Claroscuro: Prólogo
Claroscuro – Capítulo 1: El partido
Claroscuro – Capítulo 2: Fernando
Claroscuro – Capítulo 3: El caserón de la calle Alberdi
Claroscuro – Capítulo 4: Gonzalo
Claroscuro – Capítulo 5: Miércoles
Claroscuro – Capítulo 6: Clara

Claroscuro – Capítulo 7: Quiebre

Las nueve de la noche me encuentran bañado y listo para salir con la bolsa de regalos para los niños de Mauricio. Bajo a un quiosco y compro algo para llevar al asado. Sé que los muchachos han comprado todo, pero quería comprarles un “mimo”; un guiño para jugar con el pasado.

Mi teléfono suena, Fernando me avisa que está cerca.

Ubico el auto, y subo. La música, siempre fuerte en el auto de Fernando, me impide saludarlo:

– Baja eso, culiado, apenas podemos hablar – y sin pedir permiso, toco el estéreo.

Fernando se ríe y me putea por lo bajo. Vamos durante el corto viaje riéndonos del mundo, como supimos hacer siempre.

Llegamos a casa de Mauricio. El humo que se ve venir desde el patio adelanta la cena. Al entrar me encuentro con Paola, su mujer, que va de salida junto con los niños. Me saluda con un fuerte abrazo; me cuenta, con chistes de por medio, que nos deja la casa sola para que podamos hacer nuestro “asado de varones”. Me emociono un poco al verla y ver a los niños ya crecidos, me cuesta reconocerlos. Les entrego los regalos, se van a jugar dándome las gracias. Dándole las gracias a este perfecto extraño.

Entro al patio y me encuentro a Mauricio. Cualquier reencuentro es pacificador para el alma, pero el de volver a ver a tus amigos de tantos años, no tiene comparación. Ambos moqueamos, pero nada de demostrar sentimientos, somos unos señores ahora.

Fernando prepara el fernet mientras Mauricio quema la parrilla. A continuación, los tres sentados en sillas de jardín, nos volvemos a poner al tanto:

– Se casa el Pablo, boludo.- me dice Mauricio, como si todavía no lo pudiera creer.

– Viste boludo. Nos cerró el culo a todos.

Los tres reímos.

– Miren lo que traigo.- les comento, y muestro lo que compré en el quiosco una hora antes. Es un habano. Una costumbre que habíamos agarrado en alguna de las tantas salidas. Fumar un habano entre cinco. Siempre terminaba en la basura, pero era un ritual del grupo: la cerveza y el habano.

Fernando y Mauricio gritan y aplauden, se ríen. Se reencuentran con sus adolescentes interiores.

La carne chirria en la parrilla. Ha pasado casi media hora de tragos, anécdotas y vivencias. Fernando nos informa entre sorbo y sorbo que Gonzalo y Pablo están al llegar en un par de minutos, que ya es hora de empezar a acomodar la mesa. Mauricio se adhiere diciendo que los vegetales de Gonzalo ya casi están, pero a que a la carne le falta, pero que igual adelantemos.

Entramos al comedor, y mientras ponemos los platos, me confieso con Fernando:

– Fer, me llamó Clara.

– ¿Cómo que te llamó Clara? – la voz de Fernando suena doble, es que repiquetea junto con la de Mauricio, que entraba justo para escuchar mi declaración.

– Si boludos. Así como escuchan. Me dijo que a ella le parecía raro vernos después de…

– Después de tanto tiempo. De todo lo que pasó.- Mauricio me interrumpe.

– Sí, exacto. Después de tanto tiempo. Me pidió que los pusiera al tanto de su vida un poco, para que no fuera tan chocante el encontronazo en el casamiento.

Mauricio se pone firme y se explaya – Juano, así supiéramos hasta el más mínimo detalle de su vida, verla va a ser chocante. Es una etapa de la vida que, y creo que hablo por los tres, nos costó muchísimo cerrar.

– Yo nunca lo cerré, creo.- me sincero a viva voz.

– Bueno, ves. Ahí tenés. Me decís que por más que sepa a qué hora se acostó ayer…o cuando fue la última vez que cogió, ¿no te va a shockear verla?

– Para nada. No te lo discuto. Incluso odie que me llamara, te juro.- le retruco.

– Miren, comamos, charlemos…esto es una cena de reencuentro, para celebrar que estamos juntos otra vez. Para celebrar el casamiento de Pablo. Después, si hay tiempo, hablemos de Clara.

Fernando asiente con la cabeza, y por distraído, una copa se le cae al suelo estallando en mil pedazos. Las cargadas por su torpeza distienden la tensión.

El timbre suena. Gonzalo y Pablo entran con algunas botellas. Pablo me ve y sonríe entre pícaro y alegre.

– Te casas, hijo de puta ¡¿Cómo hicieron?!- le digo, y con tres pasos firmes nos abrazamos fuerte y largo.

– ¡Juano, gracias por venir!- Me dice Pablo una vez que nos soltamos.

– Nada que agradecer, como no voy a venir ¡Este evento es mejor que un mundial!

– Ohhh, referencias de fútbol. Saben que no me gusta el fútbol.- dice Pablo.

– Bueno, pero te casas. Al menos ahora sabemos que te gustan las mujeres.- le digo, y todos reímos.

Nos sentamos a comer entre gritos, cantos y anécdotas. Nos ponemos al día lo más rápido que podemos. Nos jugamos bromas y colocamos apodos. Volvemos a ser los cinco de siempre. Los cinco que tantos años pasamos pegados. Los cinco que crecieron juntos. Volvemos a ser los cinco a los que Clara nos cambió la vida.

Continuará…

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