El asado de reencuentro no duró mucho. Estaba estipulado así, no debía de durar, puesto que al día siguiente era el, tal vez, días más importante en la vida de Pablo: su casamiento.

La mañana del día después me encontró fresco. Estaba algo somnoliento, pero extrañamente tranquilo. Como si la juntada de la noche anterior hubiese servido de calmante, como si al saber que estábamos otra vez los cinco juntos, nada malo podría pasar.

“El evento de Pablo” como habíamos decidido llamarlo entre los cinco (ya que ni siquiera Pablo se acostumbraba a la palabra “Casamiento”) empezaba a las siete de la tarde. No había casamiento por iglesia; sería extraño casarse por iglesia para un tipo que practicó el ateísmo toda su vida. El “evento” constaba de un civil a realizarse en el mismo parquizado del salón donde la fiesta iba a desarrollarse. Dicho sea de paso, el Salón “…es bien, pero bien entrada la loma del culo”. O al menos Fernando me lo describió así.

Con la mente puesta en el “evento”, desayune en el hotel. Le pregunté al recepcionista por la barbería más cercana, donde me acicale lo mejor que pude. Almorcé algo liviano en algún bar de pasada, sabiendo la noche que se avecinaba. Volví al hotel para bañarme y cambiarme.

A las cinco de la tarde, ya estaba disfrazado de muñeco de torta. Con un traje nuevo que aún no dominaba esperaba por Gonzalo, que me pasó a buscar impuntual. Los únicos dos solteros que ahora quedaban en el grupo de amigos, emprendían la larga marcha hacia el “Salón de la Loma del Orto”. El largo viaje, cargado de anécdotas y chistes del momento, se tornó del todo llevadero, pero no logró ocultar la lejanía del lugar:

– ¿Por qué optan por casarse tan en la loma del culo? – preguntó retóricamente Gonzalo.

– No sé, boludo. Es la moda. Prometo que si me caso, Gonza, lo hago en el bar de la esquina. Y vamos todos de ojotas y musculosa.- contesté.

– Cuando vos te cases, seguro te vas a desvivir por lo que la mina diga. Así que no prometas mucho.- Gonzalo sabía que mi pasado me condenaba. Mi silencio y una mueca de risa forzada, fueron toda la respuesta necesaria.

El auto siguió avanzando un buen rato. El reloj ya marcaba las seis y media de la tarde.

– ¿Gonza, vos pensas que va a venir?- Ya no hacía falta ni que nombrara a Clara. Estaba ahí, en cada pensamiento cansino que se soltaba sobre el tema.

– Espero que si.- contestó Gonzalo – Espero que sí porque tengo los huevos llenos estos últimos días. No puedo pensar en otra cosa, no puedo hablar de otra cosa. Parezco pelotudo. Todo es “Clara, Clara ,Clara, Clara”. Quiero verla. Quiero decirle… no, no quiero decirle nada. Quiero que ella lo diga. Lo que sea que ella tenga que decir, que lo diga.

Otra vez silencio, pero esta vez no hubo mueca de ningún tipo. No hubo gesto. Sólo la mirada perdida de dos amigos en la larga ruta.

Llegamos al “evento” cuando este parecía comenzar. El auto de Mauricio ya estaba estacionado al lado del de Fernando. El Salón de la Loma del Orto, era un lugar bastante espacioso y muy colorido, rodeado de un gran campo donde el verde dominaba hasta horizonte. La gente ya estaba acomodada en un lindo parquizado junto al salón. Todos sentados en filas de sillas frente a un mesón, donde un juez de paz esperaba por los novios. Los novios que, rompiendo todo protocolo, se exhibieron juntos, de la mano, frente a todos.

Con Gonzalo nos sentamos en una de las últimas filas de sillas. Habíamos llegado sobre la hora y justo a tiempo. Nuestros lugares reservados junto a Mauricio, Fernando y sus familias, ya estaban ocupados. Mauricio fue justamente quien levantó la vista para buscarnos, y al encontrarnos con la mirada, movió de forma exagerada la boca marcando consonantes para que pudiéramos leerle los labios: “P-A-J-E-R-O-S” decía. “P-U-T-O” le contestamos.

La ceremonia fue emotiva para todos. Cualquiera que conociera a Pablo sabía que era algo fuera de lo normal verlo parado ahí, entrajado de pies a cabeza, dando el “sí” para siempre para con una sola mujer.

Cuando los dos dieron por finalizada la ceremonia con un beso. El parquizado exploto en gritos y aplausos. Los novios corrieron alegres vaya uno a saber dónde. Fue su padrino de bodas, el hermano de Pablo, el encargado de decirnos que podíamos entrar al Salón, que ya estaba el catering listo.

Mientras todos caminaban hacia el interior, nos juntamos nuevamente los cuatro amigos. Nos reímos felices. Nos prometimos jamás olvidar ese momento, pasara lo que pasara en un futuro. Ninguno lo podía creer, Pablo estaba casado. Había roto todas las apuestas.

Los niños, mis “sobrinos del corazón”, correteaban junto a Paola, la mujer de Mauricio, que caminaba a la par de Yesica, la mujer de Fernando. Unos metros más atrás, cerrando el grupo de gente que entraba al Salón, veníamos nosotros cuatro. Carcajeando y bromeando completamente escapados a un detalle. Un detalle que pronto se nos develó: durante la duración de la ceremonia, ninguno pensó en Clara. Ninguno se percató de que no estaba en el “evento”.

Las últimas personas entraron al Salón, nos retrasamos para esperar a Gonzalo, que había frenado para atender un llamado a su celular. Todo estaba demasiado distendido. Pero no por mucho: por la entrada principal un auto se asomó. Un último modelo de la empresa Nissan traspaso el gran parquizado, giró apresurado sobre la última calle de piedras y frenó. Del asiento trasero bajó una mujer esbelta y extremadamente bella. Alta como pocas. Con las curvas pronunciadas dentro de un vestido de seda rojo furioso. Caminó hasta la ventanilla del conductor y con unas palabras por lo bajo se despidió. El Nissan salió raudamente camino la puerta principal. La mujer avanzó firme hasta nosotros. Movía la cintura con una gracia única, como si hubiese practicado toda su vida. Su cabello sedoso y cuasi perfecto, ondeaba con cada paso seguro. Se detuvo frente a nosotros y dijo:

– Chicos, ¿son ustedes?

Y todo fue nervios. Y Todo fue real. Y todo fue Clara.

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