Siento la necesidad, quizás intempestiva, de escribir estas palabras, como si brotaran a raudales de adentro, crudas, atropelladas, que me desnudan completamente de corazón. Preciso hablarte con franqueza, por que no puede transcurrir más tiempo sin que sepas que lo que guardo, lo que callo muchas veces por torpezas, lo que me urge decir y tantas veces queda a orillas de un suspiro o en la cornisa de un labio tembloroso.

He venido a hablar de vos, de tu simpleza, de como transformas todo en sueños, de cuánto haces en silencio para que todo esté bien, de tus días musicales, y de cuánto cambia mi mundo que me sonrías de las forma en que lo haces. He venido a hablar de las cosas por las que quiero quedarme siempre con vos.

Dejame decirte que he atribuido a una especie de magia el hecho de que tu abrazo pueda sanar todo tipo de herida, incluso las que llevan consigo el veneno de la ausencia o de la muerte. Es esa magia que logras al acariciarme con la tibieza de tu alma cada vez que necesito reconfortarme de los golpes que el mundo se empeña en darme a menudo.

Como no soñar que el mundo puede ser más bello, si aún en los momentos en que estoy ensombrecido o a punto de caer de bruces al suelo, sacás una sonrisa y un verso calmo que me despoja de las penas, incluso las que tengo arraigadas en lo más profundo.

Vivimos en un mundo donde todos buscan la pieza de su rompecabezas, a ese ser que viene a medida de nuestras pretensiones, que carece de defectos. En ese mismo mundo, yo elijo amarte con todas tus imperfecciones, con tus malhumores de mañana, con tu risa en momentos equivocados, y en las tantas veces que me avergüenzas con la gente.

Sos imperfecta como el mundo mismo, sos real y algunas veces sos fantástica y no puedo creer que existas. Te amo porque me haces vivir en colores, porque te odio para volver a amarte al instante, porque en tu perfecta imperfección me haces girar en el aire, me haces despegar los pies del suelo. No busco que seas perfecta ni a mí medida; quiero ver tus defectos, descubrir tus miedos y conocer las veces que te han herido, porque eso me hace valorar tus verdaderas virtudes.

Invitame a vivir en tus sueños; llevame a volar, a los tropezones, con caídas y con días de tormenta, pero nunca me dejes con los pies en la tierra, porque no sabría que hacer con tantos sueños a los que les he puesto tu nombre.

Compartí, no seas paco