Despertó gritando después de dos horas, una terrible pesadilla asoló su mente. Respiraba con dificultad, no lo había notado, pero desde que llegó el aire era pesado y hediondo, era como intentar respirar profundamente en una habitación llena de amoníaco.

Soñó con los seres que lo arrastraban. “¿Qué eran?” se preguntó mientras intentaba encontrar una gota de aliento. Salió de su pequeño escondite, los golpes propinados por las moscas le dolían y se empezaban a infectar. Las heridas se tornaron amarillentas en el contorno, pero el centro estaba lacerado. Olió una de sus heridas, le dio una repulsión vomitiva, sabia muy bien que necesitaba atención médica.

Estudió el paisaje varios minutos, intentando encontrar la calma. No sabia si ese lugar era real, hasta llegó a pensar que tuvo un accidente en la tormenta y se encontraba en coma. Pero ¿como podía llegar a ser eso posible? sus heridas le dolían y se sentían muy reales.

Pensó que en coma o no, solo había una manera de despertarse o salir de ahí. Tenia que encontrar el camino por el que llegó, de alguna forma escalar el abismo y marcharse de ese lugar infernal. El crepúsculo verdoso yacía a su espalda, pero todavía estaba adentro de la perfecta circunferencia. No tenia ni una vaga idea de por donde vino. Entonces recordó la voz de su papa que le dijo “Javier, si algún día te pierdes, camina derecho, tarde o temprano vas a llegar a un lugar”. Siempre le pareció un consejo estúpido, pero lo valoraba, después de todo solo amó a su papa. Y esta vez aunque fuese ilógico tenia razón, después de todo estaba en el medio de un circulo, solo tenia que llegar al borde y divisar el risco donde se paró para admirar a la circunferencia perfecta.

Caminó lentamente, ya no le temía a las moscas, estaba en una especie de desierto frío, desolado, en el que nunca creció nada que tuviera vida. Caminó durante horas, a cada paso el aire era mas espeso y pesado, parecía tener mas mierda de esa atmósfera asesina. Mientras caminaba intentaba hallar una explicación. La mas lógica era la del coma, pero su mente volvía a la idea de que todo era real ¿y si era real?, ¿cómo era posible que las moscas sobrevivieran bajo tierra?, ¿cómo era posible la lluvia? Y lo mas ilógico de todo ¿que hacían esos dos seres llevándolo al medio del círculo y quienes eran las personas mutiladas?

Nada tenia sentido, pero es era el menor de sus problemas. Después de caminar otro tramo pequeño, notó que las irregularidades en el círculo eran mayores. Se desprendían cráteres, cuevas y montanas tan altas que parecían llegar a tocar el cielo. Mientras que cruzaba al lado de estas montañas notó que algo pequeño y blanco cayó sobre su hombro, era un copo de nieve.

Un recuerdo fugaz vino a su memoria, cuando tenia solo ocho años y con su familia fue al pie de monte para conocer la nieve. El pensamiento lo llenó de nostalgia, tal vez si quería un poco a su mama y a su hermano, después de todo era la única familia que le quedaba después de la muerte de su padre.

Los copos comenzaron a multiplicarse, así como también el frío, la temperatura descendió exponencialmente, cada paso era mas difícil que el anterior, la ventisca le limitaba la visión y como si fuese poco, el frío lo envolvía en un manto tan gélido que dentro de poco caería en una severa hipotermia.

A lo lejos creyó oír voces, pensaba que estaba alucinando. Recordó a las personas torturadas y deseó nunca mas tener que volver a vivir esa espeluznante escena. Las voces eran como cantos de sirenas, lo atraían como un marinero en alta mar. Zigzagueaba sin control con la nieve acumulándose en sus hombros hasta que algo duro impactó en su espalda y lo hizo perder el equilibrio. Casi cayó al suelo, pero se reincorporó y salió del estado de alucinación. Al despertarse oyó un leve zumbido, algo venia hacia él. Pensó que eran las moscas, empezó a correr lo mas rápido que pudo.

Hasta que el zumbido lo alcanzó… la nieve y el granizo lo golpeaban estrepitosamente. Perdía el equilibrio, no podía mirar hacia adelante, Javier sabia muy bien que ese era un error fatal, ya que si no miraba adonde pisaba caería en alguna grieta y ese seria su final.

Dos cosas sucedieron a continuación, la primera lo hizo entrar en pánico y la segunda le dio un susto de muerte. Sintió un pinchazo en su cadera, como si le hubiese puesto una inyección con una aguja de tejer caliente. Movió su obesidad mórbida mas aprisa aun, mientras que con una mano logró sacar lo que le picó. Una abeja del tamaño de un gato mediano se movía con violencia en la mano de Javier, sus pupilas se dilataron y la soltó con muchísimo asco, no sin antes notar que el aguijón volvía a crecer.

Miró cómo la abeja impactó contra la ladera de la montaña, observó con el rabillo del ojo a su espalda y vio que miles de abejas lo perseguían bramando con la furia de un volcán en erupción. Cuando volvió a dirigir su vista hacia adelante notó la grieta que había frente a él, era de casi cinco metros de largo, imposible de saltar, mas en ese terreno. Sin embargo la suerte le sonrió, su cuerpo disparó una reserva de adrenalina que tenia y saltó mas alto que nunca en toda su vida y ahí fue el momento en el que vio lo que le causó el susto de muerte.

Debajo de sus pies, mientras saltaba la grieta, divisó a miles de personas o mas tiradas en esa fosa, llenas de nieve, llorando y suplicando. El aire abandonó su cuerpo, sintió que se iba a desmayar.

Logró llegar por poco al otro lado de la grieta, sintió como su abrumador peso casi destruye sus rodillas. Con muchísimo dolor siguió corriendo con la abejas a sus espaldas, se volteó para ver que distancia lo separaba del enjambre, estaban a solo diez metros. Corrió rengueando como pudo, mirando hacia atrás. Las abejas ganaban terreno a cada segundo. El enjambre parecía inmenso, capaz de destruir a un humano en solo décimas de segundo.

Cerca de cien abejas o mas estaban preparando su aguijón para picarlo, Javier comprendía muy bien que eso significaría su final, la picadura de una le ocasionó un dolor atroz. Era inimaginable pensar el de cientos o miles. Sin embargo esta vez la suerte le volvió a sonreír, tropezó con una piedra y se fue de boca.

Impactó de lleno con la rugosidad del terreno y un inmundo sabor a sangre y a la atmósfera del lugar inundaron su gusto, fue un precio barato a pagar ya que la abejas pasaron de largo. Se elevaron a lo alto, cubriendo la luz crepuscular verde, preparando el ataque masivo a su víctima. Javier se levantó esperando su final, ya no le importaba, sabia que moriría ahí.

El zumbido aumentó monstruosamente, las abejas estaban enojadas, prepararon su aguijón y descendieron como kamikazes sobre Javier. Entonces unos brazos lo tomaron de la camisa y lo pecharon al interior de una cueva. Cayó de espaldas al suelo, y comenzó a arrastrase hacia atrás hasta que su espalda topó contra la pared.

– No te preocupes hijo, no te voy a hacer nada – La voz retumbo en los oídos y en la memoria de Javier. Su voz estaba entre contada, solo pudo expresarse con una palabra que a la vez expresaba mil sentimientos. Algo muy raro en él…

– ¿Papa? – preguntó…

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