Recuerdo aquel lunes por la mañana. Mi mente se encontraba abrumada por las deudas, los desamores, las penas y la rutina. Son esos momentos donde me gusta dejar mi mente volar, oír los pájaros, sentir el viento; y por un momento en mi existencia a través de los años dejar de ser este simple, y a la vez complicado ser, que tanto vuela sin poder hacerlo realmente.

Se me hacía tarde para el trabajo, y en medio de ese tumulto que desaliñaba cada uno de mis pensamientos y me agobiaba como el sol lo hace de una manera cruel al caminante en el desierto, fue cuando te vi. Parada en completa y armónica paz, sonriente y radiante, tarareando alguna melodía mientras regabas y cuidadas con amor una pequeña planta. Me quedé inmóvil, no podía dejar de verte: tanta paz y tranquilidad, rebosante de amor y cariño.

Casi de inmediato un tren, fugaz como un rayo, llegó a mí; cargado de añejos recuerdos, venía de algún recóndito lugar de mi enmarañada mente, sin preámbulo me volví artista de esas imágenes para desempolvarlas y redibujarlas cuidadosamente, sin saltar ningún detalle. Allí estabas mamá, te vi en cada recuerdo, sin falta.

Estabas siempre enseñándome, de dolor y gozo, de penas y alegrías, de caos y templanza. En todo ello lo hacías con amor, con paz y una hermosa sonrisa que me mostraba el camino, ese camino que dibujaban las marcas del tiempo en tu semblante. Me sentía en ese momento como esa pequeña planta.

Entonces recordé tus caricias, y así como el viento del mar acaricia las hojas de un árbol en la playa, y solo se detiene durante cortos instantes como si admirara el paisaje, así te he admirado siempre. Esas caricias en las noches donde las pesadillas eran habitué y estaban a la orden del día. Tus abrazos, envolventes como melodía de un blues. Tus dulces palabras serenándome esa noche que aquel amor que partió. Nunca llegabas tarde ni antes de tiempo, estabas en el momento justo para rescatarme del vacío existencial que me absorbía. Tu susurro al oído siempre tan esperanzador, como brisa de verano a la orilla del río, esa mirada eterna como las estrellas capaz de serenar mi corazón agitado como el océano en medio de la tormenta.

Perdóname por esas mañanas de domingo en que con júbilo venías a despertarme y yo me hice el dormido, no encuentro frase que me justifique. También perdóname por las veces en que mi verborragia te alejó, quizás cuando eras la única que estaba cerca para acompañarme. Te pido perdón y me justifico vagamente en que estoy aprendiendo a ser hijo, ahora lo entiendo y me aflige haberte ignorado de manera tan cruel, así como el girasol ignora a la luna.

Hoy te veo, y a pesar del desgaste y las marcas que el tiempo ha producido en tu semblante, la dulzura y la ternura en esa mirada sigue siendo el lugar donde siempre quiero descansar.

A veces tengo la convicción de que me arrodillaría con incredulidad ante paganos dioses y superficiales creencias a rogar por tu eterna compañía, para enmendar todos los errores que he cometido contigo. Luego vienes, me abrazas, y me susurras al oído que me perdonas y que me quieres, que venturoso soy, pienso.

Sigue regando y cuidando esa planta mamá, sigue haciendo del cuidado de otros seres el bello arte en que lo has convertido, tal como lo haces conmigo y como lo has hecho siempre; es de los espectáculos más bellos que la vida me regaló. Te amo vieja.

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