Sabíamos que lo nuestro tenía fecha de vencimiento, buena idea sería empeñarnos en hacer del tiempo que teníamos el más provechoso.

Podría contar cómo nos conocimos.

Estaba escapando de una muy mala reunión familiar, y me paré en el primer bar que vi abierto en la Aristides a tomar una cerveza y a olvidarme, por momentos, de todo. Y ahí la vi. Hermosa morocha de rulos largos, ojos café. Tenía puesto un pantalón corto de salir y una musculosa.

Jamás me había pasado que una mujer me atrajese así. De hecho, todas las relaciones que había tenido en mi vida habían sido puramente con hombres. Ese quizá había sido mi error, no sabía bien cómo hacerle notar que estaba interesada en ella, sin parecer vulgar o sin que me rechazase.

Estaba sola, al igual que yo, y quizá porque ya llevaba casi una pinta completa de Barley Wine (una cerveza artesanal con más de 10% de alcohol) fue que no pensé demasiado las cosas y me acerqué a la barra, a donde estaba sentada ella destilando deseo. Era ahora o nunca.

Le ofrecí un trago, me miró y se mordió los labios. Me dijo que si. Nos pusimos a charlar y yo no estaba embebida por el alcohol, sino por ella, y por esa atracción magnética que nunca había sentido por alguien. Me contó que estaba sola, se había peleado con su pareja (nunca especificó el sexo) y que estaba buscando olvidarse por momentos de su presente.

– Si no te molesta yo te puedo ayudar a olvidarte – le dije.

Me miró. – Pero esto no puede durar más de una noche.

– ¿Que estamos esperando entonces, preciosa? – Le dije, me paré de la barra y la miré fijamente.

No sé cómo pero a los 20 minutos, y después de un viaje en taxi por el centro, nos encontramos entrando a uno de esos hoteles por hora.

Cuando abrió la puerta, yo detrás suyo la cerré, dejé de pensar, y empecé a actuar. Me le fui a la boca, carnosa y deliciosa como fruta madura y la empecé a besar tomándome mi tiempo, saboreando sus labios y su lengua, nos dejábamos llevar, y ella me empezaba a meter la mano por abajo de la mini falda y, masajeando con sus dedos yo sentía cómo me iba mojando.

Le saqué la musculosa y pude ver un tatuaje que asomaba por las costillas, le desprendí el corpiño y la acosté en la cama. La dejé que con sus manos acariciase mi cuerpo, y hundí mi boca en uno de sus pechos del tamaño perfecto, grandes sin ser exagerados, el punto justo para mí. Después de un momento que me pareció eterno ella me levantó la cara, me miró, y jadeando me dijo – ahora voy yo – En un movimiento rápido e inesperado me encontré con ella haciéndome el mejor sexo oral que nadie me había dado hasta ese momento.

Nos prendimos fuego, nos desnudamos al todo y la pasión fluía naturalmente, sin que nada la pudiese frenar. Yo terminé primero en un orgasmo hermoso, y ella volcó su néctar en mi boca sin que yo me resistiera. Seguimos después del éxtasis besándonos en la cama, hasta que el teléfono de la habitación sonó. Era hora de irnos.

El taxi me dejó en la esquina de San Martín y peatonal, y siguió con ella a bordo. No quise preguntarle su teléfono, si las dos sabíamos que todo lo que había pasado no se debía repetir. Solo una noche. Antes de bajarme le pedí si me podía decir su nombre. “Camila”.

Camila. Después de todo no la volví a ver. Y quizá fuese mejor así.

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