Las mujeres en algún punto somos obsesivas, con nuestro cuerpo, nuestras amistades y en conseguir un chongo que de verdad valga la pena. No toleramos la idea de que exista siquiera una posibilidad de volver a fracasar como en otras tantas oportunidades. Entonces se nos ocurre hacer una especie de “reciclaje”, cambiarlos un poco sin que ellos se den cuenta para después poder usarlos en el mejor de los sentidos (para que nos sirvan), para aquello que “los compramos”, porque en algún punto creerles que van a ser lo mejor que le pasó a nuestra vida es comprarles un poco el chamuyo. Por ejemplo:

A veces sabemos que ese tipo no está a tu altura, a tu medida. Vos, tus amigas y hasta tu mascota que lo muerde cada vez que puede se dan cuenta de que ese tipo no es para vos. Pero vos te obsesionas y lo querés cambiar. Es como cuando vas al centro tranqui por la peatonal y ves unan remerita divina, entrás, la viste y te enamoró más, pero hay un serio problema: no es de tu talle. Entonces le decís muy convencida a tu amiga, “no pasa nada, yo la puedo arreglar, tengo una máquina de coser en casa. Mirá, le hago unos pliegues por acá, agrego tela por allá y tengo la remera soñada” y tu amiga te mira con ganas de cabecearte la frente. Porque no corazón de melón, sabés en el fondo que por mucho que te esfuerces la remera ya no va a ser la misma que te encantó desde un principio, ni siquiera sabés cómo va a quedar. Lo mismo pasa con ese chongo que no es para vos porque no tiene tus mismos deseos, no cumple con tus expectativas (que no son tantas). Aunque te la pases dándole charlas sobre cómo ser mejor y después de decirle y darle razones para que sea el hombre de tu vida, el chabón va a seguir siendo ese puto talle XS que no te entró al principio y que nunca debiste haber comprado.

También pasa que nos enganchamos con tipos que nos recomiendan, que nos presentan y nos los venden como si fueran alguna tienda donde venden ropa. Nos dicen “andá ahí que tienen ropa hermosa, te va a encantar” y vas, te obsesionas, tenés que comprarte todo lo que tienen en el local porque es la moda y te gusta, te gusta tanto que no ves el precio. ¡Y es carísimo! Pero creés que el precio va a valer la pena, porque ves ese pantalón de cerca y parece de buena calidad, se ve divina, una tela hermosísima que va a tener un calce divino. Pero una vez que estás ahí enamorada ya no podés escaparte, ya estás por pagar el pantalón y estás dispuesta a ponértelo en la próxima juntada con tus amigas cuando salgan todas en parejas. Pero no todo es perfecto y tu pantalón no es la excepción. Ya lo compraste, te pintaron pajaritos en el aire mamu y lo creíste. Ahora desde lejos, ves el pantalón y te das cuenta de que al final no era de tan buena calidad, la tela que creías especial ahora no es más que una mierdita que te podrías haber comprado por dos mangos y que se te puede romper si te agachás de improviso. Lo mismo pasa con ese chongo con el que te obsesionaste, lo veías de cerca y pensabas que era distinto, que valía el precio de que todos te tildaran de cornuda por salir con el pibe lindito que ya salió con todas, con mil a la vez. Te alejás un poco, ahora tenés otra perspectiva y te da cuenta que no está tan bueno, y pensás ¡Toda esta dignidad me salió esta poronga! Lo que pasa casi siempre ¿no? Que al principio te parece un divino, después cuando te acercás y lo conocés bien te das cuenta que es una porquería que compraste por boluda.

También te pasa que en ese afán de salir alguna noche con una amiga encontrás unos zapatos que te encantan y te combinan justo con lo que llevás puesto, pero los usó tu amiga que es dos talles más grandes que vos y te los agrandó un poco. Pero te los querés poner porque los viste y te encantaron. Lo mismo pasa cuando ves a tu ex, ya lo tuviste y por un tiempo te anduvo a la perfección y sabés que tu ex nunca va a pasar de moda, porque ya lo tuviste, entonces le volvés a dar bola, reincidís, aunque ya lo hayan usado otras. Te llevás los zapatos a bailar de la mano de tu ex que te queda medio grande porque ya la usaron muchas antes, pero sin embargo te vas contenta porque es lo que quierías, hasta que te acordás por qué la dejaste de usar, por qué te dejó de gustar, las dos sabemos que eso iba a pasar.

Otra cosa muy típica cuando vamos a comprar ropa es que nos enamoramos de una prenda, un vestidito hermoso, pero tiene un problema: está fallado, está roto. Pero en el interior de tu corazón sentís que podés arreglarlo, que con un par de retoques lo vas a volver a transformar en lo que era en su origen, y te lo vas a poner mil veces porque te encantó. Lo mismo pasa cuando conocés a un pibe que sigue enganchado con su ex, sabés que todavía está hasta las manos con la mina con la que salía y vos como buena Corky que sos soñás que lo vas a poder arreglar. Que lo vas a hacer reír tanto que lo vas a “reparar” y van a ser felices juntos. No, mi estimada, eso no existe. A ese vestido siempre se le va a ver la marca de que vino fallado como a tu chongo se le nota que no te está dando el 100% de lo que tiene. Tiene mucho más pero probablemente no te lo va a dar a vos aunque te disfraces de enfermera reparadora de corazones rotos porque eso solo lo cura el tiempo y vos todavía no lo sos. Cuanto algo más hecho mierda está, más te enamorás.

En síntesis, no te conformes con migajas si podés tener el paquete entero mujer. Aunque te lleve la vida encontrar a la persona indicada va a aparecer y probablemente no te des cuenta, va a ser de improvisto. Como una cachetada a la razón, tenete fe, mucha paciencia y querete mucho. Lo demás llega en el momento correcto y no necesariamente tiene que ser cuando más lo necesites. Por ahí te pica el amor cuando estás de joda un sábado por la noche con las locas de tus amigas pensando en los huesitos que alguna vez te comiste, una nunca sabe. Disfruten el equivocado hasta que aparezca el indicado, como les digo siempre. Les amo.

Compartí, no seas paco