El zonda soplaba con furia y el avión que intentaba aterrizar en El Plumerillo seguía volando en círculos sobre la pista. De momentos intentaba tocar tierra, pero en cuanto las ruedas besaban el asfalto el viento lo empujaba de tal manera que parecía que iba a volcar. Desde la sala de embarque, Andrés y yo contemplábamos, preocupados, la situación. Andrés miró su reloj. Hacía treinta minutos que debería haber embarcado en el vuelo que salía para Posadas.

– Algo me dice que hoy no viajas, hermano. -le dije sin quitar la vista del gran ventanal que daba a la pista.

En ese momento, una voz casi mecánica anunció por los altoparlantes: atención todos los pasajeros del vuelo 137 con destino a posadas. Por motivos climáticos, el vuelo ha sido cancelado hasta el día de mañana. Por favor, diríjanse al mostrador de aerolíneas para realizar la modificación del boleto. Muchas gracias y disculpen las molestias.

-Estos turros seguro que no tienen ni hotel para hospedarnos. ¿Vos me podes hacer el aguante en tu lugar hasta mañana? -Andrés levantaba su mochila y comenzaba a dirigirse hacia el mostrador de Aerolíneas.

– Por supuesto, hermano. Sabés que podes quedarte todo lo que quieras. El perno ahora es esperar a que devuelvan las valijas y los bolsos.

Me dirigí al área de desembarque para recuperar las valijas, mientras que Andrés esperaba en la fila para hacer el reclamo. Mientras escuchaba como una anciana se quejaba a la empleada de Aerolíneas, Andrés sacó su celular del bolsillo. Lo tomó y vio ligeramente la pantalla. Con el mismo movimiento fluido, devolvió el teléfono a su lugar. Continuó, con pasaje en mano, escuchando las quejas de la mujer frente a él. En la sección de desembarque, yo también revisé mi celular.

Allí, en la pantalla bloqueada, había una notificación.

Una vez terminada la tediosa parte burocrática, ambos salimos y nos detuvimos en la entrada del aeropuerto, esperando encontrar un taxi entre la polvareda que se levantaba con cada ráfaga. Era raro una tormenta de este tipo en Julio y aún más extraño que se haya presentado tan de repente. Pero otras preocupaciones ocupaban nuestra mente en ese momento. ¿Tendríamos suficiente dinero para pagar el taxi? ¿Tendríamos que esperar al colectivo de la línea 6? ¿Qué íbamos a cenar esa noche?

– ¿Cuánto te queda en los bolsillos? -Pregunté a Andrés mientras revisaba los míos. -Yo tengo setenta pesos.

– Yo tengo…. quince.

Nuestras miradas se cruzaron y dejamos escapar una risa.

– No nos alcanza ni en pedo. -Guardé la plata en el bolsillo derecho de mis jeans y buqué en el izquierdo la tarjeta para el colectivo.

-¿Te queda carga, no? Sino estamos al horno. Y la verdad que tengo muy pocas ganas de dormir acá. – Los ojos de Andrés miraban impacientes mi mano, con la esperanza de que encontrara la tarjeta.

– Tranqui, acá está. Creo que para un viaje de vuelta al centro tengo. Mañana voy a tener que ir y ponerle veinte pesos más si queremos volver acá en micro.

El 63 llegó detrás de una fuerte ráfaga de viento colmada de tierra. Entrecerrando los ojos, los dos subimos cargando el equipaje y nos sentamos en los asientos del fondo. Aunque afuera el viento había provocado un incremento de la temperatura, dentro del colectivo la calefacción estaba encendida y se hacía casi imposible poder respirar. El viaje era largo y aburrido. El acceso, siempre abarrotado de autos, se cubría de tierra y arena con cada nueva ráfaga y hacía que los árboles se doblaran hasta el punto en que parecían al borde de quebrarse. Una vez en el centro, solo era una caminata de cuadra y media desde la parada en la calle Alem hasta Don Bosco. Ya dentro del departamento, nos dejamos caer en los sillones.

– Mirá esto. -Dijo Andrés mientras tipeaba la pantalla de su celular con la punta de los dedos. – Google lanzó una nueva actualización. Aparentemente es una mejora sobre la velocidad del buscador y las aplicaciones relacionadas.

– Si, yo también la recibí. Espero que no sea una de esas cosas que parecen gratis y después te terminan cobrando por cualquier boludez.

– De una. Yo la bajo igual. Total, no tengo ninguna tarjeta asociada con esta cuenta. Si me quisieran cobrar, no tendrían de dónde.

Andrés soltó una risa ronca mientras seguía con la mirada fija en la pequeña pantalla. Sus dedos volaban tipeando aquí y allá. Su conocimiento sobre aquella tecnología era evidente.

Me paré y fui hasta el cuarto contiguo donde estaba la computadora. La encendí y en menos de dos minutos ya revisaba las notificaciones de la afamada red social. Tres eran invitaciones a juegos y dos eran de eventos. Leyendo la información del primero, le grité a mi amigo que se había quedado en el living.

– Che, hay una fiesta electrónica en el Parque Central esta noche. ¿Te pinta? Yo nunca fui porque no me interesaba, pero por ahí zafa. Dice acá que lo organiza la secretaría de cultura de la ciudad y que es libre y gratuita.

– Dale, estaría bueno. -Gritó Andrés desde el sillón. -Igual, si es libre y gratuita va a estar hasta el orto.

– Seguro que sí, pero de última vamos y si está muy hasta las manos nos vamos a tomar una cerveza a la Alameda. Aunque, si el viento no para, no creo que la fiesta se haga.

En ese momento, el viento se calmó. Parecía una extraña coincidencia. Demasiado extraña…

Ambos comenzamos a descargar la nueva actualización, dejando los teléfonos conectados para evitar la descarga por uso. El símbolo de Google brillaba en las pantallas y giraba de tanto en tanto. Un icono de carga nuevo, entretenido y cautivante. Parecía casi hipnótico a la vista.

Tiempo hasta completar la descarga: 6 horas.

– ¡Seis horas! -Dije en un tono que pareció más un chirrido que un grito. – Es una eternidad… Este Internet es una mierda. Vamos a tener que dejar los teléfonos acá si vamos a salir. Igual, me parece que es lo mejor. En esos eventos siempre te terminan choreando.

– Y… si. -Andrés parecía menos impactado por el tiempo de descarga. No era de extrañar. Era él quien más sabía del tema y los tiempos no eran una sorpresa. -Bueno, cambiémonos y salgamos. Parece que el viento ya paró.

En menos de una hora ya nos encontrábamos fuera del departamento. Caminamos por Don Bosco hasta San Martín. Por la avenida, llegamos hasta Sarmiento y buscamos el lugar más prometedor para hacer tiempo. Un café entre la peatonal y 9 de Julio fue el sitio elegido. Dentro, todas las personas tenían en sus manos sus celulares y sus dedos volaban sobre las pantallas táctiles. Andrés miró por sobre el hombro de un hombre de saco gris que tomaba café en la mesa de al lado y, por su mirada, pareció reconocer el nuevo símbolo de Google. Parecía que la compañía no perdía tiempo en cuanto a mejoras se trataba. Nos sentamos cerca de una ventana y pedimos un expreso cada uno. El panorama desde allí era el mismo en toda la cuadra. Mujeres y hombres, jóvenes y adultos, caminaban esquivándose por poco con la mirada clavada en las pantallas de sus dispositivos móviles.

Resultaba extraño. Casi perturbador. Pero en la era de las comunicaciones, era una realidad esperando a suceder.

Las horas transcurrieron entre charlas y viejas anécdotas, hasta que la noche se cernió sobre la ciudad como un manto gélido después de la desaparición del viento cálido. Había un largo tramo desde el café hasta el Parque Central y los dos sabíamos que era mejor emprender la marcha ahora para evitar el amontonamiento de gente. Volvimos a bajar hasta San Martín y desde allí comenzó una caminata de varias cuadras. Grupos de jóvenes encaraban para el mismo lugar, entre risas y gritos. El éxtasis que provocaba un evento de ese tipo en una sociedad como la mendocina era palpable. A medida que nos acercábamos al Parque, fueron más y más los grupos que iban apareciendo de las calles que cruzaban la avenida. A unas cinco cuadras del lugar, ya se podía oír la música. Los bajos caían uno a uno y el ritmo repetitivo iba invadiendo cada parte de los cuerpos que caminaban a paso rápido hacia la fiesta. Media hora después, el amontonamiento de gente alrededor del lago y sobre las elevaciones del parque era tal que casi no se podía caminar. Los amplificadores hacían vibrar la tierra y los pies que caían con cada salto contribuían al temblor.

Es sorprendente que los vecinos no hayan presentado quejas sobre esto después de lo que pasó con la calle Arístides. Pensé mientras intentaba lograr que se me contagiara algo de la energía que todo el resto parecía despedir. Andrés, a mi lado, parecía cautivado con el show de luces y lásers que se proyectaban sobre las nubes desde la estructura de cemento sobre el lago. De golpe, algo pareció captar su atención. Una sombra… No, varias sombras, pasaron velozmente sobre la muchedumbre cortando los hilos de luz artificiales. Sus formas eran extrañas, parecidas a las de un drone pero más alargadas de un lado. Andrés me codeó levemente en las costillas para llamar mi atención, pero yo ya tenía mi vista clavada en el cielo. Me gritó cerca del oído para hacerse escuchar sobre la música ensordecedora.

– ¡Creo que hay un show sorpresa esperando arriba nuestro! ¡Parecen una especie de drone o algo así!

Intentado enfocar más la vista, vi que aquellas figuras voladoras ahora presentaban un punto rojo en la parte inferior de su estructura.

– Creo que pued….

La frase fue cortada por un disparo de luz roja lanzado por una de aquellas sombras sobre una joven que bailaba con su celular en alto. El impacto le atravesó la cabeza dejando un hueco humeante y perfecto.

– ¡QUÉ MIERDA FUE ESO! – Grité a la vez que una lluvia de disparos luminosos comenzaba a caer sobre todos los que se encontraban allí.

– ¡VAMONOS A LA MIERDA! -Andrés me tomó del brazo y ambos corrimos hacia la calle, intentado alejarnos lo más posible del lugar del ataque. Los disparos seguían cayendo y el descontrol fue total. Jóvenes que corrían en todas direcciones eran alcanzados por aquella luz mortal que lanzaban las sombras desde el aire. Todos disparos certeros. Sin una falla. Todos a la cabeza dejando un hueco ardiente y humeante. Los gritos de desesperación se ahogaban con la música electrónica. Alguien apuntó el flash de la cámara de un celular al cielo y se percibió, por un segundo, una de las máquinas que allí volaba. Era verde, roja y amarilla, con la parte delantera azul y volaban a baja altura con tres pequeñas hélices a los costados. La luz del dispositivo móvil se apagó con un disparo mortal asestado contra su dueño. Andrés y yo habíamos quedado petrificados a un costado de la calle, mientras quienes pasaban corriendo a nuestro lado eran inevitablemente alcanzados por los disparos de las máquinas voladoras. Los cadáveres caían a nuestro alrededor en un círculo perfecto, mientras los gritos se escuchaban cada vez más y más fuerte. Eran gritos de terror. Terror en su estado más puro.

-¿¡Por qué no nos atacan?! -Dije en un grito desgarrador. -Es como si no pudieran vernos.

– Quedémonos agachados y en silencio. -La voz de Andrés era baja pero no tanto como para no oírse. -Sea lo que sea que estemos haciendo, parece funcionar. Hay que tirarse lentamente al suelo. Imitar a los muertos.

Eso hicimos y así permanecimos mientras duró el ataque. Pudimos haber estado allí diez minutos o dos horas. El tiempo pareció haberse derretido. Cuando ya no se oyó ningún disparo ni ningún grito, los dos levantamos despacio la cabeza. Las luces de la consola que se encontraba en la estructura de cemento sobre el lago, mostraba en su barrido el mar de muerte. Pequeños hilos de humo se elevaban en la fría noche desde los cráneos perforados. La vida de quienes allí habían estado había desaparecido. Así como también lo habían hecho aquellas sombras voladoras.

Continuará…

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