Nos incorporamos despacio. El bajo de la música electrónica seguía golpeando a la par de la sangre en nuestras sienes. Mirábamos todo sin hablarnos, sin siquiera intentar putear para sacarnos la sensación helada de las venas. Muertos con cráneos humeantes yacían tirados sobre toda la extensión del Parque Central, como pequeñas fogatas consumidas. Los cadáveres que estaban sobre la colina rodaban despacio hacia el lago para hundirse casi sin ruido en las aguas oscuras. El olor a carne chamuscada era insoportable. Teníamos que salir de allí.

–Che, vamos. Vámonos de acá. –Le dije a Andrés mientras le tironeaba de la manga de la campera con la mirada fija en los muertos.

Giramos hacia la calle despacio, como si nuestros movimientos pudiesen despertar a aquellas personas que dormían con las cabezas perforadas. Mientras encarábamos hacia la calle Mitre, vi que algunos exánimes tenían aún el celular en la mano. En las pantallas giraba el mismo logo de antes, pero ahora frente a un fondo rojo brillante.

Mitre estaba desierta. Las luces encendidas pero sin un sonido más que el de los transformadores de las esquinas siseando bajo.

Ssss, ssss, ssss.

El siseo me ponía nervioso. Me llenaba de un miedo especial. Ese miedo tan característico, el que te mezcla la sangre de hielo y fuego. Era el mismo miedo que hacía varios años me atacaba a la hora de asistir a la clase de gimnasia en el secundario. Los martes y jueves teníamos una hora de actividad física obligatoria. Yo la odiaba. No era bueno en los deportes y aparte de eso tenía que bancarme a Fernando Acervo, el matón de turno. Acervo era el típico gil que se creía el más poronga del lugar. Jugador de rugby, de familia acomodada y con una pasión por desafiar a los más débiles sabiendo que no le oponían resistencia. A mí me había tomado de punto y cada vez que me veía, buscaba la excusa para un golpe, un insulto u un improperio. Un día, a la salida de la clase, Fernando se acercó hasta donde estaba y comentó lo “homosexual que se veían mis zapatillas”. Esas zapatillas habían sido el regalo de mi madre, una mujer que siempre trabajó para la felicidad de sus hijos y que le había costado mucho mandar desde el sur. No me pude contener y acallé la risa de aquel matón de cuarta con un golpe a la nariz. El silencio entre los que reían fue inmediato. Acervo se echó para atrás, tocó con sus manos la sangre que salía de la fosa nasal izquierda y me miró colérico. “Te voy a hacer cagar, hijo de puta” me dijo con los ojos casi tapados por un flequillo despeinado. Corrí como nunca. Corrí más que en un test de Cooper. Corrí hasta que sentí los músculos de las piernas deshilachándose. Corrí y me escondí detrás de un paredón semiderrumbado de una casa en construcción. Me quedé ahí una hora, respirando de forma agitada y esperando que todos se fueran. Corrí hasta mi casa. Corrí como solo te hace correr el miedo.

–¿Qué mierda está pasando? ¿Qué mierda fue eso? –Preguntaba al aire mientras caminábamos sin llegar a correr, lanzando miradas rápidas al cielo por si aquellas cosas volvían.

–N-no sé. No sé. –La mirada de Andrés se perdía en la calle iluminada. –Parece como si fue…– La explosión no lo dejó terminar. La primera generó un apagón donde estábamos y de golpe nos envolvieron las sombras. Pequeñas manchas de luna que se filtraban de entre las nubes dibujaban los cordones grises de las veredas.

–¡AH, LA PUTA! –Gritó Andrés en su acento misionero. –¿¡Y ahora qué?!

–¡La reputa madre! ¡Vámonos a la mierda! –Tenía miedo de gritar y que alguna de esas cosas nos escuchara, pero el terror era incontrolable. –Doblemos acá y lleguemos hasta la San Martín. Está la Alameda y ahí siempre hay gente. Alguien nos tiene que ayudar.

Corrimos. Corrimos como si volviésemos a estar en la clase de gimnasia.

La avenida estaba igual de desierta que la calle Mitre, pero la matanza acá había sido peor. La Vip, Long Play, Tajamar, todos en llamas y la música sonando fuerte. La misma música que en el Parque Central. Incluso a través del velo del miedo había podido reconocer ese ritmo. Parecía que los lugares se habían fusionado. Caminamos por la vereda, con la mirada escudriñando entre el fuego y las luces (allí no habían estallado los transformadores), en busca de alguien que pudiera darnos una mano. De repente oímos gritos. Gritos agudos, de mujeres. Un grupo de chicas, no más de treinta años, salía corriendo de Grido mientras miraban hacía la heladería.

–¡Hey! ¿dónd..? –Nuestras voces se cortaron bajo un estruendo metálico. De aquel lugar surgió una máquina enorme y plateada. Seis piernas enormes mantenían la estructura superior con forma de hormiga gigante. Cada extremidad pintada de un color: rojo, verde, amarillo y el cuerpo de un azul brillante. Aquella monstruosidad volvió a tronar mientras que de la cabeza salió un destello añil. En un parpadeo, los cuerpos de aquellas chicas yacían carbonizados en el suelo. Dimos media vuelta y corrimos mientras que a nuestras espaldas el sonido de trueno férreo volvía a sonar.

Era el fin.

Me detuve y cerré los ojos esperando que todo acabara, pero solo se oyó un chispazo. Abrí un ojo. Luego el otro. Cuando giré, Andrés miraba atónito aquella máquina derrumbada sobre la avenida.

–¡¿Qué carajo están esperando?! ¡Vengan para acá! –Desde Alberdi, una muchacha vestida de verde y gorra naranja nos gritaba. –Vamos, antes que se vuelva a activar.

Corrimos sin dudarlo un segundo. Cuando llegamos hasta donde estaba nos miró, echó un vistazo hacía el ser mecánico y volvió a mirarnos. –Vamos. –Dijo dando media vuelta y corriendo calle abajo.

La seguimos de cerca varias cuadras hasta que giró por una de las calles que cortaban. Nos detuvimos frente a una casa de rejas negras y ladrillo expuesto. La muchacha abrió la reja y llegó hasta la puerta de entrada.

–Cierren sin hacer ruido. –Nos dijo mientras abría la puerta de madera que daba acceso a la vivienda. Hicimos caso y entramos. La casa estaba en penumbras y en el ambiente flotaba un leve olor a vainilla. Había una escalera de madera que subía al primer piso y una puerta-ventana tapiada que tenía la cortina cerrada. Del lado izquierdo, un pasillo a oscuras.

–Vayan hasta el final del pasillo y abran la puerta verde. El resto está ahí abajo. Yo voy a asegurarme de que no haya nadie afuera.

Hicimos justamente eso. Abrimos la puerta al final del pasillo y bajamos por unas escaleras alfombradas tanteando la pared para no caernos. El sótano era un cuarto enorme, todo alfombrado y con varios monitores conectados en un costado. Cuando nos adaptamos a la oscuridad, nos paramos en seco. Frente al brillo de las pantallas, sentados en un gran sillón marrón, un grupo de rostros nos miraba con cuidado. Estaba por hablar, cuando escuché los pasos apresurados que bajaban por la escalera alfombrada.

–Bueno, veo que ya se conocieron.

–¿Quiénes son estos, Mica? –Preguntó uno de los rostros con barba de unos días y pelo marrón enmarañado.

–Tranqui, Facu. Estaban afuera y los perseguía una “hormiga”. Les salvé el ojete antes de que los quemara vivos.

–¿Hormiga? –Le pregunté a Andrés en un susurro casi inaudible. Mi amigo me respondió con un gesto típico de no tengo idea.

–¿Cómo están las cosas afuera, Kerri? –La voz era de otro rostro. Delgado, rubio y sin barba se incorporó del sillón para acercarse a los monitores frente a donde la muchacha de gorra naranja se acababa de sentar.

–Nico, no voy a mentirte. –Dijo la joven haciendo la clásica referencia a Homero. –Está áspero todo. Como si fuese el refuerzo de ese punto final, el sonido de una gran explosión se sintió a lo lejos. Inmediatamente, varias explosiones en sucesión cada vez más lejos hasta que el sonido se hizo imperceptible. Ahora, Kerri tipeaba sobre un teclado gastado mientras miraba los monitores.

–Si no me equivoco, esas explosiones fueron en la sección del Ejército sobre Washington Lencinas y Plantamura.

–¿El Ejército? –Pregunté atónito por toda la situación. –¿Entramos en guerra con alguien?

Los dos rostros de muchachos, Kerri y las otras dos personas que había en el sillón (me di cuenta de que se trataba de una hermana y hermano gemelos en ese momento) mi miraron con gesto de “qué tipo imbécil”

–¿Guerra? No seas ingenuo –Me dijo el de barba mientras se paraba lentamente. –Esto es una purga, no una guerra.

Andrés fue hasta los monitores, que seguían emitiendo su pálida luz blanca.

–¿Qué es todo esto?- Preguntó mientras intentaba captar todo con la mirada.

–Esto… –Kerri le dijo mirándolo desde la silla reclinable donde se había sentado a tipear. –¿Te suena Terminator? Bueno, esto es igual. Solo que no tenemos a Schwarzenegger y yo no soy Sarah Connor. Y una cosa más –dijo mientras volvía a mirar los monitores– el ataque lo encabeza nada más y nada menos que Google.

–Me estás cargando, ¿no? –Le respondió Andrés.

Antes de que hubiese una respuesta, el lugar quedó completamente a oscuras.

La silla de Kerri rodó despacio hacia atrás.

–La puta madre.

Continuará…

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