Nuestros últimos versos no sonaban nada bien. Las discusiones eran desafinadas y las pretensiones se calmaban en contratiempo y sin rima. El diálogo se había tornado más irritante que un despertador a las cinco de la mañana y el sexo era más funcional a un chequeo médico, que al sexo en sí.

Inusualmente encontrábamos en la melancolía viciada un poco de pasión, una narrativa creativa, o al menos una nueva posición, pero su efímera intagibilidad se disolvía cada vez que intentábamos sujetarla.

Yo por entonces, desayunaba trocitos de sospecha, y buscaba en sus muecas y gestos alguna sílaba o huella digital que hiciera temblar mi pera y acelerará mi ritmo cardíaco. La cuestión era clara, había otra persona entre nosotros y yo no tenía puta idea de quién era. Por más de que mi obsesión se disfrazara de Allan Poe y estudiará sus movimientos con microscopio, no podía encontrar nada.

Ella no tenía olor, ni eco y lograba sostenerme la mirada por más de 30 segundos. Incluso parecía nunca estar satisfecha. Es decir que quién se la cogía, ni siquiera lo hacía bien. Tampoco sé si eso era bueno o malo.

Así pasé varias semanas. Armando rompecabezas imaginarios y cuadros comparativos. Analizando todas las variantes de tiempo y espacio. Cultivando el engranaje irreversible de mi histérico motor. Que inteligencia estúpida te produce los celos.

Finalmente, una pegajosa tarde de febrero, decidí ir a buscarla, sin aviso previo, simulando mi patología como sorpresa. Cuando entré a la habitación, la encontré mirando un narcótico programa de chimentos, con un plato de fideos con tuco sobre el parqué. A su lado estaba él, echado panza arriba, con una mano sobre su pubis y la otra en el control remoto.

Lo único lúdico, que hallé entre sus sábanas, fueron dos celulares en línea y migas de pan. Sus palabras estaban tan rígidas como sus cuerpos. Parecían mimos con sobredosis de cocaína, con la voz atragantada y el tacto estéril. Me fue inevitable no caer en el cliché de pensar que tenía él, que no tuviese yo.

Salí indignado de la habitación y busqué una cerveza en la heladera. Lo que encontré en cambio, fue un pastillero con Tafirol y una olla de puré frío. Saqué dos cápsulas y me las tomé. Entre la combustión analgésica del fármaco y mi embriague emocional, pude hallar un instante sobrio, que me percató con desagrado, de lo mucho que ese sujeto se parecía a mí. Mi atención se había desenfocado de ella para centrarse en sus fantasmas y ella había automatizado su dolor para serle funcional a una pareja deshidratada.

Todo este tiempo nos habíamos engañando mutuamente con la misma persona, pero el miedo de quedarnos solos, no nos los dejaba ver.

Su nombre era Rutina y odiaba el romance. Era un hermafrodita disfrazado de cansancio laboral que nos mandaba a dormir antes de media noche y regulaba nuestros orgasmos a cuentagotas. Era la peligrosa cotidianidad que interrumpió para siempre el pensamiento, reproduciendo en cinta magnética una publicidad constante, sin darle nunca pasó al film.

Compartí, no seas paco