La palabra sapiosexual deriva de “sapiens” que significa “sabiduría” más el vocablo “sexual” para referirse a la atracción sexual. Sapiosexual es un neologismo, que ha venido utilizándose en nuestro idioma para aludir a aquella persona que se siente atraída sexualmente por la inteligencia de otro individuo; es decir se trata de personas que les interesa, atrae, fascina o seduce otra persona que goce de grandes conocimientos y los utilice de una manera inteligente. Dejando en un segundo plano las otras características de la persona como su apariencia física.

En términos generales los sapiosexuales, según lo declaran los psicólogos poseen un rasgo denominado como “apertura a la experiencia”; por lo que están dispuestos a los estímulos novedosos y no les dan tanta importancia a todo aquello que les resulte repetitivo o común.

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Y si me encanta su mente, es probable que me encante todo lo demás”
Anónimo

A él lo conocí cuando estaba en mi último año de secundaria. Fue a dar una charla informativa sobre el voto joven, la nueva ley que permite a los adolescentes de dieciséis y diecisiete años votar. Un mundo completamente aparte para nosotros, simuló un cuarto oscuro, algunos folletos y consejos. Algo me impacto de él, no supe bien qué en ese momento. Nunca me atrajeron los rubios ojos celestes, sin embargo algo tenía. Busqué su nombre en Facebook por el simple hecho de tenerlo pero jamás supe nada más de él.

Cumplí dieciocho años y decidí meterme en diversas actividades fuera de mi carrera universitaria. Pasa tiempos o hobbies, y jamás adivinaran con quien me reencontré… si con él, Leonardo. Sus veintiséis años le habían sentado bastante bien a comparación de cuando lo conocí. Aun así era verlo y sentir que algo le faltaba. Con el pasar de las semanas fuimos entablando una amistad sumado a vernos prácticamente todos los días. Media hora, solo media hora bastó para revolucionarme. Nos explicó al grupo una estrategia de guerra comparada con la política de ese momento. Ustedes pensaran, “¿Que le vera de interesante a eso?” ni yo lo comprendí. Pero su manera de explicar, de hablar, de expresarse. Tanta inteligencia contenida en ese cerebro y yo acostumbrada a salir con fanáticos del rugby y gimnasios. Me enloqueció.

Los días pasaban y las charlas con Leo se hacían atrayentes, de lo que le preguntáramos él lo sabía. Hasta el tema más recóndito de biblioteca él acotaba. Era placer a mis oídos y neuronas escucharlo. Aprendía de él, y no hay nada más hermoso que aprender. Un día de mucho frío nos tocó ir a San Rafael. Procedimos a subirnos a una traffic y mágicamente nos sentamos juntos. Películas, música, historia, química, hablamos de todo. Y cada palabra que salía de su boca eran deseos de besarlo. Esa noche llegué a mi casa y decidí jugármela por él. Era mi jefe pero poco me importaba. No aguantaba más las ganas de sentir cerca de mí aquel cerebro. Repito, físicamente no congeniábamos, en cuanto a altura le sacaba yo una cabeza. Contextura física mínima. Pero me calentaba. Me excitaba.

Tenía que darme duchas de agua helada para bajar las energías caníbales que mi cuerpo producía.

Salimos a bailar con el grupo, diferencias de edades y personalidades abundaban. Sentía en mí que esa noche lo iba a dar todo. Podía perder, pero también ganar. El “no” ya lo tenía. Bastante enfiestados a mitad de la noche por parte de ambos, le confesé al oído que me encantaba su cerebro y si pudiese tener sexo con él lo haría. A mi sorpresa reaccionó mejor de lo que yo esperaba ante una confesión inmadura digna de una adolescente. Nos retiramos a su departamento.

Me desvistió con completa delicadeza, sus ojos azules miraban mis pupilas color almendra. Yo solo pensaba en las lecciones de aprendizaje que me había dado una y otra vez. Cerré mis ojos y mi vagina se humedeció. Leo susurró en mi oído un poema mientras se colocaba el preservativo. Acabó el último verso e ingresó completamente su miembro. Inclinó mis brazos hacia atrás mientras me penetraba con lentitud. Yo dirigí mi oreja a sus labios y le pedí que me iluminara de sabiduría. Fue así cuando su voz impactó en mi sinapsis y yo acabé.

Seguimos juntos un par de meses más y jamás volví a saber de él. No hay día que no lo recuerde. Sus conocimientos, su vida de ratón de libros, su poder de revolucionar mi cuerpo con solo hablar. Jamás volví a sentir lo que sentí con él. ¿Podría buscarlo? Tal vez, pero creo que hay personas que te tocan una vez en la vida. Y él me enseñó que lo que verdaderamente importa al final del día es la cabeza.

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Ella es sapiosexual, le atraen los cerebros de infarto, la coeficiencia intelectual, la buena ortografía y las mentes perversas. A ella le gustan los enfermos textuales, que saben que el punto G de las mujeres se encuentra en las orejas. Los que son capaces de provocarle orgasmos sin necesidad de tocarlas”
Gustavo Fernández

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