Yo lo conocí al Pibe. Un metro setenta y pico de alto, con pancita y estudiaba para ser bibliotecario. Había empezado derecho, pero se cansó; muy monótono, muy riguroso y estructurado. Claro que en ese momento estaba La Colo. El pibe amaba a esa mina más que a nada en el mundo. La invitaba a tomar café e insistía en pagar él, a pesar de que después anduviera sin un mango y tuviera que tocar la armónica esa que tenía –una Honner en C que había sacado uno vaya a saber de dónde– en la Plaza Independencia para ganar unas chirolas. La Colo se fue después y ahí es cuando empezó a estudiar para bibliotecario. Decía que necesitaba un cambio, encontrar su pasión verdadera. Al Pibe siempre le habían gustado las historias y los libros. Me acuerdo que perpetuamente llevaba consigo uno medio arrugado y manchado con mate y café: Una caja llena de. Era de Kapelusz y a lo último tenía un cuento que se llamaba La esquina del año nuevo, escrito por una tal Laura Devet… Davat…Deveteche, No sé, algo así. Me acuerdo que El Pibe leía ese cuento y terminaba llorando. Yo me imaginaba que era por algún recuerdo que se le prendía en la memoria, viste; esas cosas que uno no controla y no las puede esconder tampoco. Aunque el pibe sí tenía varios secretos. ¡Ojo, eh! oscuros y celosamente guardados que no decía a nadie. ¿Que cómo lo sé? Porque se notaba en lo que escribía, hermano. Cuando La Colo se fue, el pibe dejó de lado el estilo romántico empedernido y se volcó de lleno en el terror y el suspenso. Siempre había sido medio raro con eso, viste. Le gustaban las espadas, los dragones, las películas sangrientas al estilo Tarantino (y otras de muchísima menor calidad); leía a Poe, Lovecraft, King, Hoffman y todos esos que ya se murieron hace rato. A fin de aquel año, el de la partida de La Colo, viste, El Pibe se volcó de lleno a escribir eso. Se puso de novio otra vez, pero su romanticismo se había quedado atrás. El pibe amaba a esta flaca también, pero medio que chocaban. No era culpa de nadie –viste como son estas cosas– solamente chocaban y la peleaban por seguir juntos porque se querían, de eso no había dudas. Después de un par de años, la flaca se cansó, me parece, y se fue para Europa. El Pibe me contaba que ese era el sueño de ella y que él la había apoyado a tomar la decisión. Se lo veía sonreír, por ese entonces; con esa sonrisa medio nostálgica, medio tristona que se les ve a aquellos que recuerdan un sueño bello pero que no sucedió. Después decidió darle un giro a la vida y se fue a la montaña, allá en la Patagonia. Nunca le dijo a nadie que estaba haciendo el curso para Guarda Parque a escondidas, a la par que llevaba la carrera de letras. Como te digo, se fue unos años a la montaña y no se escuchó más nada de él. Una tarde tocan el timbre de mi casa y veo que es él. Estaba cambiado: pelado, con barba de leñador y los brazos tatuados. La panza que siempre tuvo había sido reemplazada por fibra y los brazos cubiertos en diseños de tinta mostraban el fruto del trabajo con la naturaleza fiera del Sur. Lo invité a tomar unos mates y aceptó. Me dijo que tenía noticias, importantes noticias. Cuando vuelvo con la pava caliente veo que en la mesa hay un papel blanco pulcrísimo. “Me compraron el libro, hermano”, me dice El Pibe con una sonrisa que se dibuja atrás de la barba. Se emociona, se le llenan los ojos de lágrimas igual que cuando leía “La esquina del año nuevo” y yo no atino a hacer nada más que felicitarlo. Se seca los ojos con una servilleta y, entre mates amargos, me cuenta qué había sido de su vida estos años. Me cuenta que había que tenido que pelear mano a mano con un puma y yo no le creo, entonces se saca la camisa y me muestra una cicatriz de tres líneas que bajaban desde la parte derecha del pecho hasta casi el ombligo. Le pido que me cuente la historia y El Pibe lo hace sin hacerse rogar. Después de todo, él había nacido para ser cuentero. Cuando termina el relato, y ve que yo me había quedado boquiabierto, se empieza a cagar de risa. Una vez que logra recuperar el aliento –si El Pibe se tentaba no podía hablar como por diez minutos– me dice que no, que la historia era inventada. La cicatriz se la había hecho corriendo a un ciervo por unos matorrales y chocándose las ramas de un alpataco que no había visto. Lo puteo entre risas y me doy una palmada en la pierna mientras termino de tomarme el último mate de la ronda. Ahora ya hace un tiempo que no lo veo. Supe que se compró ese departamento en la parte más alta del viejo edificio entre San Martín y Sarmiento. ¿Te acordás? Ese que tenía siempre unas cortinas de colores y que nosotros asumíamos que ahí vivía una mina. Bueno, la editorial que le compró el libro le ofreció un contrato extendido y, con la guita de eso, El Pibe pudo comprarse ese lugar. Él siempre había querido un lugar así, en lo alto, donde la ciudad se pudiera ver como si uno viera una maqueta de los muchachos de arquitectura. Me enteré que iba a terminar la carrera, también. Va a volver a ser un estudiante, pero con guita esta vez. Y claro, El Pibe si te empezaba algo lo terminaba. Andá a saber, a lo mejor cumple también su promesa más grande y se va a buscar a La Colo. Él se lo juró y no creo que vaya a quedar en falta ahí; esas cosas son un código.

Mirá, che, ahí viene nuestro café.

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