“Me gusta ver trabajar a los bomberos… es lindo ver como caen en el fuego”
Cayetano Santos Godino (El Petiso Orejudo).

¿Qué pasa en esas mentes retorcidas? ¿Qué mecanismo se activa para encontrar placer en el sufrimiento de otro ser? ¿Cómo se puede sentir satisfacción en ver como se apaga el brillo de los ojos de alguien las cercanías de su muerte?

Estuvo cuarenta y tres años preso y era el recluso más antiguo del país. Se trataba de Raúl Aníbal González Igonett*, bautizado por la prensa y sostenido en el tiempo por el folclore popular como “El Loco del Martillo”.

Después de salir en libertad González Igonett dijo lacónicamente, a manera de explicación: “Me obligaron a firmar la declaración; me picanearon”.

No se quiso explayar respecto de aquella hipotética sesión de tormentos (la picana, esa aberrante y tenebrosa costumbre de las fuerzas de seguridad argentinas)

Ya antes de esa condena había pasado una tiempo en reclusión. Estuvo cinco años preso en el penal de Rawson -entre mayo de 1957 y diciembre de 1962-, por una serie de robos de menor cuantía. Por esos antecedentes lo consideraron reincidente y no le dieron la libertad cuando cumplió 25 años de prisión por los actos que cometió.

El caso

En Lomas del Mirador, provincia de Buenos Aires, la población entró en pánico. Las fábricas y negocios autorizaban a las mujeres a salir antes de que anocheciera. No resultara ser que tuviesen la mala suerte de toparse con el homicida del martillo.

La preocupación llegó a las altas esferas, hasta el mismo presidente Arturo Illia. La policía difundió un identikit: es el de un hombre con bigote, pelo ondulado y un rostro que asustaba.

Los vecinos se armaron con palos y cuchillos, presas del temor.

En la descontrolada cacería le dieron una paliza a dos inocentes que cometieron el delito de tener bigote y pelo ondulado.

El miedo se sentía en el ambiente, se respiraba entre la ola de calor.

El 14 de enero, Emilia Ortiz descansaba en su casa cuando un individuo entró y la atacó a martillazos hasta desmayarla. Sufrió graves hematomas en el rostro. Al despertar, se percató de que le habían robado algunos pocos pesos y algunas prendas de vestir.

Unos días más tarde, aconteció lo mismo en la casa de la señora Torretti y después siguieron siete ataques más del mismo calibre.

Fueron nueve hechos, en los cuales las víctimas sobrevivieron. Un caso tras otro, todos con una particularidad: habían sido atacadas a martillazos.

El 8 de marzo de 1963 ingresó a la casa de Rosa de Grosso de 65 años. Esa vez hubo resistencia y la señora de Grosso luchó hasta el final.

En ese momento, el temido ladrón devino en asesino.

Cuatro días después atacó a Virginia González, de 80 años.

Su ultima victima fue Nelly Mabel Fernández, de 55 (al día siguiente del crimen de Virginia).

Las pesquisas

La investigación duró poco. Aníbal Raúl González Igonett trabajaba de changarín en el Mercado Central, le contó a un compañero de borrachera cómo había hecho para conseguir el dinero para comprar un par de damajuanas de vino. Ese dato llegó a los oídos de las autoridades.

El 30 de marzo, la policía (federales y bonaerenses) lo capturaron en una casa humilde de la zona de Lomas del Mirador.

Al igual que el identikit era alto, delgado, tenía bigote, pelo ondulado y en ese momento usaba un pantalón que le quedaba grande, que había tomado en uno de sus atracos. Cerca de su vivienda, en un baldío, encontraron un martillo con manchas de sangre.

Un familiar de Grosso (una de las víctimas) fue hasta donde Aníbal González Igonett estaba detenido y notó que Igonett tenía puesto un saco suyo, que había sido robado durante el crimen de la señora.

Horas después, el homicida confesó: “Sólo quería robar. Las maté para no dejar testigos”, dijo.

Los psiquiatras lo consideraron un psicópata perverso, que mataba sólo por el placer que le provocaba hacerlo.

Corolario

“Me obligaron a firmar la declaración; me picanearon”

La picana era una forma usual de tortura, creo que una sesión continua de choques eléctricos pueden ser suficiente motivo para confesar lo que sea, con tal de que cesen; cualquier persona que haya sufrido un golpe de electricidad, accidentalmente, sabe de lo que hablo; el dolor es muy fuerte. Se pueden generar ciertas suspicacias, las fuerzas del orden estaban presionadas por la pronta captura del Loco del Martillo y tenían que lograr resultados en corto plazo, entonces sumieron a González Igonett en una sesión de la nefasta picana para que este confesara algo que no hizo.

Por otro lado hubo claros indicios de su culpabilidad -los dichos de su compañero de parranda, la ropa de las víctimas en su poder, el martillo en el baldío, el dictamen de los psiquiatras.

Lo único cierto es que Aníbal González Igonett estuvo 43 años preso, más que nadie en el sistema penitenciaro argentino y que la verdad se fue con él.

La libertad no le duró mucho, poco tiempo después murió de un paro cardíaco.

“Quiero volver a la cárcel”, dijo días antes de morir, aseguraba que ahí “estaba mejor”

*En las diferentes fuentes el apellido figura como Higonett o Igonett, se optó por la segunda opción, que es la más utilizada.

Fuentes:

http://www.lanacion.com.ar/791525-luego-de-43-anos-el-loco-del-martillo-recupero-la-libertad

http://tintarojapoliciales.blogspot.com.ar/2013/03/la-leyenda-del-loco-del-martillo.html

http://armandano.blogspot.com.ar/2017/08/raul-anibal-gonzalez-higonet-el-loco.html

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