Aunque avanzábamos en silencio, mi mente no dejaba de gritar. Todo aquello era demasiado. Era imposible. Siendo un fanático de los videojuegos, en especial los de aventura y acción, podía comprender la posibilidad ficticia de que se desenvolviera una situación semejante. Pero esto no era un juego. Era vivir en carne propia el temor de poder morir segundo a segundo, y en la vida real no hay respawn. De pronto, una idea aún más aterradora inundó mi cabeza. “¡Mi familia!” pensé mientras sentía como los ojos se me abrían como platos y los labios, secos, se me apretaban hasta casi doler. “Oh, por dios ¿qué les habrá pasado? Si esto era un fenómeno a nivel mundial…” Las lágrimas se me agolparon en los párpados y las veredas de la calle se volvieron borrosas y deformes. Refregué mis ojos con la manga de la camisa, sin intentar disimular nada. Karri se dio cuenta de que algo pasaba y me habló en aquel susurro que ya conocía.

– Estás pensando en tu familia ¿no? –Era como si me estuviera leyendo la mente. –Mirá, te mentiría si te aseguro que van a estar bien. Esto es una mierda. Una mierda de proporciones colosales y, para ser sincera, las chances de que zafemos son muy pocas.

La miré desconcertado. Ella, que hace instantes había parecido una guerrera entrenada desde siempre para un combate con las máquinas ahora me decía que no había esperanza. Volví la mirada hacia el asfalto y seguí caminando. La falta de ruido humano era tan grande que podía oírse el fuego consumiendo muchos de los edificios de la ciudad. Sentía que si no decía algo iba a gritar y eso, con certeza, hubiese hecho que nos maten a ambos.

– ¿Vos sabías que esto iba a pasar, no? –La miré. Miré su pelo castaño largo hasta los hombros. La gorra naranja se había perdido en algún lugar y ahora su cabello caía desprolijo y libre. Su nariz era pequeña, pero respingada y sus ojos tenían un color extraño. En las sombras, parecían hasta violeta. No me había dado cuenta hasta ese entonces que Kerri era muy atractiva. Claro que uno tiende a dejar el pensamiento de “levante” de lado cuando es perseguido por máquinas asesinas gigantes y corre por su vida. Su respuesta llegó con un suspiro.

– Hace un par de años salió en las noticias que Google había creado su primera inteligencia artificial, ¿te acordás? Bueno, según ellos, esa inteligencia había desarrollado su propio lenguaje y nadie entendía qué era lo que decía. Era el software que utilizaba el traductor, por lo que nadie se alarmó ante el evento. La resetearon y todo pareció volver a la normalidad. De todos modos, yo me había quedado muy intranquila. Yo estudio, bueno… estudiaba, ingeniería mecatrónica en la UNCuyo. Aquella noticias había sido de debate por varias semanas entre compañeros y profesores, pero de a poco todos se fueron olvidando y retomando su vida normal. Yo no pude hacer eso. Me había obsesionado con lo que había pasado y me puse a hacer mi propia investigación – Kerri se quedó en silencio por unos segundos, simplemente mirando hacia adelante. Parecía estar recordando algo; un fragmento intenso de memoria o un detalle que se le escapaba. De repente continuó su relato, como si aquel instante de mutismo no hubiese pasado. – La cosa es que me puse a buscar información. Accedí a datos de la deep web y foros de informática y tecnología. Finalmente, di con lo que buscaba. Google no solo no había reseteado aquel software, sino que estaban pensando en mejorarlo. Estaban creando algo llamado S.I.A.C.

– ¿S.I.A.C.? –Pregunté arqueando una ceja.

– Sistema de Inteligencia Artificial Controlada. Ahora que lo pienso… quizás la C estaba de más.

Sonreí. El humor, incluso ante aquella situación en la que nos encontrábamos, parecía una especie de calmante placebo para los nervios. Kerri siguió hablando mientras la figura del Sheraton, a oscuras, se hacía cada vez más grande a medida que nos acercábamos.

– La compañía tenía como fin último lograr una IA que pudiera reemplazar el trabajo informático llevado a cabo por las personas. De este modo, no solo aumentaría su productividad, sino que ahorrarían muchísimo en pagos salariales y sus acciones llegarían a las nubes. Claramente, algo salió mal. A los días de haber encontrado esa información, comenzaron a llegar extraños reportes desde la casa central en Mountain View. Informes de fallas y actividad sospechosa del código empleado por la IA que luego se corrigió solo. Algo claramente andaba mal. A partir de ahí me preparé para lo peor. Todo el mundo me creyó una paranoica e incluso mis padres me tildaron de loca. ¡Si hasta se fueron de vacaciones sin mí! La cosa es que yo no estaba loca. Los únicos que me siguieron en este tema fueron Manu y Javi, los dos flacos que viste en la casa. Y… bueno, acá estamos ahora.

– Sé que esto no va a tener nada que ver. –Le dije mientras intentaba acomodar toda esa información en la cabeza. –Pero ¿por qué te dicen “Kerri”?

– ¿Alguna vez jugaste StarCraft II? –Su voz ahora sonaba seca, como si aquella explicación se hubiese pasado por alto al ser totalmente innecesaria. Yo asentí con un ligero “aham”.

– Bueno, Kerri es por Sarah Kerrigan, la “Reina de las espadas”. Es mi personaje preferido y el cual uso siempre que jugábamos.

¡Por supuesto! Ahora me resultaba obvio. ¿Quién puede llamarse Kerri en la vida real? Nadie. Quizás nunca se me hubiese pasado por la cabeza que una chica así fuese fanática de los videojuegos. ¡Qué imbécil me sentía! Había encontrado una chica gamer en medio de un apocalípsis tecnológico. Bueno, para ser completamente honestos, ella me había encontrado a mí. Me había salvado el culo en dos ocasiones ya mientras lo único que había podido hacer yo era mirar como un salame.

– Va a sonar como que me quiero hacer el más copado. –Le dije mientras la miraba. –Pero posta que sí he jugado StarCraft y conozco la historia. De hecho, superé la campaña en la modalidad más difícil dos veces.

– Jugar en fácil es de putos y cagones. –Me dijo con una sonrisa socarrona.

Casi había podido alejar de mi mente los terribles pensamientos que me habían quebrado el espíritu unas cuadras atrás cuando comencé a sentir un fuerte zumbido en el aire. Parecía venir de todos lados a la vez.

– ¿Qué mierda es eso? –Le dije a Kerri mientras miraba en todas direcciones.

– Shhhh. –Ella miraba hacia el cielo nocturno en busca de lo que fuera que provocara ese ruido. De repente, me avisó con un grito. –¡CORRÉ! ¡VAMOS, VAMOS A LA ACEQUIA!

Corrimos hasta la vereda y nos metimos agachados en la acequia llena de hojas, basura y restos de papeles. Nos quedamos allí, mirando hacia el cielo nocturno mientras aquel zumbido se hacía cada vez más fuerte y más insoportable.

Entonces lo vimos.

Una especie de artefacto, rectangular e inmenso, volaba sobre la ciudad. Era como si la cumbre del Cerro Arco se hubiese desprendido y ahora flotase sobre nuestras cabezas sobre una enorme plancha de metal oscuro. Antenas con destellos luminosos sobresalían de la parte superior, mientras que los costados presentaban enormes turbinas que eran las causantes de aquel zumbido ensordecedor. Por el tamaño, parecía que su avance era lento y pesado, pero claramente aquellos propulsores trabajaban a una potencia extraordinaria para poder mover aquella mole de antenas y estructuras. Pasó por encima de nosotros e hizo vibrar hasta el suelo. Pensé que los edificios iban a colapsar. Luego comenzó a aminorar la marcha hasta que estuvo justo encima del Sheraton. Se mantuvo allí unos segundos, flotando y zumbando. Giró hasta que, lo que suponía yo era la parte delantera, quedó mirando hacia el oeste. Unos tubos gigantes y oscuros comenzaron a descender desde la base de aquella cosa y a arraigarse al techo del hotel como si fuera una especie de enredadera autómata. Cuando aquello finalizó, toda la estructura oscura se iluminó como un faro en medio de la noche mendocina. El zumbido desapareció al mismo tiempo que lo hacían nuestras esperanzas de poder llegar al lugar.

Kerri se paró, salió de la acequia y miró hacia el techo del hotel.

– No me jodas…

Continuará…

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