El cielo de Montecaseros se encontraba estrellado y la frescura nocturna apaciguaba el sofocante calor del día. Era el momento perfecto en el que Agustina, la chica mas hermosa del pueblo, utilizaba para encontrarse con uno de sus tantos amantes, ella conocía muy bien los dotes que la naturaleza le había entregado y lo peor de todo, sabia como usarlos.

Engañaba a los hombres con su hermosa y tímida mirada azul, prácticamente los hipnotizaba para que hiciesen lo que ella quería, los llevaba al paraíso, para luego torturarlos con no volverlos a dejar entrar si le contaban a alguien sobre la clandestinidad de su relación. Solo tenía 17 años pero ya a esa corta edad había tenido más parejas sexuales que sus padres juntos, no le incomodaban los números. Ella disfrutaba del sexo y de los placeres de la vida. Por el único motivo que se sentía incomoda casi todos los días, fue algo que comenzó como un juego para ella, se volvió una realidad atroz.

Con el tiempo Agustina se dio cuenta que su imagen social dependía mucho en aparentar que era una niña buena en una sociedad machista. Un día hablando con sus amigas de este tema decidieron realizar una apuesta, en la cual Agustina iniciaría un noviazgo con el adolescente mas feo y raro de todo Montecaseros para mantenerlo como pantalla. Al principio se reían por los mensajes de texto que el pobre muchacho le enviaba, le juraba amor eterno, pasión y una vida de lujos que él podría darle cuando terminase su carrera de ingeniera, y es que Javier era muy inteligente con todo lo que aspiraba a realizar. Pero no para darse cuenta cuando una hermosa mujer lo manipulaba y lo engañaba como a un niño en navidad.

Esa noche mantenía relaciones con un hombre veinte años mayor que ella, en un auto escondido debajo de un sauce, después de una hora de sexo, los dos cuerpos sucumbieron. Cada vez que ella llegaba al orgasmo y sentía que su compañero de turno también lo hacia, casi siempre al mismo tiempo, la cara de Javier se dibujaba en el ojo de su mente y lo veía llorando al ver como ella jugaba con sus sentimientos. La mayoría de las veces se sentía culpable por su conducta y está era una de esas noches. De apoco, sin darse cuenta, ella comenzó a quererlo, pero no amarlo, pensaba en seguir con ese ritmo de vida unos dos años mas y luego se portaría bien con Javier, después de todo ella sabia muy bien que a su novio le esperaba un gran futuro. Entonces decidió recompensarlo por el desliz de esa semana y ya que estaba, pasarla bien sin sentir culpa.

Javier era un muchacho escuálido, muchos se preguntaban como hizo ese esperpento para estar con semejante belleza. No solo su apariencia llamaba la atención de las personas que los veían caminar de la mano cuando salían y se los veía juntos. Los que conocían a Javier sabían muy bien que el era un tipo raro, le encantaba lo oculto, la brujería, la masonería, las conspiraciones, etc. Siempre las estudiaba desde un punto de vista científico y aunque era un escéptico siempre tenia la idea de experimentar para comprobar que existe otro plano. Él le contaba a todos sus allegados los experimentos e investigaciones que llevaba a cabo, razón por la cual se fue quedando sin amigos. Los libros, con sus paginas amarillentas y frágiles eran su única compañía, no era de extrañarse que se enamorase tan rápido de Agustina.

Al día siguiente, los padres de Agustina saldrían a una fiesta y no volverían hasta muy tarde. Era la oportunidad perfecta para recompensar a Javier, solo había un pequeño problema, sus padres le dejarían a cargo a su hermanito de cuatro años. Una vez al mes salían a comer, al cine o bailar y dejaban a Agustina a cargo de su hermano más pequeño. Significaría un problema, por si el niño los oía y después la acusaban con sus padres. Pero no le importaba, estaba desesperada por tener relaciones y sacarse el sentimiento de culpa del pecho. Mando a Fernando a dormir temprano, este le recriminó que no tenia sueño. Sin embargo el pequeño comenzó a sentirse debilitado. Agustina sonreía, porque su plan marchaba ala perfección, le dio cuatro miligramos de Neuril, medicamento que su papa usaba para dormir con el jugo de la cena. El pobre Fernando no podía mantener los ojos abiertos, se desplomó sobre la mesa, Agustina lo levantó y lo llevó a la cama, lo tiró sin acobijarlo, no tenia tiempo, Javier estaba a punto de llegar y ella necesitaba producirse mejor que nunca.

El reloj de la cocina marcaba casi las 23, la hora estipulada para que Javier llegaría, con su cara de inocente y estúpido. Agustina dejó la puerta de la entrada abierta, con un papel que llevaba la leyenda. “Pasá, estoy en la ducha”. Javier entró en la casa . No podía ver nada debido a la penumbra que había en el interior, solo una luz tenue, si así se le podía describir a la penosa luz que irradiaba la lámpara de la sala estar.

La oscuridad asustó a Javier, a pesar de tener 18 años aún le temía, pero sentía una pasión por lo oculto y sobrenatural. Algo que iba en contra de su naturaleza, porque al leer o ver algo de terror tenía que dejar siempre las luces encendidas a la hora de dormir. Avanzó despacio por la sala de estar y una voz, la de su novia le dijo.

– Ponete cómodo en el sillón, pero no prendas las luces. La casa está sucia y me da vergüenza. Javier se acomodó en el sillón, no alcanzó a apoyar su peso en los almohadones cuando vio la silueta de su novia salir detrás del umbral de la puerta. Llevaba un babydoll rosado, sin ropa interior abajo.

– ¿Qué pasa?- dijo desafiante Agustina.

Javier no podía decir palabra, era normal que ella hiciera ese tipo de cosas, pero nunca se podía acostumbrar a esa desnudez tan magnífica y perfecta.

– ¿Me tienes miedo? – agregó Agustina, que caminaba como si fuera una modelo hasta su novio, se arrodilló frente de él y se llevó el sexo a la boca. Javier cerró los ojos eh intentó pensar en otra en cosa, pero no lo soportó. Eyaculó en el momento.

– Perdoname. No fue mi intención – dijo Javier avergonzado.

– No te preocupes bebé. Eso significa que hago las cosas bien – Agustina siguió realizando la felación hasta que Javier estuvo listo otra vez. Pasaron toda la noche haciendo el amor apasionadamente. A las 6 de la mañana Javier estaba destruido, caminaba dolorosamente, pisando en falso por el temblor de sus piernas. Se despidieron con un ferviente beso y cada cual fue a dormir a su respectivas camas.

Cuando los padres de Agustina llegaron, fueron a la habitación de Fernando. La madre, María, lo besó en la mejilla y sintió el frío espectral de la muerte en sus labios. Comenzó a gritar frenéticamente pidiéndole a Dios que solo sea una pesadilla, pero no, era la horrible y cruda realidad. El padre de Agustina, Gustavo, intentó reanimarlo pero fue en vano, el bebé ya estaba muerto desde hacía varias horas.

Agustina al oír los gritos desesperados de su madre salió a toda velocidad de su habitación, al entrar al cuarto de su hermano vio una imagen que la atormentaría por siempre. Sus padres arrodillados en el suelo sosteniendo a su hermanito muerto.

Continuará…

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