– ¿Porque estás acá?

– Porque soy culpable

– ¿No vas a decir como todas acá que dicen que ellas son inocentes, que las inculparon?

– No. Yo soy culpable. Me merezco estar acá, y él se merece estar muerto.

No tengo miedo de admitir que lo maté. Quizá haya gente que se arrepienta. Yo no. Lo único, me gustaría haber hecho ciertas cosas de forma diferente. ¿Pero de matarlo? No, de eso no me arrepiento.

Las mujeres matamos de muchas diferentes formas y por diferentes motivos. Yo lo hice por amor, y por traición.

Me había prometido la luna y las estrellas. Me cantó temas de los Beatles al oído, y en la noche estrellada en el mirador del Challao me prometió que no. Que no había nadie más. Yo le creí. Hicimos el amor.

Recuerdo como si fuese hoy la carta que se asomó por abajo de la puerta en su departamento, en el cual pasaba días viviendo mi inocente e idiota historia de amor, y él no estaba. El remitente era de una mujer, en Santiago de Chile. Del otro lado de la cordillera. Algo me decía que estaba mal, no tenía lógica nada, y me decidí a abrirla.

Amor mío. Con los niños estamos esperando a que vengas, ¿Te demorarás mucho esta vez? Yo le digo a ellos que su papá está trabajando en Mendoza, trabajando por nosotros para que podamos vivir bien, para que podamos irnos de vacaciones, tenemos ganas de conocer Argentina, sabes que nunca hemos salido de Santiago, no nos vendría nada mal despejarnos un poco. No se, te extraño tanto. No tardes, al otro lado de la cordillera tenes tres corazones que laten al unísono esperando tu regreso… Mariela, Susi y Román”

Me quedé helada. No supe que hacer, no podía ser que tuviese otra familia cuando me había jurado que yo era la única. Que no había nadie más. Era mentira.

Esperé a que llegase, tragándome todas las lágrimas que no valía la pena derramar.

Cuando llegó lo miré con la carta en la mano. Su rostro cambió completamente y me dijo – déjame explicarte. – Yo solo lo miraba tratando de pensar cual sería mi siguiente movimiento – Tengo una mujer que ayudo con sus hijos en Santiago, no soy su padre biológico, pero para que no sufran los dejo que me llamen así. Es largo de explicar.

– Sabes que Germán, ya no te creo más nada. Y ahora, me voy – le dije, tirando la carta arriba de la mesa.

– No, no te vayas, necesito contarte el resto.

– No me vas a contar más nada. Me voy – Y emprendí el camino a la vuelta, se interpuso entre la puerta y yo y me suplicó que no me fuera.

– Te amo – Eso me dijo. Y luego sentí el golpe.

Me clavó un golpe en el hombro, intentando que no me fuese. Miró mi reacción y empezó a suplicarme perdón y a decirme que no me fuese. Alcancé a escabullirme y me fui corriendo en la cocina. Agarré un cuchillo del cajón de los cubiertos, lo miré y le dije – esta fue la primera y la última vez que me faltás el respeto, si no me dejás ir me voy a defender – No me creyó y se me abalanzó y no dudé cuando le clavé el cuchillo en la yugular. Salí corriendo y dejé tras de mí el charco de sangre que se acumulaba en el piso, salí lejos y me fui a la policía. No había más nada que hacer.

Bueno, la cuestión es que, efectivamente se desangró en el piso de la cocina. Sus hijos y su mujer eran sus hijos y su mujer y nos había engañado a todos. Me dieron 20 años por homicidio, pero el golpe en el hombro no fue tomado en consideración.

– Casi nunca es tomado en cuenta – Me dice Carla. Ella mató al amante de su novia, que le dijo que era súper homosexual, y se la encontró en su cama con un tipo.

La mujer se vino desde Santiago hasta Mendoza, con los hijos, para verme en la cárcel. Le pedí perdón por matar al esposo, pero le dije que no me arrepentía. Después de todo él fue un mentiroso.

– Vení nena, que si yo te digo que sos la única, realmente lo sos – me dice Carla y ya lo sabe. Siempre he sido bisexual y no se lo oculto, en la cárcel uno conoce personas extrañas. Le doy un beso de esos atrevidos que nos solemos dar, y de vez en cuando pienso en él. Al menos ahora ya no le va a mentir a más nadie.

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