“Imperioso, colérico, irascible, extremo en todo, con una imaginación disoluta como nunca se ha visto, ateo al punto del fanatismo, ahí me tenéis en una cáscara de nuez… Mátenme de nuevo o tómenme como soy, porque no cambiaré.”
Marqués de Sade

La rutina agota, y el perfeccionismo es muy difícil de lograr. ¿Cuántas veces hicimos las cosas por los demás bajo el pretexto de que en realidad es por nosotros? Si me visto a la moda, si me peino, si voy al gimnasio, si sonrío, si soy educada, si estudio, si apruebo con la nota más alta, si trabajo, si si si. Es desgastante vivir bajo la estética social que nos imponen. Al final del día terminamos con más agotamiento que satisfacción, pero es todo por y para nosotros ¿Verdad?

El tercer año de mi carrera es considerado el más difícil de todos. “Año embudo” suelen denominarlo. Las materias más complejas y difíciles se encuentran ahí, y por supuesto no debemos olvidarnos de promocionarlas. Básicamente existimos solo para llevar lo más al día que se puede, y este segundo semestre créanme que me consumió.

Hace unas semanas salí a cenar con unos amigos, ideal para despejar la cabeza y olvidarse todo por unas horas. Terminamos en una plaza charlando y riéndonos hasta de nosotros mismos. Esa noche dormí relajada, vaya falta que me hacía. A la mañana siguiente me desperté temprano debido a que mi ventana se encontraba abierta, hacía frío. Los últimos climas bajos que dejaba la primavera. Mi piel estaba completamente erizada y de gallina. Busqué una manta para taparme cuando noté mi ropa interior.

Había estrenado un conjunto negro, la tanga tenía sobre el borde superior encaje, por lo que resaltaba de mi piel extra blanca a la perfección. El corpiño, también negro, tenía encaje en el borde de las tazas. Rodeaban la curvatura de mis senos haciéndolos ver hermosos. Pareciera como si ese par de prendas hubiesen sido diseñados exclusivamente para mí.

Me recosté admirando mi cuerpo, es real que las mujeres siempre tenemos complejos. Y las que dicen que no, mienten. Pero esa mañana me sentía hermosa. Acomodé la almohada un poco más alta y apoyé mi cabeza. Observé desde la punta de mis pies subiendo hasta arriba. El día estaba gris, por lo que la luz tenue contrastaba perfecto. Me sentía linda, fresca, joven. Pero sobre todo me sentía sexy.

Recordé que hacía mucho tiempo que Ella no me visitaba. Entre tantas obligaciones, parciales, responsabilidades, la cabeza se encuentra estructurada. La extrañaba mucho, pero no encontraba mi momento con ella. Sin embargo, ahí estaba. Semi desnuda, radiante. Impecable y especialmente depilada. Era el momento de que ella apareciera, y créanme que lo hizo. Cerré los ojos y solo dejé que ella actuara.

Me hizo primero contemplar los sonidos, era temprano y los pájaros lo hacían notar, ligeros cantíos ingresaban a mi tímpano. Luego me hizo apreciar el aroma. Pasto húmedo, tal vez era tierra mojada del jardín, incluso creo que llegue a oler las rosas en las macetas debajo de mi ventana. ¡Que tranquilidad por favor! Realmente necesitaba tanto ese momento y solo ella lo pudo lograr.

Agarré mi celular y puse a reproducir una de mis playlist favoritas, esa música que es excitante y te alborota las hormonas. Tienen ritmos desde lo más lento a los compases más revueltos. Sonaba “I wanna be yours – Arctic Monkeys”; ella puso mi mano izquierda sobre mi estómago. La mano derecha la llevó sobre la tanga negra de encaje. La posó en los labios sobre la tela y me hizo cosquillas. Despertó mi sistema nervioso y mis piernas se doblaron de la electricidad. Sabía que aquel shock llegaría hasta mis pezones por lo que subió la mano de mi vientre y los tocó también sobre el brasier.

Era un juego de tentaciones, malditas tentaciones. Prácticamente me tenía ahí deseosa y ella solo jugaba sobre la ropa. No aguanté y pedí el mando. Ingresé la mano derecha y rocé mi piel. Suave, era porcelana. Se encontraba un tanto calórica y eso me encantaba. Me toqué el cuello y mordí mis labios. Aún con los ojos cerrados. ¿Creen que me importo si había alguien más en la casa? No. Éramos ella y yo. La canción iba por la mitad y ya sentía cosquilleos en los pies. Abrí los labios al mismo son que mis piernas y presioné con los dos dedos principales mi clítoris. Ella se enojó por haber interrumpido su ritmo y rasguñó uno de mis muslos.

Habíamos entrado en una competencia erótica, ¿Quién tenía el mando acá? Pues… ambas. Ella aprovechó que yo ya había posicionado mis dedos ahí y realizó pequeños círculos. Sentía como mi vulva se humedecía al punto de derretirse. Con la otra mano tiré las almohadas al suelo y recliné mi cabeza levitando mi pecho, mi espalda quedó arqueada a la perfección. Ella empezó a frotar ahora si por completo mi vagina, desde arriba hacia abajo. Cada vez más rápido, y cada vez más fuerte. Mi respiración se volvió dificultosa.

Me giré completamente quedando boca abajo. Era momento de más, ella ingresó esos dos dedos embarrados de miel y toqué el cielo. Exhalé aire, solté gemidos. Con la mano sobrante me agarré del respaldar de la cama. Seguía penetrándome. La música sonaba, el cielo se entristecía. Ella seguía y seguía. No pretendía frenar. No quería que frenara. En mis piernas se inició un leve temblor, mi espalda transpiraba. Mi cara sentía el roce de las sabanas. Ya no tenía más frío, tenía mucho calor. Fuego, similar al de mi entrepierna. Y… segundos bastaron para que acabara. Ella lo había logrado nuevamente, ella había regresado.

Quedé desparramada completamente en la cama. Segundo tras segundo mi respiración volvía a la normalidad. Mi corazón disminuía en palpitaciones. Volví a recobrar la posición inicial y nuevamente comencé a admirarme cada centímetro de piel, era una mezcla de perfume y sudor. Satisfacción y relajación. Perversión y masturbación. La música aún continuaba sonando, pretendía dejarla así por unos minutos más…

Así era ella, así era yo.

Así éramos una sola, nosotras, Calypso.

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