Claroscuro: Prólogo
Claroscuro – Capítulo 1: El partido
Claroscuro – Capítulo 2: Fernando
Claroscuro – Capítulo 3: El caserón de la calle Alberdi
Claroscuro – Capítulo 4: Gonzalo
Claroscuro – Capítulo 5: Miércoles
Claroscuro – Capítulo 6: Clara

Después de aquel miércoles, pasaron los días, las semanas y los meses. El grupo de amigos empezó a visitar a Clara primero una vez a la semana, después dos veces, hasta que finalmente ir a la casa de Clara se transformó en un clásico. Si algo le faltaba al heterogéneo grupo, era sumar una mujer: el conjunto de cinco amigos había añadido una nueva integrante.

Clara ahora era “Clari” o “Clarita”. La protegida de los cinco; la que hacía chistes inverosímiles que causaba tentadas y carcajadas que duraban una eternidad. La de los comentarios certeros. La que no tenía filtro. La que cada dos por tres, creaba enamoramientos furtivos entre el grupo de varones. Enamoramientos que empezaban con el salir del sol, y terminaban con el ocaso.

¿El lugar de reunión? Las escalinatas de la casona; el quiosco de la esquina de su hogar; o la Costanera. La Costanera donde la Banda de la Alberdi les dio la revancha al grupo de amigos. Partido que finalmente superaron por la diferencia de un tanto. Ahora el grito de gol era cantado por Clara, haciendo hinchada para su grupo.

Pasó el verano. Cambio el año y el otoño empezó a asomarse. Todo parecía normal. Y es válido decir “parecía”, porque si bien los muchachos habían hecho oídos sordos a cuanto la situación del tío de Clara, y en general de toda su familia –tema que se notaba que molestaba tocar a la joven-, no dejaban de hablar de eso cuando se encontraban solos. Y motivos les sobraban, porque cada vez que el tío de la muchacha aparecía, ella se comportaba como el primer día: misteriosa y nerviosa.

Fue una tarde de un lunes, cuando los cinco varones se estaban juntando para ir a visitar a la muchacha:

– Che, ya estoy medio cansado de irme cada vez que viene el tío de Clara.- comentó Juan.

– Roberto. Se llama Roberto.- Aclaraba Gonzalo.

– Es un ojete el viejo ese.-acotó Mauricio.

Caminaron pensativos y cabizbajos un tiempo. Era notorio que a los cinco les molestaba lo mismo. Faltaba apenas unas cuadras para llegar a la casona de la Alberdi, cuando Fernando se adelantó al grupo, dio media vuelta y tomando la voz cantante dijo:

– Si hoy nos saca cagando, yo lo enfrento al tío. Que me explique por qué nos saca.-

Todos se quedaron quietos y en silencio, hasta que Pablo habló:

– ¿Estás loco? Clara nos mata.

– Si Pablo, pero hay algo que no me cierra. No hemos hecho nada como para que el tipo cada vez que nos vea, nos rebaje…o nos eche con indirectas.

– Fer, mejor no digas nada.- Gonzalo ponía paños fríos.

– Sí. Encarémoslo. Yo estoy con vos Fer.-Mauricio dividía las opiniones.

Discutieron por escasos minutos, hasta que se dieron cuenta que era inútil ir en contra de Fernando y que todos pensaban lo mismo, había que desenmarañar el conflicto de una vez por todas. La decisión fue unánime entonces: Encararían a Roberto, el tío de Clara.

Llegaron a la casona. Clara salió a recibirlos con besos y abrazos. Se sentaron como tantas otras tardes, en las escalinatas del hogar de la joven. Ninguno divulgo ni por asomo el plan de Fernando. La charla fue amena, trivial; pero por adentro, los cinco varones estaban esperando el momento de la llegada del tío de Clara.

Y cuando menos lo esperaban, el Ford Escort estacionó en la puerta de la casona. Roberto bajó de punta en blanco, con sus lentes negros y su ancho bigote que parecían disfrazar su cara. Como tantas veces pasó por delante del grupo de muchachos, desconociéndolos. Como tantas veces le ordenó a la muchacha que ingresará a su hogar. Y como tantas veces, Clara se puso nerviosa y les pidió al grupo de amigos que se marcharan. Fue en ese momento que Fernando ignoró por completo a la joven, se puso de pie y dijo con voz aguda y firme:

– Disculpe don Roberto ¿Por qué nos tenemos que ir?

El tío de Clara clavó los talones y giró sobre su eje. Dio tres pasos firmes y se puso frente a Fernando, que ahora se veía mucho más pequeño que de costumbre:

– ¿Que dijo joven?

– Preguntó que por qué nos tenemos que ir.- Mauricio respaldaba a su amigo. Simultáneamente Pablo, Gonzalo y Juan se ponían de pie, al lado de su cuarto amigo.

– Porque esta es mi casa. Y si yo digo que ella tiene que entrar, entra. Y si digo que ustedes se tienen que ir, se tienen que ir.- Roberto sólo miraba a Fernando.

Clara se puso tensa. Su cuerpo había adquirido tal rigidez que costaba recordarla tan suelta y feliz como siempre. Una pequeña lágrima empezó a brotar de su ojo izquierdo.

– Clara, adentro dije.- Repitió Roberto, al tiempo que se daba media vuelta y les daba la espalda al grupo de jóvenes, que no obtenían respuesta alguna.

La joven corrió sin decir una palabra e ingreso a su hogar. Atrás la siguió su tío, que antes de cerrar la puerta se quitó los lentes y se dirigió al grupo de jóvenes:

– No los quiero ver más acá. A ninguno. No los quiero ver ni cerca de esta casa.

Inmediatamente, cerró con un portazo.

Los cinco se quedaron fríos, caminaron hasta la vereda y movieron la cabeza buscando por alguna ventana alguna señal de Clara. Pero no encontraron nada.

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