Siempre fui una persona de establecer reglas, limites. Tengo la necesidad de aclarar las cosas por más que no me lo pidan, pongo distancia y a veces creo que demasiada. Pero sobre todo, lo aplico en mi misma.

Cuando cumplí mis 18 años y procedí a bajarme Tinder, me costó varias salidas entender como era el juego. “Hola, como estas” y directo al acto sexual. Me auto convencí de que debía ser y así he actuado por casi dos años. Pero si iba a jugar, iba a hacerlo con mis propias reglas. Nada de citas ni salidas carismáticas, y mucho menos una segunda vez. Cada vez que llegaba a mi casa procedía a buscar un nuevo nombre. La pauta principal en mi nuevo estilo de vida era no tener contacto cercano con mis cosas, sobre todo mi casa. Me pasaban a buscar por la esquina o nos encontrábamos en un lugar. Y jamás alguien iba a pasar por mi puerta. Pero ya conocen el dicho, nada dura eternamente. Y las reglas fueron hechas para corromperse.

Mi familia se iba a ir a un cumpleaños a pasar todo el día, como yo tengo horarios que cumplir y capítulos por resumir opte por quedarme en casa. La noche anterior daba vueltas en la cama, no podía conciliar el sueño. Mis pensamientos se dejaron revolotear por mis hormonas y empecé a sentir esta falta de “sexo”, si bien no hacía muchos días que había regado la flor como quien vulgarmente diría. Sentía ausencia, y también, lo extrañaba a él. Creo hoy por hoy que se denominaría ya mi “amigo fijo”, al que pondría antes sobre cualquier espécimen.

No sé si lo pensé demasiado o directamente no lo pensé, pero le hablé y le conté que tenía casa sola. Él se sorprendió, también conocía mis límites y no podía creer que lo estuviera invitando. Yo no podía creer que lo estaba haciendo. Alguien iba a invadir mi espacio de confort, mi cama con mis sabanas y almohadas. La pieza donde tantas noches reí, lloré, me sonrojé, disfruté una película. Mi espacio. Pero ya está, que más daba. Con 20 años tenía que sentir esa adrenalina de recibir invitados. Pactamos la hora y solo hacía falta que el tiempo pasara. Además si iba a ser alguien, quien más que con quien tuve mi primera vez. Me conoce de años, se merecía esto.

Eran las tres de la tarde y un mensaje anunciaba su presencia en la puerta de casa. Por mi parte ya estaba bañada, perfumada, el aire en la pieza prendido. Todo ordenado. Pero lo que no se encontraba en su centro eran mis nervios, las manos me temblaban y sentía un vacío en el estomago, a punto de vomitar. Mientras me dirigía a la calle mi conciencia me decía que estaba mal, que debía abortar esta idea. Sin embargo me armé de valor y le abrí. Subimos las escaleras y ahí estábamos. Los dos parados al lado de mi cama, yo en silencio, él sonreía. Dejó sus llaves en mi mesa de luz y se sacó la ropa. Créanme que lo intenté pero así vestida y todo me senté en la cama. Le mostré mis extremidades vibrantes y susurré un “no puedo”. Franco me abrazó y me relajó como solo él pudo hacerlo. Me ayudó a quitarme la ropa y nos acomodamos juntos entre besos.

Al cabo de unos minutos entré en sintonía, nuestra sintonía. Me coloqué por encima de él y comencé a deslizar mi lengua en su torso. Bajé hasta su pelvis y mordí fuertemente hasta sus muslos. Le practiqué sexo oral de manera tan lenta que debo decir que lo disfrute como pocas veces. Él se encargó de levantar mis rulos colorados para poderme ver completa. Mi cadera se elevó mientras mi cabeza seguía abajo. Estábamos tranquilos disfrutándonos, sobre todo yo saboreándolo a él. Su tronco llegaba hasta donde nacen las palabras de nuestro hablar. Y podía sentir en sus respiraciones que era la frase más excitante que habíamos creado.

Me corrió a un costado y perdiendo la calma, con completa furia me colocó por debajo de él. Me arrancó la vedettina blanca con líneas naranjas y la tiró al suelo. Sus manos se posicionaron al costado de mi cabeza y yo abrí mis piernas en completa coordinación. Metió de lleno esa cabeza babeada por mis labios. Y en un simple pestañeo ya estaba por completo en mí. De fondo se escuchaba puro silencio. No habían ruidos, éramos los dos en mi cama, por primera vez. Continuó metiendo su verga una y otra vez. Cada vez más fuerte, levantó un poco mis piernas abiertas y las llevó a mis pechos. Él se arrodilló y sentí hasta lo más profundo de mi rebeldía aquel glande.

Pero esperen, no terminó ahí. Me separé sin pedir permiso y me di vuelta, elevé mi cola y le pedí suplicando que por favor me haga suya así. Sobre mi boca estaba mi almohadón favorito, aquel que siempre tiene mi perfume. Era como oler mi propia esencia. Estaba en mi espacio y comprendí en ese instante de todo lo que me estaba perdiendo. Franco con sus manos grandes y suaves me elevó aún más y procedió a continuar. Esta vez no hubo más silencio, podía sentir perfectamente su cuerpo chocando contra el mío. Yo gemía y sollozaba de placer. Entré en trance. Franco seguía sosteniéndome. Mis hombros rozaban las sabanas. Mi nuca transpiraba. Franco seguía y seguía, tenía en su ser una fuerza abismal. Estábamos en la misma sintonía hasta que sentí como se separó de mí y acabó en mis sabanas de color lila… Exhaló aire y yo integramentee satisfecha le pedí que me pegara algunas nalgadas, ese fue el cierre de la mejor tarde que he tenido en mucho tiempo.

Nos volvimos a recostar. Lo había dejado enteramente marcado entre mis uñas y dientes. Su cuerpo tenía mi sello. Nos hicimos un par de caricias y nos vestimos. Bajamos a la cocina a hablar de la vida. Dos amigos tomando la media tarde como si nunca hubiese pasado nada, sin embargo un piso más arriba habíamos hecho todo.

Se fue y yo me senté a resumir. Se acercan los finales, pero de lo que estoy segura es que nuestro final está muy lejos.

Y eso, eso me encanta.

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