El repentino movimiento que sacudió su terrible masa de humanidad lo hizo tropezar, toda la casa estaba a oscuras, era imposible poder mirar hacia adelante y saber con certeza a donde se movía. Javier intentó agarrar algo que creyó ver a dos metros de la cara, pero cuando se inclinó hacia adelante para aferrarse a lo que pensó que era un cuerda, se tropezó con una deformación en el piso y su cuerpo volvió a moverse hacia adelante, la soga rozó la punta de sus dedos. Pensó “La puta madre me voy a partir la cabeza en el suelo”, pero para su sorpresa pasó algo inesperado, sus pies abandonaron todo contacto con el piso y comenzó a caer de cabeza como un clavadista en un abismo oscuro y tan hediondo como su propio corazón.

Se dio cuenta que iba a morir, intento rascar las paredes del pozo, pero fue inútil. Las paredes eran viscosas como el interior de la casa, hasta parecían estar hechas por el mismo material, y aunque Javier hubiese llegado a clavar sus dedos como garras en esa pared, jamás hubiese frenado la caída. El volumen de su cuerpo era inmenso, solo le esperaba un sitio en ese abismo y era el fondo.

Profirió un grito ensordecedor hasta que se quedó sin aire, rasguñaba y rasguñaba la pared, lacerándose los dedos, en partes la pared era una masa gelatinosa con olor a inmundicia similar a desechos cloacales, pero en otro lugares parecía vidrios filosos que cortaban a sus dedos y sus pobres manos. Cuando terminó de aullar profirió otro grito mas agudo que el anterior. Casi no podía tomar aire, pataleaba como un loco con su cuerpo cayendo verticalmente intentando abrazarse a la pared del abismo.

-¡Me voy a matar! ¡Me voy a matar!- intentaba gritar, pero la realidad era que no podía, el aire se volvía cada vez mas escaso mientras caía. Una imagen vino a su mente, la de su papa, la única persona que quizás amó. Cerró los ojos, no le dedicó un pensamiento, él no sentía nada, solo vio la imagen de su papa reflejada como último deseo otorgada por su mente antes de morir.

No aceptó la realidad que le tocaba, insultó a Dios en su mente una y otra vez. Sintió como su corazón latía acelerado, la adrenalina comenzó a emitir su última pelea contra la muerte, entonces inhaló mucho aire y profirió un ultimo grito, este fue tan potente que todos los que estaba debajo del abismo pudieron oírlo, al igual que la persona que le hizo señas, que para ese momento ya estaba como a 600 metros de la casa. Fue cuando sucedió lo inevitable, Javier impactó de lleno con la fuerza de un choque de autos en el fondo del pozo. Al sentir el leve roce con el fondo cerró los ojos. Un pensamiento fugaz resurgió en su interior “¿Cuántos metros caí?” Nadie en este mundo podría haberlo asegurado.

Al tocar el fondo, sintió como todo su cuerpo se destruía y era absorbido por el piso, la oscuridad era tan absoluta que él no lograba distinguir si sus ojos estaban abiertos o cerrados.

Después del impacto se preguntó a si mismo si estaba vivo o muerto, le dolía todo, pero a duras penas logró reincorporarse. No había muerto, estaba en otro lugar, ¿pero donde? Decidió caminar, después de todo no le quedaba otra opción.

El moverse por el fondo de aquel abismo le resultaba incomodo y desalentador, cada paso era peor que el anterior, maldijo a la persona que le hizo señas, maldijo a su madre, a su hermano, al mundo. No veía absolutamente nada, solo se movía porque algo en su interior le dijo que lo hiciera. Entonces, a lo lejos, logró ver un paisaje verde, como grades montañas que estaban delante de un crepúsculo que parecía eterno, donde la estrella que se esconde a sus espaldas estaba fija y a punto de morir. El tono verdoso era incipiente, muy deprimente y débil. Además el olor era terrible, parecía al de comida rancia, no sabia cuanto tiempo llevaba en el abismo, pero el olor a comida lo descomponía y tenia mucha hambre.

Caminó mas, hasta que la masa viscosa de sus pies se trasformó en tierra solida. Fue un alivio encontrar tierra firme, pensaba que se encontraba en alguna cueva y que la tierra dura significaba que podría encontrar alguna especie de saliente o camino para volver a subir a la superficie. Pero se equivoco, camino muchísimos kilómetros sin detenerse, sin encontrar nada mas que rocas que a penas se veían, además. Las salientes que él creía le ayudarían a subir, eran mas oscuras que el mismo abismo por el que cayó. Cuidaba mucho de esquivarlas para no volver a tropezar.

Pensó como era posible que existiese semejante cueva en Mendoza y que nadie la descubriera, además ese atardecer eterno al que se dirigía debía ser gas metano o butano. No conocía la diferencia, pero lo único que podía llegar a tener ese color para el era el gas.

Se sentó un rato en una piedra, el sueño lo envolvió. “Si no como algo me voy a morir” pensó y se durmió. Después de un rato el frío de la caverna lo despertó, estaba temblando sin parar, volvió a caminar para recuperar el calor corporal.

Fue entonces cuando a lo lejos escuchó las voces de varias personas quejándose, sufriendo. Se apresuró a correr, no creía que fueran voces, si no mas bien vapor o algo que escapaba a la superficie. Entró por una brecha de un risco, el lugar era muy estrecho, tanto que en una parte se tuvo que mover de costado. Cuando llegó al final del camino se dio cuenta de que estaba muy cerca del crepúsculo que antes veía tan lejos. Hasta veía todo con mas claridad, una claridad verdosa, pero claridad al fin.

Descendió del risco, después trepó la ultima colina, tenia muchísimas expectativas por ver lo que había al otro lado ¿De donde venia las luces verdes? Al llegar a la cumbre y ver lo que se encontraba abajo cayo de rodillas al suelo, toda esperanza de huir se perdió en ese momento. En la base diviso un gran valle circular que abarcaba miles y miles de kilómetros en un circulo perfecto. Sobre el valle una tormenta de granizo y nieve azotaba la zona y en el fondo la voces eran personas que suplicaban piedad. Al ver todo esto quiso girar para marcharse, entonces algo lo golpeó en la nuca y lo dejo inconsciente…

Continuará…

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