Cuando tenemos nuestro primer amor la vida es color de rosa. Todo lo que hacemos lo llevamos a cabo con seguridad. Amamos sin restricciones a esa persona que nos corresponde.

Pero a la vez es lo más terrible que nos iba a poder pasar en nuestras vidas. Porque cuando esta relación termina se lleva todo eso que fuimos, que somos y que quisiéramos volver a ser consigo.

Como si fuera un hoyo negro de esos que vemos en las películas que arrasa con todo a su paso.

Destruye nuestra confianza. Las ganas de amar sin tapujos se las lleva para siempre.

Se lleva eso que siempre anhelamos, nuestro amor verdadero. Nos marca el pecho a latigazos.

Destruye nuestro optimismo en el mañana. Nunca más te volvés a entregar de la misma manera que lo hiciste esa primera vez con otra persona.

Arrasa con tu cursilería, con tus frases melosas y diabéticas. Desequilibra de tal manera tu estado emocional que hace creer que nunca más alguien te va a hacer sentir lo mismo, vivir lo mismo, amar de la misma manera.

Te deja sin amor, ese calor fervoroso que sentís por el otro, esas ganas de chapar aunque sea verano al rayo del sol en medio de la plaza San Martín. Ya no te dan ganas de ir de la mano con ese otro alguien por el medio de la peatonal con el pecho inflado gritando a los cuatro vientos: “Sí, mírenme hijos de puta, estoy enamorado.”

Todo eso te roba el primer amor, te deja como un zombie a la deriva hasta que madures y vivas un amor adulto y en cuenta gotas, seguro y responsable, añorando las vivencias de tu primera vez, las locuras, incoherencias y rebeldías de tu primer amor…

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