A vos, piba, si a vos, que llevás 2 años de novia. Que te caben las giladas románticas esas que te generan diabetes sólo porque las viste en las pelis. A vos, que te pones la camiseta de “no al aborto” porque no entendés como podes matar al fruto de tu vientre. A vos, que no sabés lo que es la infidelidad. Que te parece apedreable una prostituta. Que no te cabe ni ahí marchar en tetas, porque esas cosas se guardan para la intimidad. Que lees el diario y comentás que te parece lo mejor la pena de muerte para, entre otros, el negro de mierda. A vos te quiero escribir hoy.

Porque yo era como vos, yo era una piba igual que vos. Con 9 años de colegio católico. Con una pareja monogámica y súper estereotipada. Que iba a los boliches de moda todos los fines de semana. Que se moría por comprarse en el shopping las giladas que usaban todas. Que defendía con uñas y dientes a los sacerdotes de la parroquia. Que le daba vergüenza decir que la habían tocado. Que tenía miedo de su papá, porque le pegaba. Que veía como sus cuñados golpeaban a sus hermanas pero a ellas les convenía estar con ellos, según mamá, para mantener a les hijes.

Yo, la que se cagaba de hambre, semanas enteras, que se golpeaba el estómago y si comía vomitaba. Yo, la misma que escribe hoy. Que le quitaba al saludo a la amiga de toda la vida, que había abortado en secreto porque si no la echaban de la casa. Yo, a la que le daba vergüenza masturbarse. Que creía en el amor para toda la vida y el príncipe azul. Que aún sigue con complejos sobre su cuerpo por el impacto de la opinión ajena. Que le da vergüenza ponerse en bolas enfrente del pibe que ama, y por eso le hace apagar la luz. Yo, esa que cree que cuando la quieren le están haciendo una joda. La misma que no puede esperar que las cosas le salgan bien. La que se comió patadas de su abuelo, y piñas de su viejo. La misma qué, un día, le rompió un florero a su agresor en la cabeza mientras le daban trompadas, y no lo denunció por miedo.

Hoy, toda esa piba herida que soy, te quiere contar que el feminismo me salvó la vida. ¿Cómo? El feminismo me enseñó antes que nada que MI CUERPA ES MÍA, que nadie la puede tocar si no quiero, aunque esté en tetas. Que nadie la puede violentar si no le excita. Que tiene la forma que tiene, aunque no les guste a las empresas. Que las tetas no son un cartel publicitario, pero si pueden ser una reivindicación política. Que masturbarme no está mal, sino que es RICO. Que el orgasmo es un derecho, que como la tierra, es de quien la labura. Que puedo defender mi integridad, con uñas y dientes, aunque mi agresor sea un pariente. Me enseñó a quererme, a disfrutar de la libertad y las cosas bonitas que tiene la vida. A escabiar con las pibas en la vereda, porque no competimos un carajo. Si nos queremos entre nosotras somos las mejores, las parejas van y vienen, y no hay nada más rico que un porrón con la amiga con Los Gardelitos de fondo. A enamorarme bien fuerte de la gente sin importar sus genitales. A que el amor es re copado cuando se vive con responsabilidad afectiva, y desde el cariño de verdad, aunque lo que te nazca sea de peli romántica o no. A que la sangre de mi menstruación es la única que debe ser derramada y sirve para regar las plantas. A que no me debe importar como me vea la gente, porque soy MANSA, aunque me digan “puta”, “loca”, “punki”, “feminazi”, “torta”, “gorda”, “negra”, “mama luchona”, “abortera” o “drogadicta”, entre miles de horribles adjetivos más.

Pensala, “piba bien”. No tengas miedo de pasarte para acá a pesar de lo que dicen. Las pibas feministas, somos felices y estamos mejor.

Éste es solo mi humilde consejo, porque estuve de los dos lados de la moneda y porque sufrí demasiado en tu lado.

Compartí, no seas paco