“Es tan lindo saber que Ud. existe” – M.B.

Hay momentos en los que la mejor compañía es la soledad. Abstraerse de la realidad, al menos por un rato y escapar, a ningún lugar específico, solo alejarse de todo y todos hasta quedar sentados en la barra de un bar, whisky doble (con dos piedras de hielo) en la mano, justo al lado de nosotros mismos para conversar con quien, aunque no sea fácil darse cuenta de ello, más nos conoce. Se acercó el barman a pinchar mi burbuja. Tipo observador, de rasgos lúcidos, incongruentes para aquella hora de la noche. Su turno recién comenzaba y tenía varias horas por delante para conocer a nuevos clientes o reforzar sus lazos profesionales con los habitúes, al mismo tiempo que los embriagaba con sus creaciones. No confiaba en su mano y no pedía sus consejos, pero apreciaba, en ciertos momentos, su compañía y su hombro, aunque fueran interesados. Al ver mi vaso vacío, me sirvió otra medida y me dijo que era por cuenta de la casa. Le pedí maní y volvió con una terrina llena y una morocha de ojos claros bastante encantadora. Nos presentó y ella se sentó en la banqueta de al lado, cruzando lentamente sus piernas, de una manera sugerente pero dominándome con sus ojos, desafiándome a resistir bajar la vista. Olía a noche, a luna llena, su labial carmesí indicaba que sabía cómo manejarse y su vestido negro invitaba a la fantasía. Su presencia era más embriagadora que el licor de malta y su simpatía empujó a la melancolía que me esclavizaba, a tal punto que después de un par de chistes de compromiso, solté una pequeña aunque sincera risa. No quería estar ahí, no quería entrar en su juego. Era una mala compañía en una noche como aquella. No me había pasado nada en especial aquel día, pero cada tanto la vida nos muestra la fragilidad del mundo alrededor y deja caer toda la desgracia, figurada o no, sobre nosotros, hundiéndonos en un charco de tristeza y desánimo. Pero la luz siempre vencerá a la oscuridad, y ella sabía cómo brillar. Me fue envolviendo hasta hacerme sentir ingenuo y agradecido. Se levantó al baño y el barman aprovechó para cobrarme la cuenta, la propina y darme como vuelto consejos sobre cómo tratar a las prostitutas, El alcohol me había adormecido pero no lo suficiente como para no oír aquella barbaridad. Casi al borde de la indignación, me puse de pie y cuando estaba a punto de exponer los argumentos necesarios para defender el honor de aquella señorita, la mencionada dama volvió a escena. Decidí olvidar el asunto, al menos hasta que subimos al taxi que nos llevaría al telo, por expreso pedido suyo.

Prendió un cigarrillo, totalmente despreocupada, le acercó uno al chofer y sacó la mano por la ventanilla. Notó mi mirada acusadora y me preguntó si quería uno. Moví la cabeza en señal de negación y me escabullí cobardemente bajo la excusa de la anécdota para evitar ser tan directo. Me respondió con toda franqueza y asumiendo con toda naturalidad su oficio. Entre una sonrisa compradora y una caricia manipuladora, el “Sí, soy una puta” sonaba casi a broma. El beso que le siguió hizo que nada más tuviera sentido, ni siquiera el hecho de que parecía que el chofer gozaba de nuestro espectáculo. Llegamos a destino hechos un mar efervescente de hormonas. Le pagué al taxista, quien me guiñó un ojo y me pidió una tarjeta. Le dije que yo era escritor, “¿por qué debería andar con una tarjeta de presentación?” Me dio una cachetada amistosa, que no me cayó muy bien, y sonriendo socarronamente me aclaró que se refería a ella. Le devolví sarcásticamente la sonrisa y me bajé. Ella esperaba exultante en la vereda, majestuosa como una estatua recién esculpida, dispuesta a durar toda una eternidad. La vi y me volví a sentir afortunado de conocerla. Ya a esa altura me gustaba, y dentro de mí se empezaban a formar frases, poesía que cuidadosamente debería lanzar en el momento oportuno y en la forma adecuada o ese mágico momento se arruinaría antes de la mejor parte. Nos entregamos al placer desmedido en aquella cama de hotel. También debajo de ella y en el baño. Exploramos nuevas perspectivas de un mundo maravilloso en el cual siempre hay más para aprender. Sentí que tocaba el cielo con las manos, y hasta felicité a los dioses que allí habitan por lo perfecto de su creación, agradeciéndoles por la posibilidad de tener esa porción de ambrosía en mis manos, y de golpe era arrastrado hasta los abismos infernales, codeándome con los pecadores caídos, donde la lujuria era casi una obligación y el deseo era inagotable, las fantasías prohibidas se materializaban y el placer parecía multiplicarse más allá de la imaginación, y de nuevo a aquel cuarto de hotel, donde parecían fundirse ambos extremos y encarnar en una mujer de mirada penetrante y uñas afiladas, piel suave y delicada, sobre todo al sur de su ombligo donde guardaba la puerta a ambos mundos…

Acostados boca arriba, ella con su cabeza en mi pecho, me ofreció un cigarrillo y lo acepté con gusto. Luego de algunas pitadas, comencé a soñar despierto. Imaginé cenas en diferentes restaurantes, con distintos niveles de romanticismo y ropas más y menos elegantes; me vi paseando a la luz de la luna por la orilla del río, jugando con las piedras y los peces que atestiguaban desde el agua nuestro cariño; fantaseé con que tomaba mi mano, me tiraba al pasto verde de la plaza y girábamos hasta marearnos, para terminar fundidos en un beso pasional y conciliador, tanto de guerras de cosquillas como de discusiones sin sentido como el nombre de nuestro primer hijo… ¿Qué tan importante sería el nombre de aquella criatura, si todo lo que yo quería era ver sus ojos y en ellos encontrarla a ella, notar en su carita infantil la inocencia que mi amada había dejado atrás, pero que cada tanto sacaba a relucir cuando yo le pedía que me haga mimos o me levante el ánimo después de un mal día en el trabajo? Imaginé caricias por la mañana, cafés después de almuerzo, amores y desamores por las noches. Quizás tuviera una amante, quizás lo tuviera ella. Probablemente se aburriera de mí y buscaría fuera de casa la emoción que habríamos perdido en nuestra habitación, esa habitación que solo usaríamos para ver películas a media noche, como excusa para no tocarnos, y para discutir los términos de un posible alejamiento (¿Divorcio? Tal vez. El nene ya estaba en la facultad y entendería que el amor no es para siempre si no se cuida a diario, que las personas necesitan más que rutina para ser felices y que la lejanía es tan relativa que viviendo bajo el mismo techo podes encontrarte a miles de kilómetros de alguien cercano). No me di lugar para imaginar borracheras en clubes nudistas ni prostitutas pagadas por mis amigos que querían verme superar un matrimonio frustrado. No quise imaginar tales cosas y pasé directamente al día de la reconciliación, a esos tragos en el bar donde la conocí, preparados quizás por el hijo de aquel barman que nos presentó. Le pediría perdón por no haberla cuidado, no haberla escuchado cuando me necesitaba y ella llorando me pediría disculpas por las mismas cosas. Nos daríamos una segunda oportunidad y no le haría ningún planteo sobre si estuvo con alguien durante mi ausencia porque no acostumbro a preguntar cosas que no quiero saber. A veces la inteligencia trae malos pensamientos y en la ignorancia no se si se sea más feliz, pero se está más cómodo. Envejeceríamos juntos y antes de darnos cuenta tendríamos nietos a quienes malcriar y les prestaríamos más atención que a nuestro propio hijo, porque así de irónica es la vida en su forma de darnos una segunda oportunidad.

Sacó otro cigarrillo, me lo puso en los labios mientras besaba mi cuello y me dijo que estaba incluido en el precio del servicio. Le pedí que dejara de hacer ese chiste. Me besó tan tiernamente como no lo había hecho antes y me preguntó por qué no le creía. Algo sobresaltado le respondí que no se veía como una prostituta. Se veía como una chica con sueños y deseos más allá de la habitación. Sonrió como si dudara de mi ingenuidad. “¿Por qué querrías saber quién soy y qué espero de la vida?” Su belleza se veía más natural, y no mermaba con la luz de la mañana. “No sería honesto entrar en tu cuerpo y no en tu vida…” Me arrepentí sobre la marcha de la frase porque noté que en mi cabeza sonaba mejor que en el aire. Por primera vez había seriedad en su mirada. “Eras linda para mamá y papá, pero no para tus compañeritos de escuela. Tu cuerpo tardó en tomar la forma envidiable que tiene ahora y eso te trajo problemas en la adolescencia. Te enfocaste más en los estudios que en la vida social. Tu papá se fue de casa persiguiendo a la secretaria, o tal vez a la doméstica. Creciste sin un modelo masculino y con el dolor de tu madre a cuestas, pero aprendiste a cómo tratar a los hombres a fuerza de errores. Desarrollaste tu arte en los tiempos de facultad a la par que aprendías sobre leyes. Asumiendo que sos una… emmm… puta… esto no es más que una fría y eficaz forma de conseguir dinero para poder alcanzar tu meta: conseguir tu título y poder mantener a tu madre…” Noté una amargura en sus ojos y hasta creí haber visto una lágrima rodar por su mejilla mientras revisaba su celular. Al levantar la vista, trató de recomponer su voz y me dijo que había sido muy dulce y que difícilmente se olvidaría de mí. Antes de poder responderle algo, en un intento desesperado por enmendar el error que podría haber cometido aunque, lo desconocía, entró un hombre de traje, corpulento y con cara de pocos amigos. Me sujetó los dos brazos y me tiró al piso, sin presentarse, sin medir fuerzas y sin hacer asco al hecho de que estaba completamente desnudo. Ella se vistió pacientemente casi sin que le importe el verme ahí debajo de su proxeneta. Tomó los pocos billetes que quedaban en mi billetera, los cuales pensaba usar para invitarla a desayunar, y dio la orden de que me soltara. Me abrazó y casi mágicamente evitó que me invadiera el rencor. Era buena en lo que hacía. Poco antes de cruzar la puerta, giró y me dijo que su sueño era ser veterinaria…

Regularmente vuelvo a aquel bar con la esperanza de verla otra vez, una esperanza que disminuye con el paso del tiempo pero aún no se apaga. El barman ya no trabaja ahí y a ella nadie la conoce. De a poco pierde importancia, o quizás soy yo quien se intenta convencer de eso. Después de todo, en cada bar, en cada barra, en cada vaso de whisky hay una historia, en cada butaca de al lado hay una chica a quien querer, y si ella no está, siempre habrá un barman dispuesto a servirnos otra fantasía con dos piedras de hielo.

 

Escrito por Damian Vecino para la sección:

Compartí, no seas paco