Todo comenzó ese viernes pasada las doce de la noche, en mi lugar de trabajo, el hogar de ancianos “a nuestro cuidado” ubicado en Godoy cruz al limite de Luján.

Era mi primera semana de noche, a nadie le gustaba pero a mi poco me importaba trabajar en ese horario.

Mostraba ser una noche normal. Normal hasta el momento en el que mi corazón se detuvo por el miedo. Se sentía una energía rara, sin dar importancia seguí con mis actividades. No podía dejar de sentirme observada, aunque estaba sola como encargada de turno y todos los abuelos durmiendo. Pongo la radio en un bajo volumen para olvidarme del asunto. Siento un suave movimiento en mi pelo, no haciendo caso cierro la ventana diciendo, es el viento, pero no se movía ni una hoja.

Voy hacer una de las rondas por las habitaciones a ver como estaban todos, con el teléfono en mano a mil mensajes por hora.

Mi olfato me decía que debía colocarme unos guantes, me habían dejado un lindo regalo uno de los abuelitos. Antes de revisar tal cosa mando un audio a mi amigo Mario, porque parecía que escribía un chino intentando hablar español. El exagerado de mi amigo me pedía que escuche mi propio audio que era aterrador, ni que fuera para tanto pensé. Al terminar con lo que estaba, paso a escuchar sin darle tanta importancia. Pero no lo podía creer, algo no quería que olvidara la situación anterior. Un escalofrío comienza a recorrer mi cuerpo. Mientras hablaba se escuchaban y al final la frase “estamos aquí”. Paralizada por una hora parada en el mismo lugar comienzo a entrar en pánico, como continuar las seis horas de trabajo que me quedaban, y sin contar que debía pasar por los tenebrosos pasillos, esos dos malditos metros de trayecto a cada habitación.

Pasa la noche y yo pidiendo a cada cosa de la cual creía un poco de protección. La noche mas larga de mi vida. Agradecida con la bendita y esperada llegada de mi compañera, quien me relevaría, le cuento con desesperación lo que me había sucedido. Quedó boquiabierta… pero no me cree mucho, según ella nunca le había pasado nada igual.

Hago escuchar el audio a mi familia y amigos, algunos muy sorprendidos y otros con una risa de burla de no creer nada.

Continuando mis siguientes guardias y sin verse nada paranormal mi inquietud seguía ahí intacta. Comienzo una investigación para explicarme que había sucedido esa noche.

La zona donde se ubicaba el geriátrico era un barrio que remontaba hacia 1950. Este sitio es una gran casa bien conservada, los primeros dueños eran la pareja de El Señor y Señora Ruiz. Una familia de poca comunicación con los vecinos. Ellos no tenían hijos, el Señor Ruiz era una persona callada, seria, elegante y muy educada, que solía viajar mucho. A la Señora Luliana Ruiz se la describía como una persona extraña que cuando su marido estaba de viaje se escuchaban muchos ruidos raros por la noche.

La hermana de la Señora Liliana, la Señorita Sofía, llegó a vivir un tiempo con los Ruiz, se la describía como una mujer simpática, cabello al hombro, tan femenina y hermosa que cautivaba mas de una mirada.

Un día de la noche a la mañana la señorita Sofía desapareció, no se la había visto con ninguna valija que señalara que haya vuelto a su ciudad.

Se rumoreaba que Liliana había encontrado a su marido y hermana en un momento de pasión, lo cual la volvió loca y esa noche de viernes, de lluvia, en la casa no cesaban los ruidos. Decían que la extraña mujer maldijo a su hermana y asesino a su marido, pero nunca hubieron pruebas. Y al tiempo la Señora Ruiz falleció.

Sin herederos ni familiares la casa se remató, pero las familias no permanecían en ella, y algunos murieron de una forma inexplicable. Años después se lo hizo un hogar para ancianos.

Sorprendida por lo que había descubierto no podía dejar de trabajar. Al otro viernes por la noche, nuevamente percibí esa sensación aterradora. Hago el recorrido habitual para chequear que todo este todo en orden. Debía pasar por esos oscuros pasillos, llego hasta el final de uno de ellos, algo me llamaba la atención aunque solo había una pared.

Increíble lo que mis ojos veían, se abría una puerta, una puerta de ladrillos. ¿Porque no huí aterrada? ¡No! Simplemente entré, me llamó la curiosidad. Había un sombrío camino que rodeaba cada extremo, como una casa paralela. Recorrí con sólo la luz de mi celular. Llego a una habitación toda deteriorada, en ella solo una cama, ahí estaba. Esa mujer, un cuerpo delgado y retorcido. A llantos me miró con miedo, esos ojos me penetraron hasta el alma. Paralizada solo quise huir, un grito salió de mi, el miedo entro en mis venas.

Salí corriendo, cada paso y segundo eran infinitos. Costaba seguir, en cada tropiezo estaba cada uno de ellos, cada una de las personas la cual la maldición de Liliana se llevo y ahí estaba yo también.

No pude salir, esa puerta se cerró. Solo podía ver a través de esas paredes, ver cada uno de los que pasaban, ver mi cuerpo tirado en el suelo. Como me sacaban de ahí, sin mí adentro. Sin que encontraran la explicación de mi muerte.

Quede atrapada, como cada una de esas personas, con mi penar y el terror que nunca se fue de mi alma.

Escrito por Toni Rizoca para la sección:

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