“Que lindo que es el parque San Martín de noche, ¿no? El Lago es lo mas lindo que vi, con esa luna creciente reflejada sobre el agua”

Se encontraron en una plaza, en el centro. Él venía con su cabeza mambeada, se había separado. Ella estaba sola hacia tiempo y esperaba con ansias volverlo a ver. Se saludaron rápidamente. A ella se la notaba ansiosa y hasta un poco nerviosa.

– Bueno, ¿vamos al parque?

– ¿Vos sabes que bondi hay que tomarse?

– Jajaja, naaa

– Ya fue, pateemos.

Tomaron por Montevideo hacia el Oeste, entre puchos y anécdotas graciosas arribaron a Boulogne Sur mer y cruzaron. Primero llegaron al lago, con la luna brillando en la superficie, y hablando sobre situaciones esotéricas y paranormales. Decidieron ir donde no se escuchen los ruidos de los jóvenes previando el fin de año u organizando vacaciones. Llegaron a lo que era antiguamente el laberinto, y empezaron a fumar otra vez, se pusieron a filosofar:

– ¿Cual es tu verdad y cual es la verdad absoluta?

– La verdad absoluta no la sabemos, pero mi verdad es que odio a todxs.

Las risas, las caras, las estrellas, el viento bailando entre la copa de los árboles. Él ya estaba acostado sobre el pasto, y ella decidió acostarse a su lado, tratando de no rozarlo, eso le ponía la piel de gallina. Todo era perfecto para ella, hasta que empezó a hablar de su personalidad:

– Yo soy como la Luna, fría, de hielo.

– ¡Nada que ver! Vos sos puro fuego. ¡Sos fogosa!

– No. No es así. Bueno… quizás un poco.

– Sos un meteorito lunar… fría, pero después te incendias.

Ella se quedó callada y lo abrazó… hubo un silencio eterno y se besaron por primera vez.

Fue inexplicable la fuerza de las palpitaciones y suspiros. A ella ya no le importaba nada, ni siquiera su soledad. Él estaba entrando en un éxtasis indomable… el mismo que iba a ser el desencadenante de su lado salvaje.

Se besaron con todas las ansias, sus lenguas tenían una perfecta sincronía. Ella mordía desde su labio hasta su oreja, bajaba y subía por el cuello de él con su lengua… ya estaba excitada. Él gemía con cada mordida que ella le daba, de repente se abalanzó sobre su cuerpo y le pidió que fueran a otro lugar, un poco mas oscuro.

Se acomodaron de manera que ambos lograron estar lo mas cercanxs posible, y comenzaron a besarse nuevamente. Ella ya estaba húmeda y totalmente enloquecida, él… solo esperaba el momento de atacar. Entonces se acomodó entre sus piernas, su miembro se volvió duro como roca al sentir los gemidos de su demonia. Ella estiró su ropa interior a un lado bajo su vestido, y lo invitó a entrar. Él pasó y en la cara de ella se dibujó una sonrisa infinita…

Varios impactos y muchas penetraciones fueron suficientes para que ella explotara en un orgasmo indómito y exhaustivo, con casi una súplica le pidió que también acabara… que quería sentir su miembro mojado. Él cumplió.

Siempre viene un cigarro después encontrar el paraíso. Lo de ellos fueron unos cinco.

Él se recostó mirando las estrellas y la sorprendió diciéndole que habían varias que se movían de manera extraña, efectivamente… era algo no terrenal, rieron y volvieron a hablar.

Llegada la mínima luz de madrugada, ella palpitaba el desencuentro. Pero antes, no podía irse sin la segunda oportunidad de ver a su Cuervo comiendo de su carne. Lo miró, se le encimó, lo besó como nunca pudo hacerlo antes con nadie y se montó arriba de él. En el momento en el que el viento se puso a soplar con mas intensidad, como dando un aviso de la salida del sol ella volvió a acabar, sonriendo y disfrutando, mirándolo a los ojos.

Como no quería que su amante no sintiera el éxtasis que ella estaba disfrutando, en un movimiento lento, comenzó a bajar, lamiendo desde sus labios, hasta su cuello y pecho, llegando a su ombligo comenzó a jugar con lengua de a poco, cubriendo cada uno de sus tatuajes y siguió bajando en una fila de besos hasta su miembro, donde vio a su amante estremecer y gemir de placer luego de succionar su sable y saborear su orgasmo.

El regreso fue simple pero interesante, ella no quería separarse de él. Llegaron a la parada del colectivo, esperaron unos cinco minutos y con un abrazo de despidieron. Ella subió y él siguió caminando.

Viajó pensando en que hacían años no se sentía así, plena, su alma gozaba de alegría y su corazón bailaba al ritmo de esa banda que a ambos los unía. Antes de llegar a su casa, miró el teléfono, un mensaje… lo abrió al cruzar la puerta: “aún quiero mas”.

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