“Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.”

Friedrich Wilhelm Nietzsche

No hay lianas en el colectivo, sólo un pasamanos, igual se cuelgan mientras reclaman su territorio orinando por doquier.

Detrás de la ventanilla se ve un video snuff.
Abajo la monada camina, en dos patas, como buenos bípedos. Llevan el manual para vivir en su bolsillo invisible y la dentadura blanca como estandarte. Primates de saco y corbata sacándose los piojos mutuamente, investigando sus lenguas y sus paladares intentando descubrir cómo es el secreto del habla, mientras los acucia el fugaz y atroz paso por este mundo de cemento, que se las da de selva enmarañada y mañosa.

El simio camina rápido, mirando su celular con San Android, inmolándose a cada instante contra la pantalla táctil.

La magia de lo desconocido son sus ojos púrpuras, los ojos que tienen ese mono jactancioso.

Inventa homúnculos que son una ignominia para la vida, lo hace por el puro placer que sienten al saber que de alguna manera colabora con la evolución.

Teniendo posibilidades tecnológicas infinitas, que podrían generar un balance perfecto con lo que lo rodea, pero hace caso omiso de esto y arrasa con su entorno. Entonces el primate diseña la bomba Tsar, desforesta la selva dorada, mata a los mares y se come a los unicornios y hadas.

No siente remordimientos y arroja el papel de la carga de la Redbús al piso, teniendo un canasto de basura a escasos dos metros. Ese acto mínimo lo condena, lo contextualiza como un maldito mono.

Unos pocos milímetros de corteza cerebral, sólo un poco, definen el pensamiento, su bóveda celeste inconmensurable, repleta de nubes rojas de Hiroshima; ese escaso margen entre la razón y el salvajismo se licúa y se mezcla y genera un comportamiento irracional, pero con cordura; una especie de oxímoron lisiado, un contrapunto reflejado en un espejo: un mono bien vestido que se cree que sabe lo que hace. pero sólo es un mono con ínfulas de entender, pero no entiende nada, nada de nadita; se come los mocos,

Maldito mono que no sos un mono por poco, casi nada, mono maldito que hacés quedar mal a los verdaderos monos.

Me veo en el reflejo del cristal de la ventana y veo al maldito mono, mientras me sonrío prendo un cigarrillo y tiro el humo hacia el sol y las nubes verdes.

Compartí, no seas paco