Esta vez Francisca, esa hermosa libre con pelos de muñeca abandonada, estaba mirando la luna tomando decisiones de lo feliz que debía hacer su vida y lo que restaba de la noche. No podía evitar recordar ese reflejo precioso que se había encontrado hace unos meses, ese reflejo que le dejó la mejor carta y el mejor mensaje en su corazón.

Entre trago de vino y canción de rock, empezó a sentir unos nervios en la panza que supo reconocer, apareció ese perfume tan de ella que es imposible de confundir. Y sí, no se equivocaba, había vuelto su Reflejo. Esta vez se confundía un poco la sensación porque había pasado tanto tiempo de intriga y de silencio que las ganas de volverse a ver entre las dos explotaban en las miradas.

La noche se puso en pausa, literalmente. A diferencia de la vez pasada, ésta noche la gente quedó en pose de estatua y solo ellas dos podías ir de la mano riéndose de manera descontrolada porque otra vez la aventura comenzaba, otra vez estaban solas frente al mundo. De tanto que caminaron las manos nunca se soltaron pero sí se miraban de una manera tan espléndida como las estrellas… todo muy de cuento, todo muy cosquillas en la panza, todo muy verdad y sin mentiras.

Estaban felices, brindaron y no hubo lágrimas, solo quisieron aprovecharse cada segundo y Francisca siempre muriendo de los miedos de que el tiempo se apague, siempre tocando el pasto con las manos para saber que era verdad, que no era un sueño. Le tocaba la cara, le acariciaba el pelo, se abrazaron, miraron las estrellas y el mundo seguía en pausa.

Todo se puede interpretar siempre de maneras diferentes, lo importante es que se comprendan al menos entre dos. Nunca el azul de las montañas es el mismo para dos pares de ojos diferentes, pero no deja de sentirse la paz que transmite cada uno de esos azules. Se transformaron en pasiones todas sus conversaciones, se fueron quitando los nervios pero solo por momentos porque cuando las pieles se rozaban, incluso sin querer, se sentían las descargas del corazón. Francisca de a ratos se cuidaba las miradas y las palabras para no tentar al corazón a hacer uno de sus discursos que asustan a los que lo escuchan, pero el mismo corazón, como estaba atado, latía tan fuerte que temblaban los cristales de los ojos.

El Reflejo, tan preciosa, tan pecosa, marcaba el camino de las cosas. Aceleraba el paso cuando había que acelerarlo y se escondía cuando la luz la encandilaba. Sabía lo que pasaba pero tenía miedo de volver a escapar. No quería dejar de sentirse como se sentía cada vez que Francisca la miraba, cada vez que Francisca la hacía reír porque verdaderamente era después de mucho tiempo lo único que la hacía saltar, mirar, cantar como Sandro, soñar y poder dormir.

Esta vez la que se despertó fue el Reflejo y la que no estaba era Francisca. De la misma manera, que aquella noche bajo el rosedal pero al revés, Francisca le dejó unas letras en el corazón:

Querida Reflejo:

Si pudiera por una vez quitarte los fantasmas que atrapan tu libertad, no tendrías la necesidad de escapar. No quiero ver cómo te alejás, solo quiero escucharte llegar. Te escribí muchos poemas que cambiaron de color pero siempre sentí necesarias tus palabras aunque a veces tus ojos, en silencio, intentaran explicarme qué pasaba por tu mente.

Yo te entiendo en todas tus versiones y te quiero como sos en todas tus versiones, pero lo único importante es que vos sepas quererte en todas ellas y entiendas que cuando todas estén en paz, no existen más pesadillas, no existen más tabúes, solamente mucho amor, libertad y evolución… para vos.

Sos un Reflejo incontrolable en crecimiento, con toda la potencia de cegar en energías y revivir las melodías que a veces tememos escuchar.

Te espero para divertirnos hasta que nos cansemos de reír y caigamos rendidas a roncar como roncás cuando no sabés que roncás.

Francisca.”

Cuando terminó de leer la carta tatuada en el corazón, abrió los ojos y vio los pelos de muñeca de su Francisca. Despertó doblemente: del sueño y de su reacción. Abrazó a Francisca, sonrió y fluyó.

Fin.

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