizaría ese saldo para rellenar la tarjeta del transporte público (no sólo para los cuatro viajes que requería ese día, sino también para tener a futuro). Grosero error: el programa cornejista sólo permite recargas a partir de los benditos 100 pesos. Muy Nac & Pop.

– Bueno, no es el fin del mundo –pensé.

Bajo la excusa de que el cajero no me entregó efectivo por una falla técnica, gestioné con uno de nuestros acompañantes menores de edad un préstamo de $50 para la recarga, bajo apercibimiento que sería descontado del coste de su entrada. Aseguré de ese modo la ida y la vuelta al Cine.

Una vez en el complejo comercial se presentó mi siguiente obstáculo. El segundo pibe en discordia llevó sólo $100 para el boleto y otros $100 para snacks. Ello reducía mi “caja” en $60, dejándola en la mísera cifra de cincuenta pesos en moneda nacional. Mi plan se caía a pedazos.

Empero, rápidamente la mente carburó una estrategia y descubrí que mi hijaputez no conoce de límites. No conforme con haber cagado a dos seres humanos de diez años de vida, fui más allá y cagué a un amigo. Salvavidas cuatro.

Lo llamé al “Ferchu” para consultarle si existía alguna promo para el cine. Si bien ignoré a la voz de la conciencia para autoconvencerme que mi comunicación no estaba viciada por otros intereses, interiormente sabía que buscaba algo más. Y ese “más” llegó de parte del Fer. Sabedor de mi posición de pobreza, me ofreció adquirir dos “2×1” por Internet con su tarjeta de crédito. Pese a que le insistí en que no era necesario, a los veinte segundos ya contaba con mi código para retirar los tickets. No recuerdo el porqué, pero miré hacia el estacionamiento y advertí cómo mi dignidad se tomaba un taxi, al tiempo que giraba su cabeza de lado a lado, mientras se mordía los labios.

Para compensar, convine con mi amigo llevarle las entradas gratuitas para que las utilice con su novia. “¡Chupapija!”, oí que gritó mi dignidad asomada a la ventana, cuando el taxista ganaba la calle.

La mano del Ferchu mejoraba ampliamente el horizonte. No sólo que incrementó mis fondos, sino que me otorgó la oportunidad de ingresar a ver la película.

La pieza final de mi demoniaca obra estaba al llegar. Aunque solté un dejo de bondad (?) cuando a la hora de cobrarles les dije que las entradas costaban $140, veinte menos de su valor real. Tampoco soy un monstruo (?).

De ese modo sumé los $100 del que llevó dinero de menos y $90 del otro (porque le desconté los $50 que “me prestó” para recargar la tarjeta).

Restaba entonces dibujar una maniobra de distracción para simular que con el dinero adquiriría las entradas en boletería. Les recomendé averiguar precios de pororó mientras yo cumplía con la diligencia. Con un movimiento “usainboltesco” me deslicé hacia el autoservicio y obtuve los preciados pases. “Me atendieron rápido”, grafiqué sin sonrojarme cuando mis tres compañeros regresaron.

La última pincelada del horror la apliqué en la cola del snack bar. Para completar la explotación infantil en la que estaba inmerso, solicité colaboración y así beneficiarnos con algún combo. “Muchachos, yo tengo $190 para aportar, ¿ustedes van a poner algo?”, manifesté. Pillo; me mostré como el que proporcionaba la mayor contribución y no dejaba lugar a negativas. El de los $100 de la entrada puso otros cien y el de los $90 + $50, los $60 que le quedaban.

Compré un balde de pop corn (con derecho a una recarga) y dos gaseosas grandes. Mi cargo de conciencia me permitió darle sólo un sorbo a la bebida y pellizcar algunos maíces inflados. Al devolverles a las madres sus hijos no pude mirarlas a la cara. Más allá de todo me agradecieron la salida.

Mi sentimiento de culpa me llevó a comentar la expedición en un grupo de amigos de WhatsApp. La mayoría me tildó (con razón) de basura. Sólo uno me dijo que me apoyaba, que se trataba de espíritu de supervivencia. Me quedé con eso. Y con la sonrisa de satisfacción de mi hijo.

Ahh, sí. De lo que recolecté para los pororós me sobraron $10. Salvavidas 5: los usé para el pan de la cena.

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