La oscuridad trajo consigo un silencio de muerte. Parecía que un ser colosal nos había devorado y ahora nos encontrábamos en lo profundo de sus entrañas sin querer movernos por temor a perturbarlo. Permanecimos de ese modo durante una eternidad hasta que finalmente un susurro nos traje de nuevo a la realidad.

– Nadie se mueva y nadie diga nada. – La voz de Kerri zumbaba bajo como un mosquito en nuestras orejas. – Estas máquinas de mierda deben haber destruido la central eléctrica cerca del canal y ahora la ciudad va a perder energía sección por sección. Hay un generador en el galpón del patio, pero se enciende de forma manual. Alguien va a tener que montar guardia mientras lo arranco.

De nuevo el silencio total invadió el lugar. En la oscuridad nadie podía verse el rostro, pero era sencillo adivinar que el pánico invadía las facciones de los que allí estábamos. Kerri dio un suspiro y volvió a zumbar.

– Vos, nuevito, seguime de cerca y no abras la boca. –Sentí una mano de dedos delgados pero fuertes que me agarraba la solapa de la camisa. –El resto, estén atento a los monitores para cuando vuelva la luz. Cree, si se llega a ir todo a la mierda, nos encontramos en el lugar acordado, ¿estamos?

– Dale, andá con cuidado. –La voz sonaba carrasposa y supuse que pertenecía a uno de los muchachos que estaban sentados en el sillón cuando llegamos, pero no podía identificar específicamente a quién. Antes de intentar de poder decir cualquier cosa, los dedos delgados tironeaban de la camisa para que los siguiera.

Subimos por los escalones alfombrados y llegamos a la casa. En este piso, un destello de luz de luna entraba por entre las cortinas cerradas e iluminaba el contorno de los muebles. Yo seguía de cerca a mi guía mientras intentaba no golpear nada con las piernas. Cruzamos un pasillo y nos detuvimos frente a una puerta-ventana corrediza que tenía la cortina cerrada. Antes de seguir avanzando, Kerri sacó de la parte de atrás de su jean una especie de aparato con forma de revólver. Parecía una réplica de juguete barato de un arma verdadera, de esas que venden en el persa de la calle Godoy Cruz. Kerri la examinó, oprimió un botón en la parte posterior y una luz parpadeante roja se transformó en verde. Un siseo brotó de forma leve del aparato y, con un ágil movimiento, su dueña lo devolvió a la parte posterior del jean.

– Tengo una sola carga y es para casos de emergencia. Si logramos llegar al galpón del patio, puede ser que mi rifle PEM casero funcione. –Me limité a asentir con la cabeza mientras mis ojos se abrían como platos. Todo aquello era demasiado. Demasiado para ser real y demasiado para poder comprenderlo. Mi mente estaba completamente ocupada intentando procesar todo aquello como para poder obtener una conclusión lógica de toda la situación. -¿Estás listo? Vamos a ir despacio y sin hacer un puto ruido.

Salimos.

Afuera las estrellas brillaban como nunca. Las nubes habían continuado su viaje hacia el este y el apagón hacían de la ciudad un observatorio ideal. Me quedé parado observando las constelaciones infinitas, absorto en ese paisaje que se desplegaba en el cielo nocturno. De repente, tres figuras pequeñas cruzaron ante mis ojos como un destello. Caí en la cuenta de que estábamos a campo abierto con esas máquinas voladoras asesinas surcando el aire y el miedo me trajo de vuelta a la tierra. Cuando miré al frente, los ojos de Kerri me miraban gigantes y enojados. Una mirada que decía “¿¡qué carajos hacés parado ahí como un gil!?”. Corrí hasta estar al lado de ella y casi resbalo con el rocío del césped.

– Bien, acá adentro está el generador y el rifle PEM. –Kerri hablaba sin mirarme, ocupada de abrir la vieja cerradura del candado haciendo el menor ruido posible. –Una vez adentro, voy a hacer arrancar el generador y va a hacer un quilombo terrible. Vos vas a quedarte afuera haciendo de campana. Si tenemos el mal orto de que alguna máquina capte el ruido, mandamos a la mierda todo y corremos. Corremos como nunca, ¿está claro?

– Clarísimo. –Dije en un sonido apenas mayor que un susurro.

El interior del galpón estaba casi tan oscuro como el interior de la casa. No era demasiado espacioso y un vistazo rápido me permitió reconocer la mayoría de los objetos que se guardaban ahí. Latas viejas de combustible, royos de tela antigranizo, productos de pileta, un pequeño taller de trabajo con una caja de herramientas arriba y, sobre el costado izquierdo, el generador. En la pared derecha, sujetado por grandes clavos de hierro, había un arma alargada de forma extraña y de un metal pulido. Tenía que ser el rifle “PEM”. Kerri fue hasta él y lo quitó de su lugar con un movimiento suave. Lo miró detenidamente, apretó un pequeño botón en la parte derecha y la misma secuencia de luces rojas y verdes que ya había visto se repitió sobre el rifle.

– Es muy sencillo. –Me dijo mientras me extendía el arma de aspecto alienígena. –Te parás firme, apuntás y disparás. Imposible fallar.

Me quedé en posición de guardia, levemente apoyado contra el marco de la puerta de madera. A lo lejos, explosiones apagadas se oían en el eco de una ciudad sumida en el silencio y la oscuridad. Ese momento de paz me permitió conectarme con pensamientos más concretos. ¿Qué había sido de mi familia? ¿Cómo iba a poder comunicarme son ellos? Si esto era un fenómeno a nivel mundial quizás no hayan sobrevivido… Descarté este pensamiento de inmediato con una sacudida de cabeza. Sentí que esa angustia volvía a cernirse sobre mí cuando escuché la explosión del arranque del generador. El estruendo me hizo dar un leve salto y no pude evitar mirar hacia el interior del galpón. Kerri refunfuñaba y tiraba nuevamente de la cuerda que accionaba el mecanismo de arranque. Un nuevo estruendo y el generador aún no encendía. Ella tenía razón, hacía un quilombo terrible.

– Quizás si estirás la cuerda completamente cuando tirás…

– ¡Yo sé cómo prender este generador del ojete! –Su voz ya no era un zumbido. –Después de todo, está en MI casa ¿no?

– Bueno, sí. Yo solo decía porque…

El golpe en el techo de la casa me sobresaltó aún más que el ruido del generador. Cuando me giré para ver qué lo había provocado, me quedé helado. Era la misma criatura aracnoide y metálica que había visto sobre la San Martín. Pero esta vez tenía su ojo azul fijo en mí. Una vibración llenó el silencio de la noche mientras que la luz azul en la cabeza de aquella cosa crecía en intensidad.

– ¡CUIDADO! –El grito de Kerri fue acompañado con un tirón que me trajo hacia el interior del galpón justo cuando una línea azul brillante calcinaba el lugar donde había estado parado segundos antes. -¡VÁMONOS! ¡VÁMONOS YA! Kerri me agarraba del brazo y me arrastró hasta que me incorporé. En el techo de la casa, la máquina volvía a cargar aquel ojo azul. Mis oídos zumbaban a causa de la explosión, pero cuando me incorporé atiné a correr detrás de mí salvadora. Mis manos sujetaban el rifle con fuerza, pero mi cabeza no lograba encontrar la calma para apuntar y disparar. Salimos por la puerta del garaje y un nuevo golpe de luz azul hizo estallar una medianera de piedra y enredaderas. Corrimos calle abajo, hacia el lado de Guaymallén. Lo hice sin pensar, siguiendo a la única persona que parecía entender algo de todo lo que sucedía en este momento. Corrimos en línea recta hasta que el retumbar del cemento bajo el peso de la hormiga-máquina nos obligó a girar a la derecha. Íbamos paralelos a la San Martín, iluminados por la luna pálida mientras esquivábamos escombros y acequias derruidas.

– ¡VAMOS, VAMOS! ¡No vayas a parar! –Corría y sentía que las piernas me quemaban, pero no me detuve. Finalmente, llegamos hasta la calle Lavalle. Sentíamos el golpe sordo de las pisadas metálicas siguiéndonos de cerca. Había que decidir. A la derecha, San Martín. A la izquierda, varias calles más hasta llegar al acceso. El tiempo se nos acababa. Cuando estuvimos frente a las rejas de la Galería Independencia, Kerri me miró y me arrancó el rifle de las manos.

– ¡ABAJO!

Me lancé al piso como si la misma palabra hubiese tenido el peso para hacerme caer de un golpe. En un único movimiento, el cuerpo de aquella joven se giró e, hincando una rodilla en la vereda, disparó contra la criatura que nos perseguía. De la boca del rifle brotó una chispa de un blanco absoluto, seguida de varios destellos menores pero igual de intensos. Un sonido electrizante me dejó aturdido y el golpeteo metálico sobre el asfalto cesó de golpe. La hormiga-máquina colapsó en el lugar que estaba, dejando escapar pequeños hilos de humo de entre sus piezas articulatorias. Miré a Kerri y mis ojos deben haber expresado la duda por sí solos, porque su respuesta llegó de inmediato.

– Rifle PEM. Pulso Electro Magnético. Lo hice hace un par de semanas. Fríe cualquier circuito eléctrico instantáneamente. Lo malo es que tiene solo un disparo…por ahora. –Se acercó al cuerpo metálico y gigante de aquella cosa que nos había perseguido. –Estoy pensando en mejorar el prototipo.

Me incorporé despacio y me sacudí la tierra de la camisa y los pantalones. Yo también me acerqué a la máquina y la observé cuidadosamente. Parecía sacada de una obra de Bradbury. Kerri se trepó y empezó a quitar algunas partes chamuscadas con los dedos.

– Vamos a agarrar algunas cosas que necesitemos y nos vamos a la mierda, ¿ta claro? Esta era una hormiga solitaria, pero de seguro hay más patrullando las calles. Vamos a tener que juntarnos con el resto, si es que lograron salir de la casa y eso nos va a llevar un tiempito.

No podía dejar de ver aquel ser inmenso de placas brillantes y circuitos expuestos.

– ¿Hasta dónde tenemos que ir? –Pregunté con la mirada fija en una de las columnas de humo fino.

Kerri se sopló un mechón castaño de la frente y miró hacia el este. Tiró un montón de cables quemados al suelo y señaló la gran “S” roja en el edificio más alto de la ciudad. Cuando hubo terminado, bajó de un salto con los bolsillos llenos de pequeñas piezas mecánicas que tintinearon al chocar entre sí. Tomó el rifle PEM y lo manipuló durante un momento hasta que las luces rojas y verdes completaron su secuencia.

– La próxima vez disparás vos, gil.

Después de unas miradas furtivas en todas direcciones, comenzamos a caminar por la desolada y oscura calle Lavalle.

Continuará…

Compartí, no seas paco