Después de un extenuante día de trabajo y de tener que redibujar mi sacro-coxis luego de diez horas de estar sentado laburando sin parar; sumado a que su Majestad, mi Jefe, nunca se dio por enterado que la Asamblea del Año XIII decretó la libertad de vientre, que no soy su esclavo y que nací después de 1813; me dispongo a huir en pos de mi libertad, lo que traducido al español, palabras más palabras menos: “irme al carajo y dejar de laburar”.

Comienzo mi derrotero y llego a la esquina, contiguo a mi, una nonagenaria abuela con andador y una sonrisa a pesar del dolor, una chica embarazada y quince pibes de una salita de cuatro con la Seño, completan el cuadro de honor; nos disponemos a cruzar con semáforo peatonal a nuestro favor; pasan cuatro bondis, tres motos y un rastrojero que parecía una locomotora antigua por el humo que salía de su motor.

Me conecto a mi red de datos 4G, tengo 3 móviles, uno de choristar, otro de oscuro y uno de grupal, me pongo contento, en los diez primeros segundos tengo 4G, comienza a degradarse la señal: 3G… 2G… 1G, soy feliz, algo baja en Argentina; logro descargar la Ley de Tránsito y voy al Articulo 50 inciso A, lo que me temía… como peatón tengo la prioridad; no tuve peor idea que leer a los antes nombrados el citado apartado: la nona dejó de sonreír, la chica empezó con síntomas de preparto y los pibes se quedaron quietos; opté por el silencio fue la mejor opción.

Me inunda un sentimiento de desánimo y me ahogo en mi propia culpa, viene a mi recuerdo aquella frase del Gran Capitán, “no le temo al enemigo sino a estos inmensos montes”, quisiera verte cruzar una calle en hora pico y doble mano; miro al cielo y exclamo: ¡¡¡Dios… quiero cruzar !!!, agacho la cabeza y una paloma me caga, no me percato que estoy debajo de un carolino y olvido que las pobres desgraciadas son plaga; vuelvo a mirar al cielo y declamo: ¡¡¡Dios… dejémoslo ahí!!!

Luz verde y nos animamos, la nona en la vanguardia, la embarazada al flanco derecho y la Seño al izquierdo, los pibes son la infantería y yo en la retaguardia. Luz amarilla en mitad de calle, la vanguardia se retrasa y los infantes hacen caso omiso a las órdenes de su flanco, comienzan los bocinazos y las puteadas, no hay piquete ni manifestación, son para nosotros y no es ovación. Luz roja como tomate perita para salsa, el grueso del ejército a salvo y yo en mitad de calle cuidando la avanzada; de una se manda una camioneta, no tiene prioridad de circulación y mi inocencia deduce que ha de ser daltónico ese conductor.

Llego a la esquina y allí me quedo, una figura fantasmagórica se me aparece, es Dios, me dije para mis adentros, ¡estoy muerto! ¿estoy muerto?, supuse que lo había logrado, pero no, seguramente el de la camioneta 4 x 4 con llantas de aleación y polarizados me había atropellado, mi cuerpo inerte en el piso, mi alma es la que había cruzado. Me doy manija… mañana salgo en los diarios, el conductor arregla con la justicia, tantos proyectos tantas ilusiones ¡puta madre! tantas ganas de vivir, y, como si esto fuera poco, el insensible se había fugado y al alejarse de mi ¡santa madre! se había acordado.

Dios aquieta mi pena y cura mis heridas ¡no estás muerto! sólo quiero enmendar lo de la paloma y concederte lo que me pidas; te voy a dar la posibilidad de transformarte en un superhéroe: Superman, Spiderman, Paturuzurman o el que me digas. Ni idea, uufff, mmmm, estemm, ¡ya sé, ya sé! quiero ser Super Banquina, el superhéroe de las calles mendocinas; mi escudo será la senda peatonal y un cartel rojo que diga “PARE” será mi arma preferida.

Protegeré a los peatones que cruzan las calles y les recordaré a los conductores que al estacionar sus vehículos también son peatones. Dios me miraba y me miraba, pensé que iba a largar la carcajada, le brillaban los ojitos y me la esperaba; Dios me miraba y me miraba, no decía palabras y de sus ojos lágrimas brotaban; me quedé a su lado y pensaba… hice llorar a Dios, bingo y cartón lleno, lo que me faltaba.

La incertidumbre embargó mi corazón ¿Dios por qué tanto llanto, por qué tanto dolor? volvió al habla con su voz, tomó mis manos y en una especie de éxtasis entramos los dos. Comencé a tener visiones, como si fuera una película o una novela de ficción; empezaron a pasar por mi mente accidentes, uno tras otro, uno tras otro, la secuencia era interminable y por demás insoportable, un drama sin solución.

Como pude me solté y sólo atiné a decir, Dios ahora entiendo tu llanto y tu dolor, pero, qué destino han tenido esas almas accidentadas que, por el descontrol de algunos y la inoperancia de otros, sus vidas han sido arrebatadas. Mi decisión está tomada y quiero ser Super Banquina, el superhéroe de las calles mendocinas; aquél que a los peatones cuida de los conductores con poco respeto y soberbia excesiva.

Ante mi insistencia y total convicción, Dios deja atrás su silencio y me da la solución: recibo el escudo y el cartel, me falta el poder de decisión sobre la mente del conductor. Ante mi insistencia y total convicción, Dios deja atrás su silencio y no me da la solución: hay un poder superior y que ningún superhéroe podrá tener, se llama libre albedrío, el ser humano decide por sí mismo y, yo ni nadie, podemos decidir por él.

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Escrito por Mauro Jaja para la sección:

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