Comenzaba agosto, frío y agitado, bastante solitario para Lian, un muchacho joven pero con una mente avanzada de edad para sus veintitantos años. Su vida se encontraba en una rutina horrorosa, de trabajo-casa-morir por las noches y resucitar para irse a laburar por la mañana otra vez. Así pasaban sus días hasta, que tuvo una experiencia que por el principio no lo sabía, pero seria eterna.

Una noche, después de discutir con su compañera de vida, decidió irse a fumar al patio para dormir en el sillón, al parecer la discusión había sobrepasado sus límites.

Encendió el tabaco y comenzó a pensar sobre su vida, todo lo que quería hacer, como cuando la mayoría de nosotrxs sueña despiertx con sus objetivos de vida. Mientras pensaba en todo ello, sonó su teléfono… era ella, Amapola.

Una muchacha no tan amiga con la que pocas veces se habían hablado, pero que en esas charlas habían expuesto el corazón (o lo que quedaba de ellos).

– ¿Que haces? – preguntó ella.

– Fumando un pucho, ¿vos?

– Acostada en el sillón…

“Que casualidad” se dijo a sí mismo. Entre charlas, risas y un poco de coqueteo, se empezó a poner un poco tensa la situación, y decidió irse a dormir, pensándola.

A altas horas de la noche el calor no lo dejaba descansar… creyó que la estufa estaría muy fuerte o que estaba demasiado abrigado, pero recordó que dormía sólo en ropa interior. Abrió un ojo, abrió el otro, repasó con la mirada todo su alrededor… estaba todo oscuro salvo el destello de la estufa y una figura femenina al lado.

La figura se acercó despacio, él no podía ver su rostro, forzaba su vista pero no lograba distinguirla, de repente ella le rozó el brazo y él sintió calor… notó como su piel ardía como fuego, a él le gustaba el fuego.

Intentó reincorporarse en el sillón y ella se abalanzó sobre él, haciendo que quede inmovilizado, teniéndolo a su merced.

La piel de Lian comenzó a encenderse, la miró directo a sus ojos y reconoció esa mirada de alguna parte, ella repentinamente se acercó a su oído en un movimiento brusco, hizo que escuche su respiración y lamió desde su cuello hasta su oreja, susurrando “Ya te tengo Corazón”. Seguido de eso, con otro movimiento, se acercó a su boca y en el momento que todo parecía prenderse fuego, el mundo se volvió frío, helado. Ella se fue.

Pasaron los días, la misma rutina, Lian sólo se refugiaba en su música y cigarros, aunque seguía pensando en ella, la sin nombre. Mientras se iba a trabajar distraído, caminando se chocó con una mujer, ésta casi se frenó, pero siguió y él le pidió perdón. Entonces sintió calor… un calor particular.

Sonó su teléfono, miró el mensaje… “no te vayas a quemar, me gustó tu sillón”. Foto de perfil… los ojos de Amapola.

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