La noche pasó muy tranquila y sin sobresaltos. Javier se despertó cerca de las 8 am a pesar de que durmió muy poco, no estaba cansado, por el contrario se sentía muy renovado. Fue al baño de casa y después de asearse como lo hacia de mañana volvió a su habitación.

Se sentó frente a la computadora y al encenderla pensado en jugar un rato vio que el monitor tenia una sola imagen congelada. La ouija se veía en toda la pantalla, solo que diferente a como él recordaba, se veía ennegrecida.

La reinició muchas veces pero no funcionaba, la imagen seguía ahí. Se puso nervioso, no por temor, mas bien porque creía que un virus había dañado a la computadora, se dispuso a formatearla, pero fue en vano, después de una hora y media formateándola, la imagen seguía ahí, “después la arreglo” pensó.

Se volteó hacia su cama recordando lo que pasó la noche anterior, no lo podía creer. “¿En verdad logré invocar un espíritu?” se preguntó. Pero no era Fernando, este espíritu se hacia llamar “el que limpia”, sería un demonio o un alma en pena.

Sacó su celular que estaba cargándose sobre la mesita de luz, abrió el buscador, “al menos esto funciona bien” se dijo a si mismo en voz baja. Al desbloquearlo vio mas de dos mil mensajes que decían:

“Por favor veni a mi casa, te necesito”

“No deja de llorar”

“Me quiere matar”

“Por favor, mi amor veni, ya no doy mas”

Terminó de leer la mitad del quinto mensaje “me está mirando desde un rincón” y salió corriendo a toda velocidad. Llegó a la casa de Agustina, Gustavo lo recibió dándole un apretón de manos sin ganas, ya no era el suegro jovial y divertido que fue una vez, Javier sabia que tanto Gustavo como María se culpaban por la muerte de hijo menor.

– Buen día, Gustavo.

Suspiró profundamente, como ahogando un llanto – buen día Javier. ¿Qué raro que vengas tan temprano?

– Quería ver como sigue Agustina, usted sabe que no a estado muy bien últimamente.

– Si, pasa. No se a querido levantar.

Javier entró a la casa y la atmosfera a mausoleo que había en ese living, donde él hizo el amor fervientemente con Agustina, cambió por completo. El olor a suciedad con humedad acumulada, sumado al descuido de la casa, parecía una residencia de ancianos muy cansados para limpiar o arreglar un poco para que se viera decente. Las paredes blancas que recordaba inmaculadamente limpias, hoy estaban completamente manchadas, al igual que el suelo y los sillones.

Pasó de largo lo mas rápido que pudo, ese paisaje lo deprimía, entró en la habitación de su novia. Agustina estaba agazapada en la cabecera de la cama dándole la espalda a la pared, mirando fijamente a la silla que estaba en el rincón de su habitación donde ella dejaba las prendas del día anterior. Javier tragó saliva, ella no se dio cuenta que él estaba ahí mirándola, se aproximó lentamente, como quien lleva un sonámbulo a la cama.

Se sentó al lado de ella y la tomó del las manos, el tacto de Agustina era frio, el solo tocarla le provocó la necesidad de abrigarse. El estado famélico de su novia era deplorable, habia bajado casi quince kilos, era piel y huesos. Las ojeras contorneaban el hueco de sus cuencos y su maxilar superior, toda la belleza que tuvo algún día, se perdió como una rosa al principio de un crudo invierno.

Al sentir la mano caliente de Javier, ella lo notó y lo abrazó fuertemente, como un bebe a su papa. Javier al mirarla el rostro se dio cuenta que estuvo llorando toda la noche, sus ojos estaba muy rojos e hinchados.

– Mi amor perdoname – dijo Javier – no escuché el celular anoche. ¿Qué te paso?

– Me mira y llora toda la noche.

– ¿Quién?

Empezó a llorar con mas fuerza, solo que no le salían las lagrimas – Fernando – su voz se oyó entrecortada y sus ojos se pusieron rojos debido a la sequedad se sus pupilas – Fernando – repitió, admitiendo una irrefutable verdad.

– ¿Tu hermanito? – preguntó haciéndose el desentendido. – No creo que sea capaz de hacerte algo así mi amor.

– Es él – dijo Agustina – el llanto se volvía mas agudo, casi no podía hablar.

– Sentís culpa como tus papas – la consolaba Javier, mientras la abrazaba – No tenes la culpa de nada.

Agustina lo abrazó mas fuerte y él lo comprendió. “Tal vez si tiene algo de culpa” pensó y sintió la necesidad de ir al cementerio.

– Mi amor quiero volver al cementerio.

– ¡No! – imploró Agustina – ¡por favor no me dejes sola!

– Acompañame.

– ¡No! ¡No! ¡No! – suplicaba Agustina.

– Tengo que ir, lo presiento – la besó secamente pero con todo el amor del mundo y se marchó lo mas rápido que pudo.

Javier llego al cementerio de Buen Orden, se bajó de su vehículo y caminó hacia la entrada como un hombre decidió a todo, demostrando una hombria y una fuerza que nunca antes sintió, y es que cuando de amor se trata, la fuerza de un hombre enamorado es imparable, te puede llevar a hacer lo mas estúpido, pero también a hacer lo mas valiente. Todos los hombres son capaces de matar o morir por la mujer que aman y Javier lo tenia muy en claro.

Pasó por la administración y preguntó por un hombre en particular.

– Hola buen día – se presentó al administrador, un gordo con labios finos y mentón como el de un sapo, la cara el hombre era grasosa y la panza se le sobresalía por debajo de la camisa de la municipalidad de San Martin.

– ¿Qué queres? – le respondió el gordo, demostrando su falta de educación y respeto.

Javier solo sonrió con ironía y pensó “solo partirte la puta cara gordo de mierda”, usó un filtro mental y cambió las palabras rápidamente – necesito hablar con uno de los tipos que limpian acá.

– ¿Por qué?

– Menos averigua Dios y perdona – refutó Javier. El gordo que casi lo ignoró desde que llegó, le clavó la mirada y le sonrió con ironía.

– ¿Te crees vivo pelotudo?

– ¿Sabes que gordo hijo de puta? Ándate un poquito a la puta madre que te pario, como si yo tuviese tiempo para perder con vos, la concha de tu madre – Se dio vuelta y se fue, el gordo se quedó sorprendido… no esperaba esa respuesta.

Caminó hacia la tumba de Fernando y se encontró con un muchacho joven que limpiaba el pasillo.

– Asi que lo mandaste a la mierda – le preguntó el muchacho riéndose.

– Si, es un gordo de mierda.

– Escuché todo desde acá, decime a quien estas buscando, capaz que te puedo ayudar.

– El otro día cuando vine a ver la tumba de mi cuñado

– ¿El nene de cuatro años de Montecaseros? – preguntó el joven

– Si ese. ¿Como sabe?

– No todos los días se muere una criatura.

– Bueno, eso no importa, habia un tipo acá limpiando alrededor de su tumba, con mameluco municipal.

– Mira – le dijo el joven mirándolo con curiosidad – no creo que use mameluco, hace años que nos dan caminas y pantalones de grafa.

– ¿Cuanto hace mas o menos?
– Como cinco o seis años.
– Esto seguro de que usaba mameluco y tenía una voz horrible. Una voz gruesa, parecía un locutor con navajas en la garganta.

– El único tipo que conozco que tenía una voz gruesa como la que decís, se llamaba Enrique.

– ¿Se llamaba? – preguntó Javier prestando toda su atención y sintiendo intriga.

– Si era un loco que trabajaba en el cementerio, su muerte fue muy irónica, hace como siete años murió cavando una tumba, era un tipo muy raro y solitario. Demasiado creyente, siempre hablaba del castigo de dios, la redención y la biblia.

– ¿Podrías ser mas específico sobre su muerte?

– Se desmoronó la tumba que estaba cavando y murió asfixiado, nos dimos cuenta que murió recién al otro día. Como era muy raro no se llevaba con nadie, a veces se quedaba limpiando el cementerio toda la noche, según él hablaba con los muertos.

Un escalofrió surco el cuerpo de Javier, pero a la vez sintió más curiosidad e intriga.

– Gracias – dijo Javier y se marcho, sabiendo que tendría que averiguar que quería el espíritu que contactó en la ouija con su novia y cómo se relacionada con Fernando.

Continuará…

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