La angustia de su ausencia ha hecho estragos en mi cuerpo… he adelgazado varios kilos, la ropa se me cae, parezco un espantapájaros vencido por el tiempo. De pronto han aparecido algunas arrugas nuevas en mis ojos, la comisura de mi boca tiene una tendencia permanente a declinar… ya hasta me cansa el esfuerzo mental de simularme sonriente.

Camino las calles atestadas de gente y siento un vacío existencial absoluto, como si el rostro de la humanidad fuese una acuarela difuminada. Intento buscar su voz en algún libro, su aroma en algún perfume, su risa en algún bar o sus ojos penetrantes en el fondo del café y no hay caso, no hay caso che… nada compensa su ausencia.

Luego de una especie de duelo decidí no cerrarme, intentar buscar asilo en otros cuerpos, cobijarme en los recovecos intensos del sexo sin amor, de los besos con sal, del vinagre en las heridas y no. La satisfacción inmediata es efímera y el sinsabor posterior es tan amargo como la muerte o el hastío.

Existe una especie de unión tan profunda entre dos personas que nada la corrompe, ni el tiempo, ni la distancia, ni las diferencias, ni terceros… nada. No hacen falta palabras, no hacen falta encuentros, no hace falta conexión tangible… yo se que esta ahí, como antaño, entre las sombras, intentando atesorar el recuerdo en los estantes del amor, de los días felices, en las ganas de firmarle el empate a la vida y que todo termine así, sin más nada que vivir. Esa sensación de felicidad tan sublime que se llega hasta pensar que listo, que basta, que fin, que no quiero más vida, no quiero más nada, me retiro en paz y con toda la riqueza encima. Pero la vida sigue, sigue y duele, sigue y cuesta y no hay consuelo para esa silla vacía. Porque en esta mesa eramos solo dos y queda ahora la tristeza de una cena en soledad, con ropa de gala, esperando su llegada, mientras una lluvia moja la comida, me apaga el cigarrillo, arruina el mantel y se funde con las lágrimas del único comensal.

Nada me llama la atención, nada me complementa, se me escapa la vida buscando donde encontrarme, intentando acomodarme con lo que me toca, cargándome de arte para sentir que al menos este vacío tiene contenido romántico, que aún late. Fue tan fuerte la tormenta que con los vestigios que dejó no pude construir más nada, ni siquiera cobijarme de las inclemencias de la vida. En pie pero errante por el tiempo. Como una constelación brillante, hermosa y luminosa, pero lejana y solitaria.

Se me escapan las reflexiones filosóficas que causaban explosión en su risa, diluyéndose entre el vacío de oídos sordos, los disparadores que surgían entre los dos y nos hacían crecer hoy martillan mi sien como recuerdos asesinos. Cada vez que su recuerdo, de una u otra manera, estalla cerca mío, el mundo se me derrumba, el tango se infiltra en mis venas, se me nubla la mirada y me quedo en la línea divisoria entre el recuerdo feliz de su compañía o la profunda desolación de su ausencia.

El tiempo lo cura todo, ambos sabemos eso, cierra heridas, deja cicatrices y la arena del reloj sigue cayendo. Esto ya no es una cuestión física, creo que ni siquiera es de pareja, el tema es que no hay conexión con nada ni nadie, maquillo mis días con felicidad efímera, no puedo compartir con ninguna persona lo que compartíamos juntos, aquella electricidad que generábamos hoy me ha dejado en un caserón precioso pero sin luz, a oscuras, buscando a tientas algo que traiga luz a mi vida.

Entendimos la necesidad de la distancia, la separación inminente, que la vida debía continuar, que tal vez el futuro nos volvía a unir en algún lado, Argentina, México, España, Francia… vaya a saber dónde, pero esto ha trascendido al amor, va más allá del deseo y el apego, es una cuestión mucho más profunda, de siglos, de antaño, de unión, de iguales, de partes, de nostalgia, de sincronización, de verme en su mirada, de escucharme en su voz, de escribir sobre sus letras, de recorrer las líneas de los mismos libros, disfrutar los mismos acordes, compartir las mismas luchas y padecer las mismas angustias. Amamos y extrañamos lo mismo, sin siquiera saber el uno del otro. Esto un espejo roto que aún sigue reflejando, en secciones, trizado…

Partidos y separados…

Compartí, no seas paco