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La penumbra de la mente de Agustina era igual que la que llevaba en su vida, igual a la que había en su habitación de hospital en la que ya hacia internada, igual que la pesadilla en la que la encontraba. Se imaginaba a si misma en una habitación de hospital, todo a su alrededor era blanco, pero no de un blanco agradable. El lugar era sucio, horrible, con un olor nauseabundo que ella nunca conoció en su vida. Solo miraba el rincón como si la hubiesen retado por algo muy malo.

Se preguntaba a si misma. “¿Qué fue lo que hice para estar acá?” Las inhalaciones la hacian sucumbir cada vez mas en el frío. La condensación de sus pulmones se hacia mas y mas espesa.

Sabia que estaba soñando, era un sueño lucido. No recordaba como llego ahí, pero sentía que todo lo que la rodeaba no era real. Sin embargo algo andaba mal, algo que hacia que el mundo de los sueños pareciera mas verídico y peligroso que el mundo normal.

Sabia que había algo o alguien sobre la cama, que respiraba cada vez mas y mas despacio hasta quedarse sin aliento y luego de un segundo volvía a jadear. “¿Quién era?” se preguntaba. No se atrevía a mirar. Pero el morbo mezclado con la curiosidad del ama humana la hizo voltear lentamente. Se dio cuenta que el piso del cuarto era de baldosas rojas muy antiguas con un contorno rosa. Reconoció el nosocomio por ese detalle, era el hospital de San Martín. “La ultima vez que estuve acá fue cuando murió mi hermano”. El pensamiento llegó a su cabeza como una estrella fugaz, solo que esta no desapareció, quedo impregnada en su mente y por primera vez después de un mes del homicidio de su hermano sintió algo parecido a la culpa o al remordimiento.

Su mirada se desviaba cada vez mas sobre la puerta, no había nada ahí, pero la mirada curiosa avanzaba hasta que llegó a la cabecera de la cama. El colchón a simple vista se veía hundido, había alguien sobre él. Tomó coraje de donde no tenía y miró rápidamente sobre la cama. Esta estaba perfectamente tendida, no había nada, sin embargo sentía que no estaba sola, había algo más, algo muy malo. Corrió a la cama y se tapó hasta la cabeza, como si la sabana pudiese protegerla de lo que se encontrara en el exterior.

Trató de cerrar los ojos, fingía estar dormida, hasta disimulaba su respiración debajo de las sabanas. Entonces unos débiles pasos se escucharon en el interior de la habitación. Ella abrió los ojos debajo de las sabanas, la visibilidad era reducida, pero alcanzaba a distinguir formas.

Agustina miraba todo con detenimiento, los pasos estaban en la cabecera de su cama. Movió sus ojos lentamente conservando la posición hacia el costado de su cabeza, para que “eso” no notara que se movía.

En la punta de la cama vió una pequeña sombra, no podía distinguir muy bien que era, o tal vez lo negaba. De lo único que estaba segura es que la figura a los pies de su cama lloraba, las lágrimas caían una tras otra y Agustina sentía como le humedecían el dedo de los pies.

Trataba de resistir su respiración, se sentía encerrada. La sensación de claustrofobia era agobiante. El miedo al encierro aumentaba a la vez que el llanto de la figura empeoraba. Agustina se preguntaba cuando despertaría, hasta cuando tendría que soportar ese calvario. Fue cuando la entidad extraña comenzó a treparse se por la cama, se arrastraba sobre ella. Podía sentir el peso y el llanto de la figura. La cara putrefacta se posó sobre ella, a pesar de que la sabanas separaban sus rostros, ella podía divisar los ojos llorosos de ese ser.

De a poco el llanto se convirtió en un grito y ahí lo recordó, cuando estaba en el motel y el grito la asustó, era el mismo grito de tristeza, pena y desesperación. Agustina se despertó al instante en la cama del hospital. Ver las baldosas, las sabanas blancas, las paredes blancas la impactaron aún mas, tanto así que siguió gritando después de despertar.

-¡Hija! ¡Hija! – grito María, su mama, intentado calmarla – ¡estas bien hija por favor calmate! – la abrazó hasta que por fin Agustina se calmó.

– ¿Qué me paso?

– Te caíste volviendo a casa cuando venias de ver a tu amiga. Te lo eh dicho mil veces, no salgas de noche. Espero que ahora me hagas caso.

– ¿Me caí?

– Si, y gracias a dios tu profesor de la secundaria pasaba por ahí y te vio en el piso. Él te auxilió y te trajo al hospital.

– ¿Mi prof….- cambió el tono de confusión por el de una persona que se hace la desentendida- esor? No me acuerdo mama.

– Si el médico dijo que eso era posible.

– ¿Cuánto llevo acá?

– Dos días, estabas muy quieta, hasta hace cinco minutos. Creo que tuviste una pesadilla.

– Si – “no te imaginas que pesadilla” pensó.

– Llamabas a Fernando – dijo María remarcando su tristeza y su pesar cuando nombó a su hijo muerto.

– ¿A Fernando? – preguntó Agustina haciéndose mas la desentendida.

– Si. No me extraña hace un mes que partió y nunca has ido a visitarlo. He notado que lo negas, tenes que ir al cementerio y enfrentar la realidad mi amor.

– No mama, estoy bien te lo juro – El gesto de Agustina cambió inmediatamente y María lo notó.

– ¿Qué te pasa?

– Tengo los pies húmedos – respondió mientras sentía como un nudo bajaba por su garganta.

– Hola, buen día mi amor – Saludó Javier que entraba por la puerta con un ramo de flores.

– Mi amor – dijo Agustina emocionada, casi olvidándose de la humedad de sus pies.

Los tres charlaron un rato y por la tarde Agustina fue dada de alta. Salieron del hospital rumbo a Montecaseros. Ella no quería voltearse a ver el hospital, sentía que eso malo todavía estaba ahí, observándola. Mientras volvían Agustina le pidió un favor a Javier.

– Mi amor. ¿Mañana podemos ir al cementero?

– Si – respondió Javier dubitativo, recordaba la pesadilla que tuvo hace dos días y disimulando mala gana, aceptó.

La mañana precipitaba lentamente, era un día normal con lluvia de invierno, el cielo estaba completamente nublado, pero la claridad era excelente. Javier paso temprano por Agustina, ella tenia unas ojeras enormes. Se la veía de muy mal aspecto, parecía haber sufrido un accidente. Se subió al auto con Javier.

– ¿Estas bien mi amor?

– Si, solo tengo insomnio desde que salí del hospital.

– ¿Tu mama no toma pastillas para dormir?

Agustina lo fulminó con la mirada – ¡No! – le gritó enojada, se dio cuenta que le respondió de mala manera y bajó el tono de voz – mi mama ya no toma mas pastillas desde que falleció mi hermano.

El resto del viaje hasta el cementerio de Buen Orden fue silencioso, se notaba una atmósfera pesada entre ellos. Compraron unas pocas flores y caminaron hasta la tumba de Fernando. La placa llevaba un epitafio hermoso en mayúscula, Javier al ver las letras recordó la ouija de su computadora y se estremeció pero Agustina no se percató de ello.

El epitafio decía, “La tierra perdió un niño, pero el cielo gano un ángel” era simple, pero muy bello a la vista de Javier, que se emocionó hasta las lágrimas. No se quería mostrar débil frente a su novia y le dijo que iba al baño. Agustina se quedó sola frente a la tumba de su hermano por primera vez.

Cuando escuchó una voz- ¿Así que se te fue la mano con las pastillas? – se le heló la sangre, la voz grave de ese desconocido la hizo temblar al punto de quedarse callada y no tener que decir.

– ¿Cómo dice?

– Que se te fue a mano con las pastillas – dijo el hombre de voz gruesa vestido con uniforme municipal que limpiaba las tumbas de alrededor.

– ¿De qué me habla?

– No te hagas la boluda, se lo que hiciste – Agustina se quedó atónita al borde del llanto.

– ¿Cómo lo supo? – le preguntó confundida, sin terminar de entender.

El hombre de la voz gruesa sonreía mientras limpiaba. – Los muertos hablan – desvió la mirada a Agustina que se quedó petrificada cuando los ojos de aquel hombre la encontraron. – Los muertos hablan y me dicen muchas cosas.

Javier volvía del baño y vio que Agustina estaba a punto de descompensarse – ¿Estas bien mi amor? – le preguntó mientras la sostenía.

– No lo está, y no lo estará – respondió el hombre de forma altanera – Te esperan muchos días de insomnio – reía casi al punto de soltar una carcajada.

– ¿Qué te pasa? – respondió Javier.

– Pibe. ¿Nunca te has preguntado que hace tu novia en las noches? – el hombre de la voz gruesa sonrió aún mas.

Agustina sentía como su corazón le latía en las sienes – vamos mi amor, por favor vamos.

Se marcharon observando como el hombre de la limpieza apoyaba su mentón sobre el cabo del rastrillo que utilizaba para limpiar. Los miraba desde el callejón del cementerio mientras los despedía burlonamente.

Continuará…

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