Leer Parte 1

La ambulancia llego a media mañana, tomaron a Fernando y se lo llevaron a toda velocidad al hospital de San Martín. La familia lo siguió de atrás, Gustavo lloraba, no podía respirar, pero en el fondo guardaba la esperanza de que algún doctor pudiera salvarlo o que ocurriese un milagro que le devolviera la vida a su hijo.

María se encontraba en un estado mas alterado que el de su esposo, le dolía la cabeza, no podía coordinar ideas. El viaje de Montecaseros a San Martín es corto, pero esta vez se le hizo interminable. Se perdía por momentos, no recordaba varias partes del trayecto, solo pensaba en lo frío que se encontraba el cuerpo de Fernando cuando lo tocó al entrar en la habitación. Por otra parte Agustina estaba ida, en ningún momento de su corta vida creyó que algo así podía pasarle. Llenó la casilla de mensajes de su novio, pero este no respondía, ni lo haría en todo el día. Javier se encontraba en su casa durmiendo plácidamente.

Al llegar al hospital, el doctor que se encontraba en la guardia vió bajar el pequeño cuerpo de la ambulancia y le hizo una seña a los camilleros. Bajaron el cuerpo y lo llevaron directamente a la morgue. Entre sollozos y lamentos María pedía suplicaba:

– Por favor salven a mi bebe, es solo niño. Por favor, sálvenlo, no lo dejen morir.

Pero ya era tarde, no había nada que hacer. Cuando vieron que los camilleros entraban con el cuerpo de Fernando a la morgue, la familia entera se desplomo en el piso y se abrasaron buscando consuelo y fortaleza entre ellos. Sin embargo Agustina se sentía un poco culpable y temía tener problemas con la policía. Les mintió a sus padres, les dijo…

– A las nueve le dio sueño, lo lleve a la cama y a las doce me fui a acostar. No escuché nada en toda la noche hasta que llegaron ustedes.

Pero mientras le mentía a sus padres, por su mente recorría la idea de que el exceso de calmantes dormitó el corazón de su hermano. No podía hablar, no podía pensar, en el viaje al hospital sabia muy bien que si le practicaban una autopsia a su hermano, lo mas probable era que encontraran los retos del calmante en su organismo y con una pequeña investigación se darían cuenta que ella fue la culpable por la muerte de su hermanito.

Se quedaron en el hospital todo día, Gustavo no se sentía en condiciones de manejar. Por suerte las 19 Javier llegó, espantado y sudando como si estuviese en una declaración policial. Sabia muy bien que tenia que mentir, pero también sabia que si lo apretaban un poco hablaría.

Solo cinco minutos después de Javier, arribó el médico forense del hospital encargado de llevar a cabo el acta de defunción. Llegó a la conclusión de que Fernando padeció una muerte súbita.

– ¿Muerte súbita? – preguntó Gustavo, como si las palabras fuesen pronunciadas en un idioma que nunca escuchó.

– Si – respondió el médico- es un término que usa para describir un paro cardíaco reversible. Es muy común en bebes, en el caso de un niño de la edad su hijo no se ve tan a menudo. Quizás sufría una leve cardiopatía desde pequeño. Al dormir sus arterias se relajaron y su corazón latió cada vez mas lento hasta que se detuvo.

– ¿Pudimos salvarlo? – preguntó María resignada, mientras Agustina apretaba el brazo de su novio y pensaba constantemente que si el médico no había notado restos del calmante en la sangre de Fernando se iba a salvar por el delito que cometió. Se sentía culpable, pero le interesaba mas salvarse que decir la verdad.

El doctor se negaba a hablar, miró a los cuatros por un rato pensando que no hay materia en la universidad que te prepare para dar este tipo de noticias

– ¿Y? – preguntó María de nuevo.

– Se pudo salvar, pero es muy difícil señora, se lo hace llamar el asesino silencioso. Por lo general la muerte súbita aparece mientras el paciente duerme y no te das cuenta de la condición hasta que ya es tarde. A decir verdad no hay mucho que pueda hacerse.

A pesar de las palabras del doctor, María y Gustavo se sintieron culpables por no estar en el momento que su hijo mas los necesito.

– ¿Terminó la autopsia? – pregunto Agustina cortando la tensión del momento.

– Si – respondió el doctor confundido – los síntomas son de muerte súbita y son muy claros. Tanto los otros médicos del grupo como yo dictaminamos la misma causa de la muerte.

Suspiró aliviada y salió caminando con Javier detrás, susurrando que no la delatara, que lo que pasó fue natural y pasó porque tenía que pasar. Javier no estaba muy convencido. Dieron una vuelta completa al hospital y volvieron a pasar por la morgue. Los padres de Agustina ya se habían marchado. De pronto cuando cruzaban por el frente de la puerta de la morgue, ella escuchó el llanto de un niño.

– ¿Escuchaste eso?

– ¿Qué?

– Un niñito llorando.

– No, estamos en un hospital es normal ese tipo de ruidos

– Si, si es normal.

Pero el llanto la estremeció en lo mas recóndito de su ser y le dio escalofríos como nunca antes tuvo en su vida. De camino a su casa escuchó una y otra vez el llanto en su subconsciente como una canción pegadiza que se niega a irse.

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