Él transpiraba, si transpiraba mucho, eran los últimos días de agosto, mas exactamente el 30. Javier Concatti, un hombre obeso y de piel se oscura manejaba su Fíat 147 para visitar a su madre. Iba conduciendo por la ruta vieja, en ocasiones utilizaba el Acceso Este, pero en esta ocasión optó por un viaje mas calmado.

No quería llegar a la casa de su mama y verla otra vez, era una pobre anciana senil y decrépita, Javier estaba contando los días para que su mama muriera y así poder cobrar la herencia que ella dejaría en este mundo.

Era un tipo egoísta, nunca le interesó otra persona que no fuera él. Solo le interesaba la plata. Tanto le interesaba que logró que un amigo abogado le ayúdase para no tener que pagar la cuota alimentaria de su único hijo. Cada vez que lograba vencer al sistema o estafar a alguien en la venta de un inmueble, se regocijaba por el soberbio placer de creerse mejor que los demás, era un tipo despreciable de la mas baja calaña. Además de su obesidad, su inmensa obesidad. Entro en mil dietas, pero nunca las respetó, comía como un animal, desperdiciando la comida después de dos mordiscos para luego engullir una nueva porción y, como si fuera poco, se acostaba con jovencitas del viejo oficio casi todas las semanas. El parecido con su papa en todos estos aspectos era abrumador, una sola persona amaba a Javier en el mundo y esa persona era su mama.

La vieja tenia como única propiedad la casa donde residía, era una casa estilo colonial tipo chalet. Estaba muy deteriorada, pero Javier era un hombre de ventas, sabia muy bien que con unos pequeños detalles podría venderla a un buen precio. El único inconveniente que encontraba en esta cuestión era su hermano Jorge. A diferencia de él, su hermano si amaba a su madre.

Un día cuando Javier se enteró que su mama tenia cáncer y estaba por morir comenzó a visitarla todos los fines de semana, cada visita se le hacia mas larga y agotadora que la anterior, además el calor, el terrible calor. Javier sufría muchísimo del calor, su obesidad mórbida lo hacia traspirar y padecer de un calor alarmante aunque estuviese en el invierno.

El vehículo se desplazaba a baja velocidad. Pasando Alto Verde Javier vio que una tormenta se avecinaba a lo lejos.

“Debe estar por La Dormida” se dijo a si mismo, pero se equivocó. Avanzaba a un paso alarmante. En solo dos minutos después de que vio la primer nube amenazando el paisaje, la tormenta lo envolvió.

Lo primero que sintió fue un fuerte viento en contra, que desestabilizó su vehículo. El 147 se movía de un extremo al otro del asfalto. “La puta madre” dijo sulfurándose “como es posible que una tormenta avance tan rápido”.

Lo que Javier no sabia es que no solo lo esperaba el viento, faltaba lo peor. Unos minutos después, un chaparrón de agua caía inmensamente desde el cielo, la visibilidad se redujo tanto que Javier prácticamente no podía ver nada.

Conducía a menos de 20km por hora, pedía por favor, rogaba que no cayera granizo, apenas terminó de pedir esa plegaria el granizo cayó. Parecía como si el mundo se estuviese terminando. Del otro lado del parabrisas Javier solo veía una película blanca, se sentía como un ciego en una casa desconocida, no podía ver absolutamente nada.

Cuando de repente, de la nada, una figura surgió. Vio a una persona, no pudo distinguir si era un hombre o una mujer, solo puedo divisar que la persona estaba en el medio de la ruta, soportando la inclemencia climática. Vio que le hacía señas, la persona señalaba a un costado y movía los brazos frenéticamente, hasta creyó oír que le gritaba, pero el ruido de la tormenta era tan ensordecedor que no escuchó lo que esa persona le dijo.

Desvió la vista hacia el costado y vio una casa pequeña, un poco deteriorada. No lo pensó y de un volantazo doblo a toda velocidad en dirección a la casa. Se creyó afortunado cuando vio que el garaje estaba desocupado.

“Hoy es mi día de suerte” se dijo a si mismo.

Metió el auto en su totalidad bajo el resguardo del techo del garaje, se bajó del vehículo, caminó hasta la entrada para agradecer a la persona que le hizo señas debajo de la tormenta, pero no lo vio. Rodeó su vehículo y notó que una pequeña puerta le daba el acceso a la casa. Entonces pensó que el hombre debía estar en el interior de la casa. Pensó en quedarse ahí para no verse obligado a pagarle a la persona por prestarle al garaje. Sonrió para si mismo dándose cuenta de su avaricia, le gustaba ser avaro, le encantaba la plata. Tenia dinero como para comprarse un BMW, pero conducía un Fiat 147 apenas aceptable. Así y todo pensaba estafar a su hermano para conseguir la casa donde ambos se criaron de niños.

Tocó el picaporte, lo sintió helado, tan frío como meter la mano en la nieve. Sospechó que se debía al frío que trajo la tormenta. Preparó su mejor cara de buena persona, muchos conocían esa cara antes de ser estafados.

Entró en la casa, pero no vio nada, la penumbra espesa no dejaba ver.

– Hola – llamó Javier, pero nadie le respondió – ¿Hola? – repitió, pero nadie le contestaba, la casa estaba abandonada. Lejos de sentir temor comenzó a buscar la llave de la luz, al tocar la pared sintió una superficie húmeda y viscosa, movía su mano de lado a lado sin poder encontrar el interruptor.

Decidió entrar en la casa hasta que la tormenta pasara, cuando entró, por primera vez en su vida sintió verdaderamente el frío. Al ingresar, la puerta se cerró fuertemente detrás de él con un estruendo que lo asustó y lo empujó hacia adelante…

Continuará…

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