El mate es la lumbre del gaucho
Lo toma cuando llora, y cuando se hace el macho.
Lo toman las damas y los caballeros
Aunque el tipo para cebar es bien pajero
Hay mates chicos y mates grandes
Mates para empleados y estudiantes
Dulce, amargo, con leche o café
Algunos chotos hasta tereré
Si pinta; burro, menta, o manzanilla,
(¿no querés ponerle también morcilla?)
Cada uno ceba el mate a su manera
Mientras los demás ansiosos esperan
Y aunque al llegar el turno veas que está hediondo
Chupás con hidalguía, respirando hondo
Porque el mate es más que una infusión
Es la ronda de gente en comunión
Es dar calorcito a una panza con frío
A una boca sedienta un trago de amigo
A un pecho atrancado con tortita raspada
Algo más agradable que una patada

Y sí, señores. El mate, costumbre argentina por excelencia, tiene sus fans, como también sus detractores. De más está decir que soy del primer grupo. Y como corresponde, va mi bardeada a los anti-mate, que bien se lo merecen.

El anti-mate en general se autodefine como un ser culto y moderno. El mate le parece una bebida arcaica, anti-higiénica, crota, poco práctica, eterna, fea, y pobre. Quizá se quemó la lengua de chico, le pegaron con la bombilla, le dijeron que chupe el porongo, quién sabe. La cuestión es que reniegan no sólo del mate, sino también de la ronda.

El anti-mate cafetero es por supuesto adicto al café, si es posible de un café cool (Starbucks), o de granos enteros comprados en Cafelandia con un molinillo re-top traído de algún tío o primo en un viaje. No toman mate porque tienen un café en la mano casi todo el día. Te pueden hablar mil horas de los gustos de los cafés según el país de donde son y cómo los torran, mientras uno trata de no torrarse y lo logra chupando el mate o levantándose a cambiar la yerba. Una subespecie es el cafetero-culto, el cual reniega del mate porque siente que no es una bebida propia de intelectuales, sino más bien de gente sencilla (léase: poco instruida); y ellos quieren ser muy cultos y brillantes, quieren sorprender a todos con sus parafraseos y ser admirados por sus conocimientos sobre autores rimbombantes. El joven anti-mate lee todo lo que algún otro cafetero más viejo y sabio le recomiende. Añora ser como él y tener los dientes más amarillos y el ceño más fruncido y la barba más larga y los lentes más grandes. Y la cabeza más llena de ideas ajenas, que hará propias, resultando manso zurdo o manso facho según su cafetero-tutor.

El anti-mate higiénico repele el mate en grupo. Quizás en su casa se chupe algún que otro mate. Pero es esquivo a compartir la bombilla en sociedad, a apoyar sus labios sacrosantos donde hubieron otros, le da asco la baba ajena, y si la bombilla llega a tener algún resto de ALGO (mejor ni averigüemos) le da un soponcio y termina cepillándose los dientes en dosis doble y haciendo gárgaras con el perfume.

El anti-mate careta simplemente no realiza actividades de persona asalariada ordinaria. No toma mates, ni bondis, ni números para esperar ser atendido. No le interesa la ronda de mate porque el jefe o personaje al que quiere impresionar OBVIAMENTE no toma mate, entonces lo invita un café o una gaseosa. ¿Para qué perder el tiempo charlando con la negrada y arriesgar la estética visual que ha tardado tantos años en pulir? Mejor botellita de agua y tostaditas. Tampoco te comen una tortita, ni en pedo. Las que tienen chicharrón les parecen las más grasas de todas.

El anti-mate pragmático tiene su vida agendada y cronometrada al minuto. Para él sentarse a tomar mate es una actividad infinita que puede prolongarse por demasiado tiempo, es un estrés para él/ella pensar si aceptar sólo dos mates es muy poco, si se puede ir entre un turno y otro, si queda mal pedirle al que usa la bombilla de micrófono que se apure así puede terminar lo más pronto posible ese ritual interminable. Café, té o yerbeado en 5 minutos y chau, se acabó el refrigerio, a seguir con la vida. El pragmático ni loco se ataría a una costumbre que exige ir equipado a todas partes, porque sabido es que el matero lleva su mate adonde vaya, y no le importa mucho a dónde vaya. En cualquier parte pela el termo y el mate, y te encaja la bombilla, y te pide que le tengas la yerbera, convirtiéndose en una especie de pulpo que se las ingenia para que, así esté parado o haciendo equilibrio, el mate se arme igual.

El anti-mate moderno es el menos anti. Es más bien indiferente. Nunca se planteó tomar mate porque seguramente en su casa sus padres caretas o cafeteros o higiénicos nunca lo hicieron. Y jamás vio una publicidad copada que lo incentivara a tomar mate. Jamás vio tomar mate a los influencers o a los youtubers. Ni Súperman ni Batman, menos Ironman, ni siquiera Tinelli habló nunca de tomarse un mate como algo digno de hacer. Mira con cierta curiosidad las rondas de mates pero no se anima a aceptar uno. Se imagina así mismo sacándose una selfie tomando mate, donde a nadie le importa el precio de la yerba, si el poronguito salió 10 pesos o mil, si al tener más azúcar es más caro que amargo… y se siente perdido. Cómo calificar lo cool de algo si no sabés cuánto sale, o cuál mate es el de moda, o qué termo es el que está “in”… ah, ¿no existe eso con el mate? (“y para qué existe?” se pregunta).

Todos conocemos algún anti-mate. Y más allá de la bardeada, en realidad los apreciamos, porque no ocupan lugar en la ronda, tienen las manos libres para pasarnos las tortitas, y siempre que viene el jefe se lo encajamos para que le prepare el café y se olvide que nos agarró tomando mate.

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