El señor de Avellaneda viene bajando la calle, pues es hora de tertuliar en el bar y tiene ganas de soltar voces y quejas. Cojea del pie derecho y arrastra el brazo diestro, maldades de una hemiplejia que sólo le permite reír por un lado. Su amigo don Malalt ya le observa desde la puerta, fumando la misma cosa que le dejó sin voz; un cáncer y una laringectomía le dejaron en uso de un laringófono.

—Buenas, ya le esperaban a usted por aquí —dijo con voz esofágica, que a veces se le iba la pila al laringófono y tenía que hablar de alguna forma.

—Hola, amigo. Ya veo, ¿y de qué se habla hoy?

—Cada uno de lo suyo, que hoy no hay cristiano que se entienda.

Adentro fue Avellaneda, a averiguar esos dichos de su amigo. Al ver a don Fuster sentado en la mesa de la tertulia, ya se imaginó él la razón de la sinrazón; pues este Fuster era un hombre gigante a los costados, pues comía en un día lo que el pobre en un mes. Le tenían un sillón amplio reservado; cuando venía, muy de cuando en cuando, se lo sacaban para que encajara su pompis, que no cabía y se derramaba por los bordes. En fin, que este hombre era la discordia de las discordias, la riña de las riñas, pues no entraba nunca en razón y nunca se la llevaba victoriosa.

—¡Qué ignorancia, oiga! ¿Se oyen ustedes? ¡Hay que prohibir la religión, y punto! —así decía Fuster.

La entrada de Avellaneda interrumpió los coloquios y pronto saltó Chemita a explicarle el tema de discusión:

—Mire usted, Avellanita, que no conseguimos poner hoy aquí los puntos ni en las íes ni en las jotas, ni las virgulillas en las eñes. Hablamos hoy de censura, fíjese usted. Pues Mellado dice que hay que censurar los programas del corazón, porque nos fríen los cerebros; don Ginesillo por allá, dice que hay que abolir la ética y la filosofía, que nos fijan en antiguas leyendas morales y hay que ser libertinos; y aquí, el Fuster, habla de prohibir las religiones, sean cuales sean, porque todas nos cuentan mentiras.

—¿Y tú qué dices, Chemita? —Avellaneda inquirió.

Chemita quedó mudo, con sus ojos típicamente desorbitados. El hombre era bajo y raquítico, con la cabeza chica y rapada y los dientes particularmente grandes y desordenados; sufría de nervios y, cuando se le olvidaba tomar la medicación, era semejante a una rata loca, de esas de cloaca salvaje, hambrienta de bazofia cualquiera.

—Yo no pienso nada; aquí estoy escuchando, a ver a qué contusiones se allegan los señores.

Vino el camarero con el café de Avellaneda, que le tenía muy bien dicho a Raimundo, dueño del bar, que se lo pusiera siempre que le viera entrar por la puerta. Cuando no tenía ganas, se lo bebía igualmente; prefería tener ese privilegio y darse aires de importancia. Callando todos, dejaron que el reciente tertuliano dijera sus razones:

—Señores de este bendito café, la vida es una controversia. Donde se da mucha libertad, se crea el cautiverio; donde se impone mucho cautiverio, se daña la libertad. Es razón esta para pensar que la libertad y el cautiverio son una misma mesura y una misma cosa, que no hay libertad sin cautiverio ni cautiverio sin libertad. La censura es cautiverio y enemiga máxima de la sabiduría. ¿Acaso nos hemos olvidado de la Areopagítica de John Milton? Que bien nos dijo, «El bien y el mal, según sabemos, en el campo de este mundo crecen juntos». Que no hay bien que podamos conocer sin su mal, ni mal sin su bien. Que la misma necesidad que tuvieron Adán y Eva de conocer los dos opuestos, así también nosotros tenemos que aprender de los dos opuestos.

El gordazo de Fuster se removió en su sillón, derramando aún más su trasero. Malalt ya había vuelto de sus fumares y se tuvo de pie, apoyado en la mano derecha sobre el respaldo de una silla. Mellado, Ginesillo y Chemita, escuchaban muy atentos dando amargos sorbos al mal café de Raimundo, que tenía negocio por piedad de sus clientes, que habían perdido el gusto de saborear. Avellaneda siguió hablando:

—La televisión basura y toda la basura que hay escrita en los libros, son la necesaria oportunidad de aprender a valorar lo que de verdad importa. Pues la televisión también se plaga de discreción y riego fresco al cerebro. La libertad religiosa, hombres de poca fe, es un medidor exacto de la libertad social. Cualquier gobernador que censure la religión, ya se sabe que oprime al pueblo. Ahora, no me vengan ustedes con pamplinas de terrorismo musulmán y sandeces con religiones raras, que esas cosas nada tienen de religión y mucho de crimen organizado. Y ahora tratamos de la moral, la ética y la filosofía, pero ¡ya está todo dicho! La moralidad es la policía de los valores, la madre de la sociedad. El libertinaje es el anarquismo del aprendizaje; el libertinaje es la ley de la selva. ¿Debemos aprender, acaso, de lo que es salvaje? Veríamos que el libertinaje sobrepuja a lo salvaje, que incluso los animales tienen su sistema moral y su organización. El libertinaje, por lo tanto, es la devaluación de lo humano por debajo de lo animal. Razón es esta suficiente para prevenirnos de la censura de la filosofía, la moral y la ética.

A la mesa de la tertulia vinieron a juntarse unos cuantos más cafeteros, unos muertos vivientes artríticos, amarillos los ojos y los dientes, que ingerían el veneno de Raimundo con la misma gana que iban a trabajar.

—El problema de nuestra sociedad, señores y señoras, es que creen estar en el posmodernismo y no han caído en la cuenta de que se encuentran aún en el Esperpento. ¡Hay que terminar con el Esperpento! ¡Cuántas veces habré de decir esta cosa! Hemos plantado una infinita hilera de espejos cóncavos que nos deforman todo lo que aprendemos. ¡Hombre, no! Hay que discernir, señores, entre el bien y el mal. Hay que aprender a aprender, aprender a apartar la roña de las letras y quedarse con los diamantes y los rubíes de las mismas. A esto llamaremos Posreformismo. Hay que ponerle un espejo cóncavo al espejo cóncavo del Esperpento y así destruir la matemática sistemática de la desfiguración, para enderezar así la deformidad que han sufrido los valores y la verdadera apreciación de la democracia y todas las cosas que nos han dado libertad. ¡Estudiad, leed, aprended a aprender! ¡Viva el posreformismo!

Al término del discurso, la tertulia siguió su curso. El trasero de Fuster, derramado por todos los salientes del sillón, ya tocaba el suelo mugriento. Malalt se fue de nuevo a fumar; quizá esta vez perdiera los pulmones además de la laringe.

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