Leer la Parte I

¿Cómo fue tu proceso de autodescubrimiento?

Me considero trans desde siempre, en el sentido que desde niña sentía que había algo desencajado en mi cuerpo, no toleraba mi genitalidad, quería tener vagina. Pero sobre todo me pasaba que me identificaba con lo femenino, si miraba una foto de una mujer yo sabía que tenía que ser así, como ella. Recuerdo que tenía vergüenza de mirar a los ojos porque temía que descubrieran que en realidad era niña. Sentí esto desde antes de tener impulsos sexuales, antes de cualquier experiencia sexual con terceros. Yo me sentía femenina y me desplegaba cuando estaba sola en el baño o en mi habitación, me encantaba vestirme con la ropa interior de mi tía y madre e imitar a las cantantes y vedetes de la TV.

Este hábito lo mantuve hasta que terminé la primaria, en el colegio usaba ropa íntima femenina que le mostraba a mis amigos preferidos. Pero también tuve algunos quiebres, ocasionados por el temor y la vergüenza. Por ejemplo, una vez, cuando tenía 14 o 15 años, mi abuelo me descubrió vestida de chica. Fue terrible y tuve mucho miedo.

Yo me veía como una mujer y me encantaba sentirme mujer en el espejo. Odiaba todos los trabajos de chongo, jugar al fútbol, el boxeo y demás. Por otro lado mi orientación sexual era ambivalente. Me había obligado a que me gustaran las mujeres desde que mi madre me dijo una vez “probá primero con el sexo contrario y si no te gusta probá con el mismo” o algo así. El hecho es que tuve muchas novias y el sexo gay era más bien ocasional y furtivo. Incluso llegué a prostituirme una par de veces con hombres mayores en el botánico, donde con solo sentarme tenia decenas de pretendientes a mi alrededor. Siempre me consideré bisexual. Usaba el pelo largo atado con una cinta roja en la coleta.

Luego salí y volví entrar del closet varias veces. En los 90 salí del closet y fui Drag Queen unos años. Entonces conocí una mujer, nos enamoramos, tuvimos una hermosa hija llamada Iriel y vivimos 10 años juntos.

En la época de Drag Queen reconocí por fin la dicotomía entre una identidad interior particular y una identidad física exterior y la falta de conexión entre las dos. Finalmente, cansada de tanto disfraz de varón, cansada ya de tanto exagerar una masculinidad incompleta, decidí aceptar mi parte más original, más pura y más antigua, mi identidad femenina. Para descubrir entonces que siempre había estado ahí, esperando mi madurez para aceptarla con el respeto necesario, para a partir de eso construir un destino bello y útil para los demás.

Para hacer esto posible es que asumí el desafío de adecuar mi identidad exterior a mi identidad interior a través del tratamiento hormonal, al contrario de lo que había hecho tantos años, al tratar de modificar mi interior para adecuarlo al exterior.

De haber podido elegir ser mujer, ¿crees que te hubiera simplificado la vida, hecho más feliz?

No siento que este en el cuerpo equivocado y toda esa teoría, me encanta ser andrógino. Ser trans fue un don de la vida, no todos pueden ser todo, a mí me toco esto y lo veo como un desafío y un destino. Me gusta haber conocido las dos naturalezas del ser humano, cuando un@ es sólo mujer cis u hombre cis la percepción es más limitada, creo yo, sin menospreciarlos, por supuesto.

Siento orgullo de ser trans. Soy un producto de mi voluntad no solo de la naturaleza. Obviamente me encanta ser femenina pero no me molesta que se me note que soy trans, me divierte incluso. Lo importante es que la expresión de tu género no sea un problema social y que todas las formas de género puedan sentirse incluidas en el juego de la vida de todos los días.

Me resulta llamativo tu nombre. ¿Qué significa? ¿Por qué lo elegiste?

Es el nombre de una bruja antigua hija de Artemisa y el dios Pan. Es de Toscana, como mi apellido. Estaba buscando un nombre cuando alguien me lo dijo, fue la primera vez que lo escuche y supe que era yo.

En tus obras de arte se percibe mucho de esa concepción “mística” de le energía femenina. Contanos un poco de cómo vivís esta conexión con el universo de lo sagrado femenino.

A mí lo femenino siempre me conectó con la naturaleza. De niña me gustaba ir a lugares solitarios en la naturaleza o la ciudad y vagar desnuda, sintiendo la luz de la luna o el viento en mi cuerpo. Siento en la femineidad una profunda conexión con el cosmos, sobre todo que se refleja en la sujeción a los ciclos lunares y astrales a través de los cambios hormonales y la menstruación.

Es interesante la división que se hace en el Banquete de Platón sobre los sexos del ser humano. En un discurso, Aristófanes declara que hay 3 sexos: el masculino que corresponde al sol, el femenino que corresponde a la tierra y un tercero que corresponde a la luna. El tercero contiene tanto la sombra de la tierra, femenina, como la luz del sol, masculino. Esta descripción encaja perfectamente con cómo me he sentido personalmente, siempre me sentí muy identificada. Durante la luna llena o creciente, yo me siento más masculina, como Diana o Artemisa, guerrera y cazadora, iluminada por el sol masculino y tiránico, y cuando la luna esta menguando me siento más intimista, femenina, como si se abriera un espacio profundo como un abismo estelar en mi interior y no existiera la tiranía de la luna sino la profunda sombra de la tierra.

Siempre sentí en mi organismo la influencia de los ciclos lunares y esa sensibilidad de alguna manera me ayudo a conservar la mujer interior dentro mío durante tantos años de masculinidad forzada. La sensibilidad de la mujer a los mundos sutiles es mucho mayor que la del hombre. Por otro lado, son los atributos femeninos espirituales los que más podemos desarrollar como almas inmateriales. Si bien nuestros órganos sexuales nos impiden encarnar físicamente de manera total la energía femenina, nada nos impide contemplar esa energía en nuestro interior y reflejarla en arte o filosofía, y desarrollarla lo más bellamente posible tratando que nos desborde.

¿Cómo se refleja esto en tus obras de arte?

Mi arte curiosamente tiene mucho más público entre mujeres cisgénero, que entre la gente trans, ya que no suelo trabajar la temática trans en mis obras. Me influencio demasiado por la literatura y la mitología y me olvido de los problemas políticos. Creo además en el arte como expresión de arquetipos universales no como un terreno de militancia política. Me gusta que el arte me ayude a soñar y a viajar, no que me obligue a pensar a de una manera particular. Creo sí que podemos expresar políticamente a través del arte nuestra posición personal. Me gusta que el culto a la feminidad o feminismo sea parte de mi obra, porque es algo que socialmente se ha banalizado y se lo ha hipersexualizado.

La capacidad espiritual para crear y mantener una creación, nutrirla y desarrollarla son atributos totalmente femeninos por ejemplo. Me gusta expresar estas cosas en mi arte. Siento al universo como esencialmente femenino, creador y trato de ser una devota servidora de la gran Madre Universal. Eso se expresa en mis obras. Me considero pagana y panteísta, he dejado de lado las religiones solares y patriarcales por las que he pasado y creo en un transfeminismo ético.

Continuará…

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Para seguir leyendo:

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