Tengo 16, me encuentro fresco, inocente, estáticamente primaveral. La ansiedad y mi sistema nervioso todavía no se conocen y mis papilas gustativas aun no toleran el Fernet. Pity Álvarez suena en el barrio y una cintura stone con un ángel tatuado, me presenta a Gimena.

Era la chica del video de Ratones Paranoicos y Much Music, mi canal favorito. Estaba enamorado de ella, desde antes de conocerla. Su mirada era agridulce, como la cerveza con granadina que vomitábamos en Omero y su impactante metro cincuenta y dos, equilibraba mi adolescente tempestad. Nuestra pobreza de estudiantes, daba más placer que cualquiera de esas pretensiones burguesas que hoy ingeniamos antes de cada cita. Éramos dos conejos borrachos, un minicomponente y un viejo colchón. Su belleza y mi simpleza fue la única cosa perfecta que mi vida vio.

Con dos años menos que yo, me enseñó todo. La resaca, los redondos, el Expreso, Dorrego, el amor y la culpa.

Podría ser concreto, menos dramático y salirme del rol de víctima, pero no me sale. Es por esto, que el simple desenlace de una prematura historia de amor, a causa de un acto infiel, en un lugar bailable, no solo recae en el juicio a un adolescente ebrio. Sino, en un sistema corporativista de promoción sexual juvenil, institucionalizado por el Reggaeton naciente, el Séptimo Regimiento Seco y la cruel metamorfosis de Videomach por Bailando por un Sueño.

El romanticismo invicto que me caracterizaba quedó en offside y nuestro Rock Chabón comenzó a parecerse más a un Tango. Yo no me quería y ella tampoco. Luego de dos años obsesionados, con el residuo patológico que suele destilar el desamor, dejamos de vernos. Recuerdo lo decadente de cada una de las llamadas borrachas que concluí llorando entre las cuatro y seis de la mañana. Creo que mi culpa fue más insoportable para ella, que para mí.

Pasaron tres presidentes, dos mudanzas y tres finales de Argentina, hasta que volví a verla. La rollinga de mi juventud había crecido, estaba más rubia, más tetona y el Miguel del Sel que habito, no tardó en hacer algún comentario chistoso con pretensiones erógenas. Su respuesta consistió en mostrarme la picana eléctrica que sacó de su cartera y cordialmente nos dijimos hasta pronto.

El segundo round, no se hizo esperar mucho y siete cervezas agitadas nos noquearon. Mi verbosidad desmedida volvió a la comodidad de su silencio y el sexo de reconciliación continuaba siendo tan efectivo como antes. Intentamos formar una de esas parejas freelance y poligámicas, donde está prohibido prohibir. La cuestión fue funcional, cómoda. Pero un evento afortunado y trágico a la vez, me devolvería ese pálpito temperamental que hacía años no sentía.

Antes de que sus labios terminaran de pronunciar “a vivir a Europa”, me convencí, de que con ella, era con quien quería secuestrar el resto de mis noches y que su ausencia podría hacerme replantar mi inclinación sexual. Mi histeria era mayor que la de cualquier señora menopáusica o jubilado hiperactivo. Se fue, y la extrañé tanto como al Canal Locomotion. Su ausencia se volvía letal cuando me percataba de que ella veraneaba en Ibiza, mientras yo, oía la hojarasca crepitar sobre la General Paz.

Pero el mundo a veces no es tan grande, ni el tiempo tan largo. Un viento zonda cruzó el atlántico y la arrojó de nuevo en mi departamento. Desde entonces, formamos la banda tributo de lo que habíamos sido. Bailar lentos en la cocina, despertarnos todavía borrachos y escuchar los mismos discos de hace 10 años, hacían de lo cotidiano, algo recurrentemente particular. Nuestro único problema, era no tener ninguno y el iceberg emocional que había construido comenzó a derretirse.

Pero la estabilidad siempre me suele ser incomoda y no demoré mucho en arruinarlo todo. Otra noche sin memoria, me arrastró hacia un boliche que quedaba a cinco cuadras y siete años de donde ya lo había arruinado antes. Una vez más, mi estado mononeuronal se diluyó sobre un esqueleto bailarín, que no podía domar. Ella estaba enfrente, viéndolo todo y mi escasa argumentabilidad, no podía pronunciar ni siquiera una explicación. Tampoco habría servido de mucho. La fotografía mal tomada de ese instante, era irrefutable.

Perdí el backup de esa noche y desperté solo, decidido a divorciarme del Miguel del Sel etílico que me controla. Fieles a nuestros principios, ella optó por dejar de hablarme y yo por ser insoportable. La herida todavía es fresca y sentir su Kaiak sigue acelerando mis pulsaciones.

Tengo 26, me encuentro desempleado, solo y Mauricio Macri ganó las elecciones. Retomo mi actividad sin dependencia, vuelvo a ser un monotributista del amor.

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