Una noche te dejé ir, o mejor aún, siento que dejé ir todo lo que fuimos y todo lo que no seremos, dejé ir eso que me quedaba, eso que guardé.

Fue un domingo, el cual comienza dulce por la mañana y decae junto con el sol. Logré hacerlo productivo, me levanté temprano tomé unos mates con mis viejos y me aboqué de lleno a ponerme al día con la facultad. Sonaba Sabina de fondo, mientras chateaba de a ratos con Seba; al parecer íbamos a tener que hacernos cargo por completo del trabajo practico grupal, lo de siempre. Esa tarde el Barcelona de Messi, cosechaba su quinta derrota consecutiva, el enano llegaba a su gol número quinientos, cifras de otro mundo, y un Camp Nou que se rendía a sus pies a pesar de la derrota. Necesitaba salir de casa, había algo me agobiaba entre esas paredes. Decidí ir a visitar a uno de mis sobrinos, el pequeño había tenido una reacción alérgica y ya se recuperaba en casa entre juguetes y chocolatada. Al volver a casa me recosté a ver un capítulo de una serie que me tenía completamente sumergido en una trama deliciosa, llena de traiciones, asesinatos rebosantes en morbo y miradas que dicen más que los diálogos, hasta aquí un clásico domingo.

Lo extraño comenzó al apagarse la última luz del dormitorio. Ya predispuesto a sumergirme en el mar de los sueños, intenté cerrar los ojos, bajar la persiana y ver que me tenía preparado el subconsciente. Al parecer mientras más me esforzaba por dormir, menos lo lograba, mi mente en completo desacuerdo con el deseo de descansar, me llevaba en un frenético tour de ideas y proyectos que quizás jamás saldrán del cuarto de ideas. Con los ojos cerrados comencé a ver y sentir como la oscuridad me sofocaba, y amenazante me ponía un cuchillo de nostalgia en el estómago, sentía como si algo me faltara.

No lo soporté y de un salto me puse de pie, a tientas caminé hacia la puerta y con desespero prendí la luz. Parecía un niño perdido entre las góndolas de un supermercado buscando a su madre. Me senté en la cama y miraba al suelo, estaba abrumado y algo confundido. Pensaba, sin pensar, respiraba, sin respirar, sólo estaba allí y mi mente estaba tan lejos que ni siquiera recuerdo en que pensaba. Volviendo un segundo a controlar mi mente, decidí ir a lavarme la cara y tomar agua, quizás así espabilaría un poco.

Al regresar, volví a sentarme en el mismo lugar de la cama y estaba nuevamente como al principio. Me detuve un momento a mirar el mueble de al lado de la cama, de esos muebles donde uno guarda hasta los miedos. Sentí entonces, que había algo allí que me llamaba, con desespero abrí las puertas y revolví entre buzos, pantalones, fotos y angustias. Tengo la firme convicción hasta el día de hoy, que si bien revolvía dentro de ese mueble, sentía como si en realidad buscara algo dentro de mi mente. Algo olvidado, algo empolvado, algo que había caído en el fondo del cesto de los pensamientos.

Encontré entre papeles una vieja carta que había escrito mi hermano para mí, en la cual me manifestaba entre burlas y chistes cuanto me quería y cuanto le costaba demostrarlo. Seguí buscando, cada vez más profundo, sabía que entre esas cosas estaba algo esperándome.

Fue entonces cuando me topé con fotografías, cientos de ellas, impresas a color, en blanco y negro, negativos, familiares, con amigos, de paisajes. Pasando una tras otra cada vez con el corazón más agitado y la mirada borrosa las encontré, o más bien, te encontré. Eran una serie de fotos de ti y otras contigo, si de ti estoy hablando, mi primer amor. Al llegar a una de ellas, particularmente en la que sonreías de perfil con el sol detrás de ti, vinieron a mi miles de recuerdos. Por fuera lucían oscuros y tenues, pero al adentrarme en ellos irradiaban una luz sin precedentes. Llegaron junto con ellos aromas, que acarrearon momentos, aparecieron sonrisas, que desprendieron algunas lágrimas, se hicieron presentes melodías, que traían texturas, todos de ti, todos de mí. Sentía que podía tocarte, sentir tu perfume cítrico, te pude recordar con todo el amor que te tenía.

Fue en ese momento cuando lo entendí, cuando realmente comprendí al conectar los puntos, fue cuando dejé en libertad aquel rencor que te guardaba por haberte ido en aquel lúgubre Mayo. Ese odio que me había atormentado durante noches enteras, que se volvieron meses y años, y que yo mismo había decidido guardar. Entendí que aquel odio, no era más que todo el amor que tenía, el que te di y el que me guardé en los bolsillos, y que era momento de soltarlo, y soltarte a ti para entonces yo poder dar mi siguiente paso y hacer mi camino. Y así fue como una noche te dejé ir, desde ese día ya no hay más lamentos, no hay más tristezas, arrepentimientos, ni recuerdos tristes sobre ti. Desde ese momento y hasta que un suspiro marque mi punto final, estés donde estés y con quien sea, serás el más hermoso y feliz recuerdo. Adiós mi bello ángel, siempre ansiaste volar, ahora tienes mi entendimiento y aliento para hacerlo, buen viaje.

Compartí, no seas paco