Hace unos días, en San Rafael, una mujer decidió tirarle el auto encima a su novio luego de una discusión, suceso que terminó con la vida del joven de 24 años. La conductora está detenida y seguramente enfrentará una condena por homicidio que cumplirá en la cárcel, como corresponde.

Este hecho aberrante reavivó la discusión de por qué la violencia de género está focalizada sobre los asesinatos o golpizas a mujeres a manos de sus parejas y no se tiene en cuenta cuando la violencia es en el sentido inverso. Hombres y mujeres clamando sobre la igualdad de condiciones ante la ley, alzando la voz por aquellos casos donde el hombre resulta en víctima y no en victimario.

Pero, ¿realmente estamos en igualdad de condiciones? ¿Hay tantos muertos hombres como mujeres a manos de sus parejas? ¿Son en número comparable siquiera, los casos donde uno vive aterrorizado y teme por su vida ante una impredecible explosión de ira, para ambos géneros?

El hecho concreto en una visión global es que cuando una parte de la población somete a otra, se vuelve de interés social (en una sociedad relativamente sana) que esto termine. La parte opresora por supuesto reclamará y argumentará a favor de que las cosas sigan como siempre, que no es tan malo, que la otra parte se deja, que siempre ha sido así, que es lo natural, que a veces “se les va la mano” pero son excepciones. Las excepciones para el género femenino son tan comunes que en nuestro país es más probable morir en casa a manos de su familia que en un accidente de tránsito. Es lo correcto entonces a nivel social hacer algo para que esto cambie. Una de las maneras es aumentar las penas para quienes cometan estos crímenes, otras implican asesoría, refugios, propaganda, etc.

Que los hombres se sientan ofendidos porque se haga campaña para disminuir este tipo de violencia tan enquistada en la sociedad, no es reclamar igualdad de condiciones sino abogar porque todo siga como está. No te hace menos hombre ni más asesino unirte a la lucha del género femenino. Aceptar y ser conscientes de que algunos hombres se sienten dueños de sus parejas, de su integridad psicológica y física, que sepan que pueden matarlas con sus manos en el momento que lo deseen pero no lo hacen porque son buena gente (y se los hagan saber todo el tiempo), no los convierte a ustedes en posibles abusadores, sino todo lo contrario.

Traslademos esto a otros casos de violencia especialmente catalogada: si un grupo del Klu klux klan mata a un negro una noche en el bosque, no es difícil pensar que los movió a realizar el asesinato el odio racial. Los caucásicos de bien, en lugar de recordar aquellos casos donde un negro mató un blanco y reclamar igualdad, se mostrarían horrorizados con que esa clase de violencia todavía exista. ¿Un blanco puede ser discriminado por un grupo de negros? Sí, puede suceder. Pero no tiene la carga histórica de abuso, masacre, torturas, ser tratados peor que animales, violados, muertos de hambre, disminuídos durante años a humanos de segunda categoría. Entonces si un blanco es discriminado por un grupo de negros nunca va a ser lo mismo que un negro discriminado por un grupo de blancos. Porque te discrimina un grupo, no la humanidad entera. Porque la discriminación de blancos hacia negros es reabrir una herida enorme que todavía no cierra.

Lo mismo con los hombres y mujeres. Durante siglos y milenios las mujeres fuimos sometidas cruelmente por los hombres, más cruel aún porque lo hacían nuestras familias, nos educaban para ser sometidas, nos casábamos porque no había otra con el que acordaba nuestro padre, hermano o tío, no teníamos derecho a decidir absolutamente nada, no podíamos hacer otra cosa que criar niños y estar en la casa, y comportarnos de cierto modo para complacer a nuestros ”amos”. Mientras más en la antigüedad nos situamos, peor eran las condiciones: si un hombre decidía violar a una niña, luego esa niña era catalogada de puta, y apedreada hasta morir. Hasta principios del siglo pasado las mujeres (salvo excepciones) no podían acceder a tener bienes. Los bienes pasaban de padres a hijos o a sobrinos o a yernos. Nosotras éramos personas de segunda categoría, un bien mueble útil para ayudar al hombre a realizarse en la vida, los únicos dignos de realización.

Y aunque las cosas han mejorado enormemente para nosotras, todavía hay sólo en nuestro país, más de un caso de femicidio por día. Si un hombre viene y por robarnos la cartera nos mata, no es un femicidio, es un asesinato. ¿Es más grave, o está más muerta la persona en un femicidio? No, terminar con la vida de otra persona en la circunstancia que sea está igualmente mal, quizá podamos hacer una excepción válida en los casos de defensa propia o por negligencia. Pero no podemos negar que la muerte de una mujer por golpes de su pareja o expareja es bastante más común de lo que uno quisiera, es una masacre silenciosa que parece no tener final, y visibilizarla y condenarla no nos hace injustos, no elevamos una muerte por encima de la otra, sino que es diferente el trasfondo social (e histórico) que hace que un buen número de hombres se sientan con el derecho de lastimar a otra persona porque es “suya”. Así como debió ponerse especial énfasis en la discriminación racial, y en EEUU la pasás peor si le decís “nigger” a un negro que “whale” a un gordo; esto existe no porque esté peor insultar a una persona que a otra, sino porque la primera trae de vuelta una historia de sometimiento, abuso y muerte.

Entonces, amigo, amiga, no te indignes por la lucha de un grupo de personas que son tan personas como vos y que quieren no ser minimizadas, maltratadas, utilizadas, torturadas, obligadas a complacer, ni que mujeres más vulnerables que ellas lo sean. No te ofendas porque una sociedad entera en pos de terminar con condiciones desiguales de dignidad humana le dé un nombre especial a los crímenes cometidos en nombre de esa desigualdad para visibilizarla y crear conciencia. Más bien desde donde puedas, hacé tu parte y dejá hacer su parte a los demás, para que nunca más debamos ponerle nombre propio a la muerte.

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